lunes 13 de agosto de 2007

Sinombre y yo-1

UN DIA POR EL EDÉN AZUL


por la Cuestecilla de los Granados
15- Por donde la Fuente de los Nenúfares
16- Un juego muy singular
17- Los niños castigados acampan junto al río
A media mañana
18- El nido del mirlo
19- La muerte de Rocky, el perro amigo de la Princesa
20- A la sombra del algarrobo de la Senda de los Arrayanes
21- La ancianita de la casa blanca del Barrio del Albaicín
Al medio día
22- El calor, la ducha y la piscina
23- Preparados para la piscina
24- Maquinando una travesura
25- Juegos en la piscina
Por la tarde
26- Después de la piscina, la tarde ¡qué bonita!
27- Desfile de burros por las calles de Granada
28- La muchacha del banco en la tarde de verano
29- Sueño en una tarde de verano
30- La parra de la puerta de tu cuadra
31- Por la Senda del Pinar y la segunda carta de la Princesa
Al caer la noche
32- Cena de brevas y ciruelas al aire libre frente a Granada
33- La Estrella de las Nieves de Sierra Nevada
34- Y mañana será otro día
35- Su sincera amistad


Nota del autor:
En tiempos pasados el burro fue animal muy presente en el quehacer cotidiano de las personas humildes. Para las tareas en los cortijos, en las faenas de los campos, la huerta, viajes cortos, venta y compra de productos, recoveros, leñadores, aguadores… En todos los cortijos, pueblos y ciudades de Andalucía el burro siempre estuvo presente y fue casi imprescindible. En los cortijos y pueblos de Granada abundó mucho este animal. Quizá más que en otras partes del mundo. Por las calles de Granada iban y venían burros cargados con agua que sus dueños vendían a los habitantes de la ciudad y también llevando y trayendo leña, carbón, personas y lo que hiciera falta. Desde los profundos parajes de Sierra Nevada recuas de burros bajaban y subían sacando mineral, leña, frutas, hortalizas y nieve hacia los pueblos y ciudad de Granada. Ya se ven pocos burros en estos y otros lugares. Han desaparecido como tantas cosas. Han muerto y pocas personas les han dedicado un libro para dejarlos en la historia de la humanidad con la dignidad que les corresponde. Las páginas que siguen quizá no sean lo que merecen estos bellos animales pero pueden servir para rescatarlos y dejarlos con algo de honor. Esto no es una historia científica ni la vida real de un burro. Es otra cosa pero con un burro como personaje central. Su nombre no es “Platero”, es “Sinombre” y en este nombre están recogidos todos los burros del mundo que para siempre quedaron en el anonimato, olvidados, perdidos, sin nombre. De todos los Sinombres para todos los niños y hombres del mundo.
Por la mañana



Quiero yo decirle algo hoy a Sinombre que le va a gustar. Bueno, tengo que decirle más de algo. Por lo menos cuatro cosas interesantes he preparado para compartirlas con él. Tres de ellas son de nuestra Princesa del alma y su caballo, nuestro amigo, Bandolero. Pero la mejor y más bonita de estas cuatro cosas comenzará dentro de unos momentos. Por esto creo que hoy va a ser un día de los que no olvidaremos en mucho tiempo. Y no miento porque la primera de estas cuatro realidades se lo voy a decir en seguida para no hacerle esperar.

El Magnolio Grande del Edén Azul, el que con sus ramas arropa parte de la Fuente de los Nenúfares, ya tiene flores. Abiertas como sombreros, blancas como la nieve y perfumadas como primaveras. Levanta el ánimo verlas y tocarlas y cogerlas y olerlas. Todo el jardín y las praderas de Sinombre, por estos días, están impregnadas del perfume que mana de las ramas del magnolio. Como si un millón de naranjos, a la vez y en una sola mañana, hubieran florecido y esparcido al viento el aroma de su azahar.

A Sinombre yo lo he visto esta mañana mirando y oliendo a una de las flores níveas. Unos momentos antes había bajado a la Fuente de los Nenúfares, a beber, y luego se quedó entretenido ahí: jugando con su hocico en el agua de la fuente, mirando sin prisa a los peces de colores, olisqueando los rosales de la orilla, siguiendo con sus miradas a los mirlos del jardín… Y en uno de estos momentos se fijó en el magnolio. Se dio cuenta que el árbol estaba cubierto de flores inmaculadas y no pudo resistir la tentación de olerlas. Quizá pensó comerse algunas por lo apetitosas que parecen. O a lo mejor creyó que al Magnolio Grande le habían salido bolas de algodón en dulce y le entró ganas de alcanzarlas para regalárselas a las ranas.

No sé. El caso es que dejó de jugar con el agua, trotó por entre las violetas, y se acercó al magnolio. Antes de llegar se paró. Volvió su cabeza y miró a los lados, para asegurarse de que nadie lo veía, y se aproximó a las ramas bajas del árbol. Lo estaba viendo yo y él no lo sabía. Y yo lo miraba interesado porque, Sinombre, esta mañana, estaba que apetecía verlo: hermoso como un juguete y mimoso y garboso como un rey. Y vi que alargó su cuello y con su nariz olisqueó la flor que la rama mecía al viento. La que estaba más a su alcance. Y la flor tembló empujada por el cálido alientecillo que salía de su nariz. Creí que al rozarla él se iba a deshacer cual helado bajo el sol y no fue así. La flor blanca del Magnolio Grande siguió en su tallo abierta a la luz de la mañana y, Sinombre, de nuevo la acarició con su hocico. ¿Se la quería comer? Sus intenciones parecían esas. Sinombre se quería comer la flor más bonita del magnolio que arropa con sus ramas parte de la Fuente de los Nenúfares.

Subía yo de la Fuente de los Mirlos. Lo vi y, tapándome con los granados, me acerqué despacio. Para que no me viera y así darle una sorpresa. También para ver y gozar el juego que me tenía con la flor en la quietud de la mañana. Y al descubrirlo me quedé parado entre las ramas de los granados y esperé. Por el simple gusto de verlo en su libertad, relajado y fundido con las sencillas cosas que nos rodean. Pero se dio cuenta. En uno de los momentos de su juego dejó a la flor y miró para los granados. El aire fresco que subía desde la Fuente de los Mirlos le había llevado mi olor. No me había visto, no podía verme, pero por el olor que le llevaba el aire ya sabía él que yo estaba cerca. Al darme cuenta que me había descubierto salí del escondite y me acerqué al tiempo que le aclaraba:
- No creas que te estaba espiando. De eso nada. No es mi condición y bien lo sabes. Es que te he visto tan regocijado con la flor del Magnolio Grande que he sentido la necesidad de ocultarme para ver qué hacía. Me ha gustado el juego que desgranabas. ¡Hay que ver lo bien que te lo pasas tú solito! Hasta siento envidia de ti, no creas. Ojalá supiera yo recrearme y ser feliz con tan sencillas cosas como tú. ¿Te quieres comer esta flor? No sé yo a qué sabrán las flores del magnolio porque nunca las he probado. Y creo que tú tampoco pero si te quieres comer ésta, porque te ha fascinado, te la corto ahora mismo. Aunque deberíamos pensarlo. ¿Y si te la comes y luego te duele la barriga? Yo, lo que quieras. Pero que sepas que a mí me emociona más verte jugar con ella que lo otro. Se me ha colado en el corazón tu sencillo jugueteo. Eres como un niño grande y por eso te entretienes y alcanzas la felicidad con cualquier cosa. ¡Me das envidia!

Sigue embelesado con la flor de esta mañana que también yo me fortalezco cuando te veo tan risueño pero ten cuidado no la roces mucho con tu hocico. Esta mariposa blanca es delicada. Con nada que se toquen sus hojas se pueden dañar y en cuestión de segundos, sobre la fina piel de los pétalos, aparecen rasguños. Como heridas sangrantes y destacan sobre el blanco puro de su tez. Es muy delicada la rosa del magnolio. Huele bien y es fina pero con el más leve roce se daña. Pero sigue entretenido con ella que si se estropea, aunque dé pena, mira cuántas hay ya a punto de brotar. Dentro de unos días, a este magnolio, lo veremos cargadito de ternuras inmaculadas.

Para que lo sepas te diré que el nombre común de este árbol es el Magnolio, viene de Estados Unidos y el género de Magnolia fue puesto por Linneo en honor de Pierre Magnol, profesor de botánica en Montpellier. Grandiflora alude a sus flores de gran tamaño. Es un árbol siempreverde de 20 m de altura bajo cultivo, aunque algunas variedades tienen portes más pequeños, con la copa amplia, densa, oscura, recordando a la del Ficus macrophylla. Tiene las flores situadas sobre pedicelos tomentosos, erguidas, solitarias, de gran tamaño. Son perfumadas y muy visitadas por las abejas. Aparecen en el árbol desde mediados de Mayo hasta Julio. El fruto tiene forma de piña ovalada de unos 10 cm de longitud, cubierta de una fina pubescencia de color marrón.

Tengo que decirte algo más que te va a gustar mucho. Bueno, tengo que decirte más de algo. Por lo menos cuatro cosas interesantes he preparado hoy para compartirlas contigo. Tres de ellas son de nuestra Princesa del alma y su caballo, nuestro amigo, Bandolero. Así que vete preparando que hoy va a ser un día de los que no olvidaremos en mucho tiempo. Y ya verás como no te miento. Porque la primera de estas cuatro realidades te lo voy a decir ahora mismo para no hacerte esperar y que sufras.

¿Te acuerdas? Ayer tarde te duché. Con el agua del manantial y un chorrito de champú. Con el cepillo de raíces te froté bien para que tus pelos se quedaran limpios y, luego, sobre la roca caliza te secaste al sol. Te perfumé con la esencia de espliego y otra planta diluida en alcohol para que tu piel se quedara más limpia y sana y olieras a monte. Hueles a monte esta mañana. A limpio y a monte de montaña. ¿Por qué crees que ayer tarde te dejé yo tan limpico? Venga, sigue con tu juego que me acerco a la fuente, me lavo las manos en el agua fresca, bebo un trago y en unos minutos ya estoy a tu lado otra vez. Y si quieres cortamos la flor para llevárnosla de recuerdo. Que la puedo poner en mi habitación para que perfume mis sueños y para que no me olvide de ti. Es muy bonita la primera de las cosas que quiero referirte. Y te lo tengo que explicar ahora mismo. Nadie puede esperar ya. Ni tú ni yo ni ellos, los niños que vienen a verte hoy. Muchos niños, Sinombre, pero dos de ellos muy especiales: Albaluna y Mario. Y los otros ¿sabes que niños son? ¿Vas descubriendo por qué yo, ayer por la tarde, te dejé tan limpio? Te lo aclaro todo en dos minutos.

Pero hay algo más inmediato que, brevemente y en menos de dos minutos, te comento: ¿Tú has visto, Sinombre, qué color tenía el cielo esta mañana? Al amanecer, por el lado norte, el cielo se ha teñido de fuego oro. Un fuego vivo que ha ido cambiando según el día llegaba. Cada vez más claro hasta teñirse de blanco nieve en las nubes que se cuelgan de la luz de la mañana. Un mar de nubes que se levantan hasta la mitad del cielo y acaban de pronto, como en una muralla. Desde la mitad para la tarde ¿has visto qué color tenía el cielo? Azul intenso como un mar profundo. Como si sangrara azul, Sinombre. ¡Qué colores más vivos! Oro fuego al amanecer, blanco nieve en las nubes, sobre el medio día y azul mar profundo en el cielo que cae para la tarde. ¿Quién ha teñido con estos colores el cielo que esta mañana arropa al Edén Azul?

¿Y has oído el arrullo de las tórtolas? Al amanecer se han parado en las ramas altas del cedro grande y se han puesto a cantar. Sus arrullos se han derramado por el jardín y, según se ha ido alzando el día, el arrullo de las tórtolas ha crecido. Han cantando ellas cada vez más y con más fuerza. Cuando las nubes se han teñido de blanco, desde el cedro grande, las tórtolas han volado a las ramas de los álamos. Los que crecen por la acequia de la Cueva del Manantial. ¿No las has visto meciéndose en las ramas como si fueran trozos del cielo de la mañana? Y desde las altas ramas de los álamos ellas han seguido cantando. ¡Qué arrullos más delicados en una mañana como esta y con estos colores tan extraños! Y el jardín, todos los árboles y plantas del Edén ¿has visto qué verde más brillante mostraban? Como si las hubieran lavado al amanecer mismo y luego le hubieran dado brillo con esencia de rocío. Los álamos, los cedros, las encinas, los olivos, los algarrobos, los pinos, los acebos, los naranjos, los granados… qué color verde más puro tienen esta mañana. Al verlos yo se me ha encogido el corazón y me he acordado de ti. ¿También tú has visto lo que yo?

Y ahora que ya el sol ha salido mira qué día regala la mañana de este día. Se han ido las tórtolas a las ramas altas de la Encina Grande y siguen con sus cantos. Como si tuvieran necesidad de cantar mucho, aprisa y profundo. Como si estuvieran ellas anunciando algo. ¿Qué anuncia, Sinombre? El cielo sigue sangrando azul. Las nubes se aprietan blancas bordadas ahora con tonalidades gris perla. Como el color de tu pelo. Y el jardín brilla con un verde más intenso que antes. ¡Qué colores más bonitos tiene el cielo esta mañana! ¿Tú sabes si alguien está anunciando algo? Porque estos reflejos tan delicados, estos colores tan finos ¿de dónde vienen y para qué son?

Mañana limpia
y un sueño
entre la luz palpita.
Tenme el corazón
que se va con la brisa.

¿Sabes tú quien viene
y sin prisa
le regala a la mañana
esta sonrisa?


2- Preparando la visita de los niños

Doy media vuelta y me acerco a la Fuente de los Nenúfares. A lavarme las manos porque vengo de hacer una poza en la Reguerilla de la Noguera para que beban los pájaros. Ahora ya hace calor y los animales necesitan beber y refrescarse. El verano es un momento duro también para los pájaros. Para que se alivien ellos vengo de hacer una poza grande, aunque de juguete, que enseguida se ha llenado de agua transparente y los gorriones han sido los primeros en acudir a estrenarla. Luego ya han venido los chamarines, los carboneros, las palomas, las tórtolas y los mirlos. Y esto no lo sabe Sinombre porque le quiero dar otra sorpresa. En estas semanas calurosas del verano, en la hora de la siesta, nos vamos a venir muchos días a la sombra del Ciprés de la Hiedra. Para estar fresquitos y ver, mientras tanto, los pájaros beber en la poza de la Reguerilla de la Noguera. Se lo diré yo luego a él.

La Fuente de los Nenúfares nos queda a dos pasos del magnolio, un poco más arriba, pegada a la pared de los limoneros. En cuanto me voy para la fuente Sinombre se viene conmigo y por esto ya sé que lo he dejado intranquilo. Quiere saber qué es esto de los niños que vienen a verlo esta mañana. Pero sé que, lo que más intranquilo lo ha dejado, ha sido la noticia de la Princesa y Bandolero. ¡Como si no supiera yo cuánto quiere él a su Princesa! Por eso entiendo que se haya inquietado y ahora la curiosidad lo tenga nervioso. Al acercarnos a la fuente las ranas saltan desde el borde y se esconden por entre las anchas hojas de los nenúfares. A él no le asustan las ranas porque son animales divertidos. Se pasan toda la noche canta que te canta. Y hasta parece que porfían con los grillos a ver quién canta mejor. Pero tampoco le molesta a Sinombre que las ranas no paren de cantar en toda la noche.

Me agacho para lavar mis manos en el agua de la fuente cuando justo en estos momentos oigo a los niños. Por el lado de abajo del pinar de su cuadra empieza a oírse la algarabía. Dejo mis cosas y le digo:
- Ya he terminado. Ya tengo las manos limpias. Y ahora vamos a darnos prisa que están aquí. ¿No los oyes? Todos los niños, con Caty, Albaluna y Mario. Estos dos niños especiales que te decía y ya verás cuando te cuente y los conozcas. Fíjate, hasta vienen cantando canciones. Venga, me doy prisa y te lo cuento todo para que estés preparado antes de que lleguen. Que los que vienen no son ni uno ni dos ni tres. Son muchos. Todo un colegio entero. Y vienen a verte a ti, a conocerte, a estar contigo, a que le des paseos. Es como si, para ellos, fuera su viaje cultural final de curso. Lo siento. No he podido evitarlo. Porque sé que a ti no te gusta la muchedumbre. Sí te gustan mucho los niños pero no en multitud y si no los conoces de nada… Aunque sabes que con los niños enseguida se hace amistad y quedan amigos para siempre. ¿Quieres saber lo que ha pasado? Ha sido “La Caty”, nuestra mejor amiga. La niña guapa de ojos negros y el cielo de nuestras vidas. La que nosotros llamamos también La Niña del Edén o La Niña Buena o La Niña Buena del Edén. Pero ella lo ha hecho con su mejor intención. Y tú la conoces bien. Es una de las tres hijas del jardinero. La del corazón grande como el tuyo. Pues ella ha sido la que ha organizado todo. ¿Que qué es lo que ha organizado y cómo? Te lo expongo en dos segundos.

Caty te quiere mucho. Más de lo que imaginas. Y, además, se siente orgullosa de ser tu amiga. Por eso ella, con la mejor intención, siempre le habla a todo el mundo de ti. A todos les dice que eres un burro bonito, que tienes un pelo muy suave, que tus ojos son los más bellos, que eres cariñoso, que tienes un gran corazón, que hay que quererte y ayudarte para que tu especie no se extinga nunca, que todo el mundo debe conocer y amar a los burros, que todos los niños del mundo deben ser amigos de los burros… A todos siempre les habla de ti y de esta manera. Que como dice el refrán: no necesita ella abuela para ponerte por las nubes. No hay otra criatura en la tierra que te quiera más y luche, para que tú y tu especie, no se extinga nunca. Y como ella está yendo al colegio, a todos sus compañeros y a todo el colegio, le ha contando cosas tuyas. Y claro, como todo lo que dice de ti son maravillas, a sus compañeros de colegio y al colegio entero se le han puesto los dientes largos. Que hablan de ti a todas horas y murmuran de todo. Unos dicen que no existes, que no eres real. Otros que sí, que existes y que eres real. Y a unos y a otros les ha entrado el deseo de conocerte. Porque según tengo entendido son mayoría los que dicen que tú eres pura fantasía de ella. Que no puedes existir de verdad. Que nunca ha existido ni existirá en la vida ni en el mundo un burro como el que ella cuenta. ¿Y sabes qué? Estas dudas de sus compañeros, el poco interés que muestran por ti y por los burros en general, a ella le han dolido en el alma y se ha puesto a defenderte como una leona a sus cachorrillos. Y tanto te ha defendido que a unos y otros los ha desafiado para que vengan a verte y a tocarte y que se convenzan por ellos mismos. Y unos y otros y, profesores del colegio, le han cogido la palabra. Albaluna y Mario, por lo visto, tienen un interés especial en ti. Que se mueren por conocerte y estar contigo. Te iré contando quienes son estos dos niños y lo que les pasa.

Ahora ya, por estos días, el curso escolar ha terminado. El verano está aquí y los niños tienen vacaciones. Pero los profesores han organizado actividades final de curso. Y todos en masa han decidido que quieren venir a verte y a conocer el rincón donde vives porque tampoco se creen que sea real el Edén Azul. En masa vienen para convencerse de si es o no verdad lo que con tanto entusiasmo anuncia y defiende la Niña del Edén. A ver si es verdad que existes y eres de carne y hueso. Así que ya sabes: la Niña Buena es la promotora de todo, con la mejor intención, con el mejor cariño, que esto también quede claro. Y ahora escucha el jaleo que se oye por ahí abajo. Vienen ya cerca los compañeros de Caty. Que esto sí pude arreglarlo un poco. Cuando me dijeron que querían venir a verte no les puse ninguna dificultad pero les pedí que no apareciera aquí todo el colegio de una vez. Son casi mil los niños que hay en ese colegio. Les rogué, por favor, que vinieran en grupos no muy grandes porque si no te volverían loco a ti, a mí y a todos.

Y tú ya sabes como opino: que a los niños hay que atenderlos y tratarlos con cariño. Así que ahora mismo ya viene por ahí el primer grupo. Unos quince o veinte con sus profesores y Caty, tu mejor defensora, al frente de la tropa. Por lo tanto te repito que lo siento mucho porque no he podido evitarlo. Y de todos modos, como sé que a ti te gustan los niños, no creo que te moleste lo que va a suceder en unos momentos. Caty ha sido la organizadora y fíjate que alto te ha puesto el listón. Como para que ahora no los recibas tú. Si en estos momentos te pierdes y los niños no pueden verte la clase entera se comerían viva a tu Corazón y Cielo. Pensarían que han sido engañados por ella y esto sería desastroso para Caty. Así que a ponerte a la altura de los acontecimientos que mira que alegres vienen. Y recuérdame luego, por si me olvido, que tengo que contarte lo de nuestra Princesa y Bandolero. Mira, aquí en el bolsillo traigo las cartas. Ya te estoy adelantando las cosas. Que esto sí que es emocionante, Sinombre.

Y ojalá que el día sí se te llene de la luz que tanto sueño. Que los niños te den muchos besos y te conviertan la mañana en cielo. Ojalá que tu corazón le guste a ellos y que os hagáis amigos en el alma. Que cuando ellos se vayan quede por aquí su dulce recuerdo y la mañana perfumada a la flor del magnolio y a fino incienso.

3- La canción de los niños y tu cuadra

Los niños que vienen a verte son de la edad de Caty. La mejor edad para jugar y hacer amistad. Aunque la edad nunca debe importar para hacer amigos. ¿Sabes que te digo? Que los adultos serios, solo cuando se hacen niños y aprender a jugar, alcanzan la sabiduría y el cielo. Vamos a prepararnos, Sinombre, que ya los tenemos encimas y mira, mira qué contentos llegan. Hasta se han inventado una canción y la vienen cantando para que te animes. Estoy seguro que esto también es obra de Caty. Escucha, verás:

De miel y seda
y de algodón y luna
color de hierba
dicen que eres tú
cuando trotas y juegas.

Borriquillo trotón
por verdes praderas
y arroyuelos limpios,
no te pierdas
y enséñanos tus sueños
de azucenas.
Vamos a tu encuentro
en la mañana fresca.
¿Dónde vives tú?
Que en esta tierra
todos queremos burros
de miel y seda.

¡Qué alegres vienen, Sinombre! Celebrándolo y muriéndose en ganas de verte. No te pongas nervioso ni te asuste. Que ya sabes que los niños nunca hacen daño. Y los niños de Granada son guapos como ellos solos. ¡Ya lo verás! Así que vamos a tranquilizarnos y los recibimos como merecen. Ni tú ni yo tenemos que hacer nada. Como Caty conoce bien este rincón nuestro ella les abre la puerta. Mira, ya están entrando. Y delante de ella viene un niño y una niña. Con prisa. Como si tuvieran más ganas de llegar que los otros. ¡Cuantos son! Con sus coletas, sus trenzas, su pelo rubio, sus ojos azules como los de nuestra Princesa… ¡Hay nuestra Princesa del alma! ¡Lo que gozaría si estuviera hoy aquí! Y si estuviera Bandolero… Mira, van a subir por el camino de tu cuadra. Por entre los pinares para venir a salir justo a la Fuente de los Nenúfares, donde estamos nosotros. Pero lo que te decía ¿ves?: sonrosados como soles. Y la Niña Buena los lleva directamente a tu cuadra. Viene la primera explicando las cosas. Como ahora pasan por la misma puerta seguro que ya les estará diciendo que ahí duermes y comes algunas veces. Cuando quieres porque, como eres libre igual que el viento, casi siempre andas por estas praderas y a la cuadra vas poco. Que esto lo sabe ella también. Y sabe que tu cuadra siempre está limpia como un sol y huele a pino. ¿No la viste ayer tarde como la dejó? En tu cuadra tienes siempre cebada en el pesebre y paja y agua fresca en el pilar. Ella, el jardinero y yo nos encargamos de eso. Seguro que ahora se lo está explicando a sus compañeros. Hoy va a ser un día grande para Caty. Mira con cuanto interés, sus compañeros, la escuchan. Se lo está contando todo, con pelos y señales, para que se enteren que existes y para que se les vaya preparando el cuerpo para el momento del encuentro contigo. Que sepan que los burros sois importantes, hermosos y buenos. Esto es lo que les está diciendo ahora mismo. Se estarán muriendo en ganas de verte. Y mira, el niño y la niña que siempre van delante de Caty no se apartan de ella. Como si no quisieran perderla.

Algunas niñas entran a la cuadra, otros escriben en sus cuadernos, se lavan las manos en el agua del pilar donde bebes, tocan con sus dedos tu pesebre… Será para convencerse de que vives aquí y de que existes de verdad. O a lo mejor piensan que el agua de tu pilar es milagrosa. Seguro que querrán llevarse algún recuerdo tuyo y por eso escriben y tocan y miran y huelen y van y vienen. Pero de fotos nada. Y me alegro de ello porque es lo que le dije a Caty. Que a ti no te gustan las fotos. Que no trajeran cámaras de fotos ni aparatos de video ni nada de esto. Es lo mejor. Es mejor ver, tocar, oler, preguntar, correr y saltar... De esta manera, las cosas se disfrutan más. Se le saca a la vida más jugo y se aprende. Que hoy en día con tanta facilidad para hacer fotos y mandar mensajes y contar las cosas a los cuatro vientos, no da tiempo a que las cosas entren en el corazón y echen raíces y den frutos. La vida, Sinombre, y lo que transciende a la vida y se hace cielo y queda para la eternidad, necesita de honda vivencia en el corazón. Si no hay corazón, la vida no da semillas buenas ni frutos ni cielo. No sé si me entiendes. Que a lo mejor tampoco me explico con claridad. Pero en fin, en estos momentos no tenemos tiempo para entrar en detalles.

¡Si nos regalara la mañana
el beso que ayer en la aurora
temblaba
y aquel arroyuelo claro
y aquella tarde de plata
que vimos por allí volando
vestido de azul y hada…!
¡ Y si ahora el viento tibio
que nos acaricia la cara
nos regalara el consuelo
de aquella sonrisa blanca
y del rocío de la noche
que el tiempo trae en sus alas,
si se hiciera cielo la luz
que la mañana regala…!

4- Esperando a los niños en el Pino Gordo

Ya están aquí. ¿Y sabes qué se me ocurre? Que para recibirlos mejor, aprovechando que están ocupados viendo tu cuadra, vamos a su encuentro. Le salimos al encuentro porque esto es un detalle cortés. En lugar de esperarlos en la Fuente de los Nenúfares, que es donde estamos ahora, nos vamos al Pino Gordo, que es por donde empieza la vereda que viene de tu cuadra, y ahí los esperamos. Tienen que subir por esta senda y a donde primero llegarán es a la Reguerilla de la Ardilla, por donde la noguera y los nísperos. Así que los esperamos ahí. Como desde tu cuadra al Pino Gordo es ladera no nos verán hasta que estén a dos metros de nosotros. Mejor, porque será más emocionante para ellos verte de pronto y delante de sus ojos. Les vamos a dar la más bonita sorpresa de sus vidas. Y como no se lo esperan será más apasionante. Que dicen que la primera impresión siempre es la pura. La mejor porque luego se recuerda siempre. Así que vente conmigo por aquí. A prisa porque no tenemos tiempo pero con cuidado para que no nos vean. Ahora que todavía están distraídos en la cuadra vamos corriendo por este lado para la Fuente de los Mirlos. Sí, por esta veredilla que tanto te gusta. Venga, más rápido. Desde la Fuente de los Mirlos, bajamos por la Reguerilla de la Ardilla tapándonos con las adelfas y los granados. ¡Cuidado que te ven! Un poco más y…Ya estamos encajados en el Pino Gordo. Este es un sitio estupendo para esperarlos y el encuentro. Y no vamos a tener que esperar mucho rato.

Caty ya se retira de tu cuadra y empieza a subir por la Senda del Pinar. Y el niño y la niña que hemos visto, delante de ella. Parece que se los come la impaciencia por llegar. Guarda silencio que desde aquí hasta podemos oír lo que vienen diciendo. Todavía no nos han visto. ¡Escucha! Ahora la Niña del Edén les explica la vereda que recorren. ¡Qué emocionante oírlos y verlos y que ellos ni nos vean ni sepan que estamos a su lado! Como si fuéramos invisibles. Que lo vemos todo pero nadie nos ve a nosotros. Ve contándolos tú que yo me ocupo en escuchar lo que dice Caty. Averigua cuántos vienen a verte. Que ella, les viene diciendo:
- ¡Ya veréis qué preciosidad de borriquillo! Y seguro que nos lo encontramos comiendo hierba en su pradera. Casi siempre anda libre por las praderas y a su cuadra solo viene algunas veces. Le gusta la libertad. Es él más amante de la libertad. Le gusta el cariño de las personas pero quiere ser libre. Y es libre como el aire. En sus praderas, donde se alimenta de hierba, de silencios y de libertad. Pero fijaros qué senda más especial tiene para venir a su cuadra. Por entre los pinos, escoltada de romeros, lirios, rosales y mirtos y arropada por la sombra de cien árboles. Solo recorrer este camino es como vivir un sueño. Yo lo he visto muchas veces, en su libertad y silencio, recorrerla. ¿Y qué me decís de su cuadra?
A coro responden los niños:
- ¡De ensueño!
Y, uno detrás de otro, van aclarando:
- Nunca habíamos visto la cuadra de un burro. Es como una fantasía.
- Con su agua para beber cuando quiera, su cebada, su paja, su ventana para ver los paisajes y, cuánta vegetación le rodea.
- Será un burro alucinante.
- ¡Y qué suerte tienes tú ser amiga de él y vivir a su lado!
- Caty, ¿es como los de peluche o más suave?

Y, a los comentarios de los niños, mira lo que contesta Caty:
- Me alegro que os gusten las cosas pero preparar el cuerpo que enseguida veréis lo más hermoso.
Una niña pregunta:
- ¿Y podremos tocarlo y montarnos en él?
La Niña Buena del Edén responde:
- Todo lo que queráis pero tratarlo con cariño. Sinombre es muy cariños. Lo que más le gusta es que lo traten con respeto. No le agradan las burlas ni los desprecios ni las palabras feas. Si lo tratáis con dulzura, como dice la canción “Miel y seda”, os devolverá el ciento por uno. Es como un niño. No se enfadará ni hace daño. Y, atentos que estamos llegando al rincón por donde se viene, muchas veces, a comer moras y a jugar con los pajarillos. En cuanto demos esta curva de la senda remontamos y salimos a una llanura. Es la llanura de la Reguerilla de la Ardilla y del Pino Gordo. Es un sitio especialmente bonito, con mucha agua, muchas sombras y por donde el aire corre perfumado a pino. Y desde aquí, que esto es como un balcón, se ve la ciudad de Granada, la vega por donde corre el río Genil, nuestro colegio, las cumbres de Sierra Nevada… Se ve medio mundo y por eso le gusta tanto a él. Así que vamos a ir con cuidado que a lo mejor anda por aquí. Para cogerlo de improviso y darle una sorpresa. Guardad silencio.
- ¿Y todo esto es verdad, Caty?
- Lo que por aquí veréis hoy es como a nosotros nos gustaría que fuera la vida real. Todo esto es verdad pero como una fantasía y por eso no es copia de la vida.

¿Oyes la música de la mañana
vibrando por entre los pinos
y, en las ramas,
no ves como se mecen
mariposas blancas?
¡Si lo que estamos soñando
por aquí ya se quedara!

Veinte siglos esperando
y las flores blancas
tejiendo praderas densas
por las cañadas.
Vibra la música en el aire
gústala y calla.

5- Los niños suben por la Vereda del Pinar

Ven, Sinombre, acércate y te digo las cosas al oído para que no nos oigan. Guarda silencio Caty y no sabe ella que lo que ha dicho se cumple ahora y aquí. Estamos esperándolos y viéndolos llegar sin que lo sepan. Quieren darnos una sorpresa pero la sorpresa se la van a llevar ellos. ¿Los has contado ya? ¿Cuántos vienen? A lo mejor no has podido porque como van subiendo en fila y por entre los pinos, dando curvas por la Vereda del Pinar, se te habrán perdido por entre los troncos. No es fácil contar niños de esta manera. Pero no importa. ¡Que más nos da que sean tantos o cuantos! No es la cantidad lo que hay que valorar sino la calidad. Imaginamos que son muchos los niños que esta mañana vienen a verte y ya los tenemos encima. No solo podemos oír lo que dicen sino que hasta el aire nos trae su fragancia. Huele, Sinombre, huele verás qué perfume más delicado. Qué bien huelen los niños de Granada. A puro y a primavera nueva en una mañana fresquita. ¡Qué olor más fino! Pero tú, Sinombre, hueles a monte y por dentro… a sueño y a cielo.

Si supieran que estamos
en la mañana, impacientes
esperando
y que en el corazón
ya los besamos
pero no lo saben
y sueñan y soñamos.
A todas horas nosotros
andamos soñando
y vamos y venimos
siempre agazapados
detrás de la aurora, al fresco
esperando.
¿Llegan ya y traen la vida
en sus manos?


6- El encuentro con los niños


Como los tenemos casi a nuestro lado y, nos van a ver de un momento a otro, vamos a dejar de ocultarnos detrás del tronco del Pino Gordo. Salimos al rellano de los Pinos de la Ardilla para que nos vean. Que te vean a ti y no a mí. Porque ellos vienen a verte. Para convencerse de que eres de carne y hueso. Así que venga, no lo pensemos más. Cuento tres y aparecemos ahí. Uno, dos y tres… Ya está. Hemos dado el paso y como Caty es la que viene guiando al grupo ha sido la primera en vernos. Ha mirado al frente y para arriba y por entre los troncos de los pinos te ha visto y me ha visto. Se ha parado y les ha dicho:
- ¡Mirad que visión! Irreal y verdadera. Aquí lo tenéis. Se llama Sinombre y es el borriquillo más bello del mundo. Como él no hay otro. Abrid bien los ojos y convenceos.

¡Y vaya sorpresa que le hemos dado! La niña y el niño que venían delante de Caty se han quedado clavados en la senda. Como hipnotizados. Todos los niños, como si fueran una hilera de hormigas que desde el campo van a su hormiguero, también se han quedado quietos y te miran asombrados. Los hemos sorprendido como esperábamos. La bienvenida que soñábamos. ¿Los ves? Quietos todos ahí siguiendo el trazado de la senda y en la mitad de la torrentera. Te miran con los ojos abiertos como platos y no se atreven ni a pronunciar palabras. Para animarlos los saludo con mi mano dándoles la bienvenida y ellos me devuelven el saludo con sus manos y no me miran. Están pendientes solo de ti. Yo no soy importante. Tú, ahora mismo, sí y mucho. Sólo tú eres el importante para ellos. Como si no se creyeran que realmente estés ante sus ojos. Abren la boca, Sinombre, mirándote embelesados y se mueren de gusto. Satisfacción y asombro es lo que veo en sus caras. ¿Qué estarán pensando?. Te alzas sobre el rellano de la Reguerilla de la Ardilla soberbio como en un pedestal, serio frente a ellos pero exhalando gracia. ¡Qué encuentro más formal! Como si estuvierais asustados. Para romper el hielo Caty aclara:
- Aquí lo tenéis. Venga, acercaros y saludarlo que no os come. Tocarlo, hablarle, acariciarlo… Todo lo que os he dicho menos hacerle burlas ni gastarle bromas pesadas ni decirle palabrotas. Sinombre es todo corazón.
Una niña rubia y con ojos azules, desde mitad de la fila, pregunta:
- ¿Es de verdad?
Caty responde:
- Es de verdad, Deyanira. De carne y hueso y tiene sangre en sus venas y orejas y patas como todos los burros. Aunque parece un sueño es real.

Al oír el nombre de la niña te digo:
- ¡Vaya nombre bonito el de este ángel!
Pero tú estás como embelesado. No te he visto nunca tan distraído o tan metido en ti. Ellos te miran fijamente. Quiero creer que, como Caty les ha hablado tanto de ti, al verte ahora no se lo creen. Ni ellos se creen que seas real ni tú te crees que te admiren de este modo. También yo estoy embobado y la Niña del Edén. ¡Es tan mágico el encuentro! El niño que subía el primero en la fila exclama:
- Es el burro más lindo que he visto en mi vida.
Y a continuación una niña pregunta:
- ¿Seguro que podemos tocarlo? ¿Y si nos muerde o se enfada y nos come?
Al oír las ocurrencias de esta criatura me río para mí y te miro a ti. ¿A que también te hace gracia? ¡Comerte tú a los niños! No saben ellos que en el corazón de los burros hay amor como en el de los humanos. Más quizá. Y por eso, muy bajito para que los niños no se enteren, te digo:
- Vamos a ver si hoy les demostramos que eres capaz de darles ternura como sus padres. A ver si estos niños aprenden algo que nunca nadie les ha enseñado.
Pero a la pregunta de la niña Caty responde:
- ¡Pero mujer! Ven para acá y toca con tus manos las orejas, la cara, la nariz y el lomo verás como no te come. Seguid subiendo que yo lo estoy acariciando y no me hace nada. ¿Cuándo se ha visto que los burros se coman a los niños?

Caty ya está junto a ti, te acaricia y te echa piropos:
- ¡Qué guapo estás hoy! Galán como nunca y por eso te quiero más que otros días. No te vayas a enfadar porque tus praderas pierdan la paz y se llenen de algarabía y niños corriendo sin control. Los que vienen a verte son buenos y traen mucha ilusión. ¡Recíbelos! Albaluna, mira, aquí tienes a Sinombre.
Tú, al oír estas palabras de Caty miras para la Reguerilla de la Ardilla, le das un poco de movimiento al rabo y a las orejas y luego te acercas a la primera niña de la fila. Es Albaluna. Alargas tu hocico, como si quisieras olerla, y ella alarga su mano y te hace cosquillas en la frente, entre las dos orejas. Donde más te gusta que te acaricien. ¿Cómo lo sabe ella? ¿Quizá se lo has dicho tú y te ha entendido? Mira que yo sé que los niños tienen un sexto sentido, como tú y muchos animales. Y como a ti te han gustado las cosquillas mueves tus orejas y le das movimiento al rabo, de arriba a bajo y de un lado a otro. Como cuando rebuznas mirando al horizonte. Ya te estás animando. Los demás, a ver lo que has hecho y el juego de la niña contigo, se han quedado con la boca abierta otra vez. Repite ella su fantasía y tus orejas siguen bailando como locas. Sin control, como si quisieran escaparse de ti para irse con los niños. Algunos se ríen al tiempo que comentan:
- ¡Qué gracioso!
Y Albaluna, la niña que te acaricia, contesta:
- Gracioso y garboso. Además de bonito es muy bueno. Mirad que mansito.
Sigue ella acariciándote por las orejas y el cuello. Otro niño se acerca por la derecha y pone su mano en tu lomo. Es el niño que subía delante de Caty, el primero en la fila, pegado a Albaluna. También te gusta a ti su gesto y por eso sigues agitando el rabo y cimbreando las orejas. Lo miras fijo y él te mira. Tú no te ves pero yo sí. Y lo que más me llama la atención, en este momento en ti, son tus ojos. Quizá le pase igual al niño que se te ha puesto delante. ¡Tienes unas miradas que apresan! Tus dos diamantes negros se abren de par en par. Y son tan bonitos y miras con tanto misterio que hasta yo estoy algo atónito. Y eso que te conozco bien y veo tus brillosos ojos todos los días. Ahora mismo tú no los ves pero los niños sí y como tus dos lagos son tan especiales y misteriosos este niño, mirando a Caty, pregunta:
- ¿Le puedo tocar los ojos?
- Mario, las lumbreras del corazón de Sinombre, no se acarician porque se les pueden dañar. Pero observarlos sin prisa y veréis lo que veis.
Ya sabemos, Sinombre, quién es Mario y quien es Albaluna. ¿Te has fijado en ellos? Ya te he dicho que, según dice Caty, son dos criaturas muy especiales.

Que te regalen los niños
una flor
que con las de mi sueños
la junto yo
y hacemos un ramo
para el sol.
Que no te la regalen,
cámbiala por amor
pero que te den en sus manos
una flor
que la sembraremos nosotros
en el corazón.


7- Los ojos de Sinombre


Dos niñas se acercan a ti por el otro lado. Se ponen por delante tuya, frente a tus ojos y te miran fijamente. Con esas miradas tan exclusiva en los niños. Las miras a ellas a los ojos sin moverte pero enfocando tus orejas para sus caras. Ellas exclaman:
- ¡Qué ojos más brillantes y qué color más negro noche sin luna! Caty, al otro lado de estas dos cuevas sin fin ¿qué tiene o esconde Sinombre?
Menuda pregunta han hecho las niñas. Te miro y a Caty que responde:
- En lo más hondo de sus lagos negros Sinombre tiene un cielo azul intenso con una estrella brillante y un bosque verde con fuentes claras y millones de flores.
Y menuda respuesta la de Caty. Mueves tu oreja derecha y sacudes la oreja izquierda. Me miras y otra vez clavas tus ojos en los ojos de los niños. Como si ya fuerais amigos sinceros y estuvierais ocupados en vuestro primer juego. El que sirve para rubricar el nacimiento de una amistad. Te oigo como si me preguntaras: “¿Cómo saben estos niños, que para conquistar mi corazón, lo primero que tienen que hacer es mirarme a los ojos? ¿Cómo saben ellos que a un amigo, por donde primero se le gana, es mirándole a los ojos para ver lo que hay en el corazón?” Y yo te respondo:
- Lo han leído en tus ojos. Porque los niños, Sinombre, son más sabios que los sabios del mundo. Mirando a los ojos saben y adivinan ellos si en el corazón de las personas o en el tuyo, por ejemplo, hay sentimientos buenos o malos. Ellos van al corazón y a los sentimientos que ahí se anidan. Han ido, sin que nadie se lo haya dicho, derechos a donde deben para averiguar quién eres. Vienen dispuestos darte su amistad pero antes quieren estar seguros de la clase de amigo que serás tú. En el corazón está todo, lo bueno y lo malo, y por tus ojos se han colado al tuyo.

¿Te han asustado a ti las miradas de estas criaturas? Te veo como titubeante. Mario pregunta:
- ¿Podemos jugar a un juego?
Interroga Caty:
- ¿A qué juego, Mario?
Aclara el niño:
- Ponernos a mirar por las ventanas de los ojos de este burro a ver si encontramos un camino que lleve al cielo azul, con la estrella brillante, que dices.
Y Caty, que es lista como el hambre y sabe mucho de ti, le responde:
- Bueno, luego si nos queda tiempo, nos ponemos y jugamos este juego.
Pero Mario se acerca más a ti. Te abraza tiernamente y levanta tu cara con sus manos. Te mira a los ojos fijamente y con intensidad. Tal como estás abrazado por Mario lo miras tú a él y por un momento los dos permanecéis quietos. Fijos y concentrados en no sé qué. Como si los dos hubierais descubierto en los ojos del otro algo grande y bello. Te estoy mirando y miro al niño y sé que algo muy hermoso os habéis regalado mutuamente. ¿Qué es, Sinombre? Me ha llamado mucho la atención esto que acabo de ver en ti. ¿Os habéis hecho amigos en lo más sincero? Mario te da un abrazo fuerte y un beso, suelta tu cabeza y se va con los demás. Algo muy bello ha salido del corazón de este niño y yo lo he sentido. Como una llamarada de luz o como un latido de viento. También tú has sentido y has visto lo que ha salido del corazón de Mario. Caty dice:
- Ahora y, en nombre de Sinombre, todos quedáis invitados a comer moras de la morera y nísperos. Es la única fruta que en estas fechas tenemos en el paraíso. Pero también luego podremos coger fresas silvestres en el talud de las rocas, algunas algarrobas de los algarrobos por la Senda de los Arrayanes, ramitas florecidas de poleo y, para recuerdo, os lleváis tallos de hierbabuena. Ahora a comer moras. Y aceptadlo como un pequeño obsequio de bienvenida que él y nosotros os hacemos como agradecimiento a vuestra visita.

Te miro y miro a Caty. No digo nada pero por lo bajito te susurro:
- ¡Hay que ver las ocurrencias que tiene!
Tiene ella un corazón todo amor. Te tira de las orejas con cariño y despacito, para no hacerte daño, te pide que te acerques a la morera y te dice:
- ¡Venga, ayudamos a los niños a coger moras! Cuando terminemos con las moras les cogemos los nísperos. Que prueben ellos las frutas del Edén Azul. Después nos vamos por tus praderas para que las gocen corriendo en libertad. Dedicamos algunos ratos a buscar fresas silvestres, algarrobas y brevas por las higueras de la ladera del río y, cuando ya el calor apriete, los llevamos a la piscina para que se bañen. Hoy todos vamos a ir de cabeza a la piscina. Y vete preparando, caramelo de nata, que ya verás. ¡Con lo que yo te quiero! Cuando ya se bañen los niños y tengan hambre, como traen sus mochilas llenas de bocadillos, en la sombra de los álamos de la piscina nos sentamos y comemos.

Que te regalen los niños
el color
de las tardes y mañana
que voy a pintarte yo
del color del sueño que hay
en mi corazón.
Que no te regalen los niños
ni te hagas ilusión
de ser un día marinero
que la flor
la cultivamos nosotros,
pídeles amor.


8- Hacer una cabaña en el Edén Azul

Y antes de que Caty termine de explicar los sueños que hoy trae esta mañana por aquí Albaluna pregunta:
- ¿Y podemos hacer una cabaña?
Te miro extrañado y me miras tú y Caty nos mira a los dos. Lo que estoy esperando, de un momento a otro, es que alguno pregunte si les puedes dar un paseo. Porque lo que más les gusta a ellos, cuando están con un borriquillo como tú, es montarse en él y darse paseos. Y estos niños no son distintos a otros. Sé que de un momento a otro, cualquiera de ellos, hará esta pregunta. Y ahora mismo ya estaba yo esperando que esta criatura preguntara esto. Pero la niña sigue insistiendo:
- Sí, una cabaña de palos y madera en algún lugar oculto de estos bosques.
Le pregunta Caty:
- ¿Y para qué esta cabaña, Albaluna?
Al oír el nombre de la niña otra vez me extraño. Es la primera vez en mi vida que oigo yo tan bonito nombre en una persona. Recuérdamelo luego para que lo escriba y no se nos olvide nunca. ¿Su nombre es Luna Blanca o Luz del Alba?
A la pregunta de Caty Albaluna responde:
- Para quedarnos a vivir en ella cerca de Sinombre. ¿Te imaginas lo bonito que sería tener una cabaña de palos y monte y vivir en este paraíso? ¿Te imaginas lo bonito que sería ver amanecer cada día desde la cabaña y con este animal pastando en sus praderas? ¿Te imaginas lo bonito que sería todo y lo bien que nos lo íbamos a pasar? Sí Caty, por favor.
Y la bellísima Albaluna sigue exponiéndole a Caty y a ti y a mí lo bonito que sería lo que sueña mientras ya los otros niños están comiendo moras. A la niña de la cabaña le responde Caty:
- Sería muy bonito porque tu idea es preciosa. Todo lo que dices es como un fantástico sueño. A ver si luego se lo digo a mi padre que, como es el jardinero de estos campos, nos puede ayudar en la construcción de la cabaña.

Al oír lo que Caty le ha dicho te vuelvo a mirar y tú a mí. De nuevo te susurro:
- ¡Sinombre, que si se ponen estos niños consiguen los sueños que sueñan! Que nos hacen una cabaña entre los pinos o las encinas del edén y se vienen a vivir con nosotros. Que los niños consiguen casi todo lo que se proponen porque sus sueños son inocentes. Y la inocencia es la única fuerza capaz de hacer realidad todos los sueños del mundo. Te lo digo para que lo sepas aunque a mí no me importaría que esto estuviera lleno de niños todo el día. Por mí que hagan no una cabaña, sino dos o tres o cuatro o todas las que quieran y que se vengan a vivir a este rincón. Éstos y todos los niños soñadores de Granada. Que nos den compañía y nos llenen la vida de sueños. Que este mundo nuestro un día se convierta en “El Edén de los Niños”. ¿A que sería bonito? Que los niños tengan su mundo para soñar, ser libres y hacer realidad sus fantasías, sería grandioso. Déjame que sueño con esta Luz del Alba, Sinombre, que yo también lo necesito. ¿Te imaginas lo fantástico que sería…?

No respondes a estas preguntas pero sé lo que sientes y piensas. Te veo contento hoy como pocas veces. Y por eso sé que la idea de hacer una cabaña en estas tierras tuyas te gustaría mucho. Lo mismo que a mí, lo mismo que a Caty y lo mismo que a los niños que esta mañana ya juegan contigo. ¡Qué bonito sería, y ya estoy soñando como ellos, en que este Campus Universitario, tan serio él y tan solemne en todo, se llene de sonrisas y algarabías de niños soñadores! Que sí, que se quiten de en medio los mayores aburridos y serios y que entren en escena los niños revoltosos y con ganas de construir cabañas para ver amaneceres y a los burros pastando en sus praderas. Los mayores que no son alegres ni dejan sonreír ni soñar, todos aquellos a los que solo les gusta prohibir, mandar, inventarse reglas y presionar para que las órdenes y normas se cumplan, que se quiten de en medio y dejen paso a los niños. Que el mundo siempre fue de éstos y en el futuro lo será más. Que en el futuro este rincón nuestro sea de verdad “El Edén de los Niños”. Un día te contaré el sueño que tuve hace unas noches. Lo tengo escrito y lo he titulado: “El sueño más bello del Mundo”. Ya verás, cuando te lo cuente, como te vas a morir de gusto. ¿Te imaginas tú lo fantástico que sería…?

Pero no sueñes tú
sobre nubes de cristal,
desde que el cielo es azul
ando yo soñando un sueño
y nunca se me hizo luz.

Soñando vamos caminos
por las cumbres y el talud
de las tardes y mañanas.
Pero cree y sueña tú
que ahora sí, al venir el Alba,
tu sueño se te hace Luz.



9- Manchados de moras


Y en estos momentos casi se hacen realidad algunas de las cosas que sueñan los niños. Porque Caty te ha colocado debajo de la morera y se ha puesto de pie sobre tu lomo.
- ¡Ten cuidado, Caty, y no le hagas daño a Sinombre o te caigas tú!
Le digo para ayudarle y ayudarte. Me dice ella que todo está controlado y desde tu lomo alarga sus manos y coge las ramas repletas de moras maduras, las arranca y se las da a sus compañeros diciendo:
- ¡Mirad que buenas son éstas! Tomad y comed que os la regala Sinombre. Venga, comed todas las moras que podáis y llenad la mañana de miel.
Los niños cogen las moras que les da Caty y se las comen exclamando:
- ¡Qué ricas que están! Nunca hemos comido moras tan buenas. Caty, eres la mejor.
Y como parece que de verdad para ellos las moras están dulces y sabrosas te lo agradecen. Pero los niños, más que comer bayas, lo que quieren es cogerlas porque eso es para ellos más emocionante. Sin pensárselo dos veces se ponen a subirse a tu lomo. Uno detrás de otro y ayudándose entre sí.

Y subirse a tu lomo, para los niños, no es fácil porque tu pelo está suave y ellos no encuentran donde agarrarse. Los niños no saben subirse al lomo de un burro. Y menos cuando el burro no tiene aparejo ni nada. Que está desnudo y con el lomo redondico y pelos suaves como los tuyos. Para mí es fácil subirme en ti porque ya lo he aprendido y lo mismo Caty. Pero estos niños, por lo que se ve, aun tienen muchas cosas que aprender. Caty les ayuda dándoles la mano y les ayuda, luego, a coger los frutos de las ramas. Yo, que sigo atento a todas las cosas que van pasando y se van diciendo, me digo que menos mal que eres un borrico mansito de verdad. Que si no, con tantos niños a tu alrededor, queriéndose subir en ti, tirándote de las orejas, del rabo, empujándote para que te coloques bien bajo las ramas de las moras, si no fueras un asno mansito, ya se habría liado esta mañana. Para animar Caty les dice:
- ¡Pero si subirse al lomo de Sinombre es lo más sencillo del mundo!
Y ellos les contestan:
- ¡Para ti que estás acostumbrada!
Tienen razón. Mario se pone a tu lado y les ayuda a subirse en ti. Y con sus manos quita de tu lomo las moras maduras para que no te manches. Y les dice a los niños:
- Tened cuidado que lo podéis herir. Tocad su lomo. ¿Veis qué blando?

Entre unos y otros y, los zarandeos que le dan a las ramas, las moras más maduras se desprenden y caen como su fuera lluvia de verdad. ¡Qué lluvia más dulce de moras blandas! Llueven moras, gotas de miel, que caen sobre las cabezas de los niños, sobre tu lomo, sobre la hierba y sobre el agua de la Reguerilla de la Ardilla. Algunas de las que se duermen sobre la hierba te las comes tú, otras se las llevan las hormigas y muchas las pisan ellos y ahí, entre la hierba y la tierra, se quedan hechas papillas. ¡Qué pena con lo ricas que están! Muchas de las moras que gotean desde las ramas de la morera también se quedan trabadas en el pelo de las niñas y tiemblan como perlas de rocío. Trocitos de estrellas que engalanan a las niñas para ponerlas guapas y que tú las veas. Ellas ahora parecen ángeles. Rosas salpicadas de gotas de diamantes. Y las muñecas, como si se tratara de un regalo que la misma morera les hace, con sus manos de nácar, de su pelo recogen las moras y se las comen. El pelo de todas estas niñas está limpico y por eso huele a mañana fresca. Es el olor que el aire nos traía de ellos cuando venían subiendo. Pero, de todas estas moras que van cayendo por aquí y por allí, muchas también se descansan sobre tu redondico lomo. Los niños, sin querer, con sus manos y pies las pisan y como están tan maduras enseguida se hacen mermelada. Y se limpian las manos en ti, en la suavidad de tu pelo, en el lomo, en las orejas y en la barriga. ¡Madre mía cómo te están poniendo! Te chorrea la mermelada de moras, los trocitos de estrellas, las perlas despachurradas, por todos sitios. A mí me duele, pero no porque te estén poniendo tan perdido de moras, sino porque tu pelo se te está quedando que da pena verlo. ¿Y qué les vamos a decir a ellos? Que sigan jugando, que se diviertan mucho y que llenen de gloria esta mañana de ensueño.

Tu lomo, tus orejas, tu rabo, tu barriga, todo entero eres pura mancha de mora. Te miro y miro a los niños y me río. ¿Qué voy hacer? Pero para mí me digo que luego tendremos que irnos derechos a la ducha. No te voy a dejar así todo el día. Aunque esto de irnos a la ducha habrá que pensárselo dos veces porque con tantos niños y en este jardín tan especioso, con tanta hierba y tanto terreno para correr, se puede liar otra buena diversión. Pero a lo mejor tendríamos que meter en la misma ducha a todos los niños. Porque ellos, se están poniendo como cerditos. Si los vieran sus madres seguro que ni los conocerían. Lo mismo que me pasa a mí contigo y sin haberte quitado el ojo de encima en todo el rato. Los niños están viviendo un sueño con esto de las moras. Lo de comerse una mora más o menos a ellos les da igual. Ahora su alimento es otro. No son como nosotros los mayores que solo pensamos en coger y poseer. A ellos lo que les importante es pasárselo bien aunque solo prueben un par de moras. Porque entre las moras que ruedan por tu lomo, las que se les caen al suelo, las que se les traba en sus cabezas y las que se guardan en los bolsillos como si fueran caramelos, casi no les quedan ninguna para llevárselas a la boca. Y cuando Caty les dice:
- ¡Os estáis poniendo como cerditos en un barrizal! Ya veréis luego vuestras madres.
Unos y otros responden:
- ¡Pero nos lo estamos pasando de maravilla. Caty, esto es más emocionante de lo que nos contabas tú.

Y tú ¿cómo te lo estás pasando, Sinombre? Porque también yo estoy ayudando lo que puedo en esto y no me da tiempo ni a contestar a las preguntas que me hacen. ¡Que hay que ver estos niños la curiosidad que tienen por todo y las ganas de aprender que hay en ellos! No tengo tiempo ni para contestar a sus preguntas ni para sacarlos de los apuros donde se meten sin querer ni para bajarlos o subirlos de tu lomo. Tendría que dividirme, ahora mismo, por lo menos en cinco. No te quito el ojo de encima. Y cada vez que veo como te están poniendo me llevo las manos a la cabeza. Te digo, mientras me ocupo en la tarea de bajar y subir niños a tu lomo, que no se te vaya a ocurrir ahora de pronto ponerte a dar patadas o a rebuznar. No hagas nada de esto porque entonces sí que la liamos hoy. Y todavía lo de rebuznar tendría un pase, porque a lo mejor a los niños les divierte, pero si te pusieras a dar patadas sería peligroso. Porque, sin querer, les puedes dar en la barriga o en las piernas y ya se nos acabaría la fiesta.

Que te manchen de moras
y te lleven al río,
que se suban en tu lomo
y que jueguen conmigo
que la mañana es azul
y huele a lirios.
Que no te manchen de moras
los niños
porque luego se irán
y aquí solitos
nos quedaremos los dos
en el viento escondidos.




10- El carro de Sinombre


Y puede que por esto, en tan poco rato, todo el rincón de la Reguerilla de la Ardilla y la morera se ha llenado de niños que corren, gritan, cogen, recogen, comen y despachurran moras y nísperos y se llaman unos a los otros y preguntan sin descanso y se lavan las manos en el agua de la Reguerilla de la Ardilla y se llenan de barro y de papillas de moras y de nísperos y... Que por eso hoy es una fiesta grande para ellos. También para Mario pero parece que de otra manera. No para de limpiarte y de darte palmaditas en el cuello. Como si te quisiera mucho y no gustara verte sucio. De pronto, una niña corre desde la Fuente de los Mirlos llamando a Caty:
- ¿Pero qué pasa ahora?
Le pregunta ella dejando la tarea de coger moras y bajándose de tu lomo para ocuparse en atenderla. La criatura, un poco nerviosa, le dice:
- Es que he visto algo muy bonito que me ha gustado mucho. Parece una carroza de juguete pero es mucho más guapa. Ven corriendo y verás.
Caty te deja solo con los niños que se ocupan las moras y yo también me voy detrás de ella. Los niños que todavía siguen bailando sobre tu lomo y enganchados a las ramas del árbol se bajan y tú aprovechas para venirte detrás. Te digo:
- Vamos corriendo. ¿Qué habrá descubierto esta niña?
Me sigues y los tres seguimos a la niña con la emoción a flor de piel. A lo mejor no es nada del otro mundo pero para ella parece un tesoro. Y al remontar el rellanillo de las palmeras la niña aclara:
- Mira, esta es la carroza que te digo. ¿A que es bonita?
Al verla me llevo las manos a la cabeza y te miro a ti que me sigues muy tranquilo o como si estuvieras cansado. Caty se ríe porque le hace gracia lo que le muestra la niña y le dice:
- ¡Pero si es el carro de Sinombre!

Apoyo mis manos sobre tu cabeza y te digo:
- Por lo que acabamos de ver, Sinombre, estos niños ni siquiera han visto un carro en su vida. Y como tu carro es tan bonito es normal que les llame la atención.
Te acercas mucho a mí y con tu cabeza me acaricias por las piernas. Ya sé que te hacen gracia las cosas de estas criaturas. Tu carro, tu bonito y pequeño carro de madera con las ruedas pintadas de amarillo oro y de rojo sangre, es la primera vez que ellos lo ven y por eso creen que es una carroza. Y pudiera ser una carroza pero especial porque es un carro chico, hecho a tu medida, y no una carroza para caballos y princesas de esas que se ven en la tele y películas. Pero los niños cuánta imaginación tienen. Así que dejémoslos que sueñen y crean que tu carro es una carroza como no hay otra en este mundo. Nosotros no habíamos caído en la cuenta de esto y me gusta. Y mira como se concentran alrededor de tu carro y lo observan, lo tocan, lo acarician, lo empujan con suavidad para ver si se mueve y lo miran y preguntan. Preguntan todos a la vez y tantas cosas que ni Caty ni yo ni los maestros podemos responder a la velocidad que ellos piden. ¡Son niños y la inocencia se los come y también las ganas de saber cosas! Y como Caty es amiga de todos se siente en la necesidad de explicar, para que sepan lo que es tu carro. Porque Caty, anda que no lo sabe bien. ¡Con la de veces que te ha enganchado al carro y luego se ha subido encima! ¡Y anda que no lo sabes tú bien con la de veces que has paseado a Caty, a Lucía y a Mary por estos rincones! Por eso les dice:
- Que esto no es una carroza sino algo así como las carretas que van al rocío y vemos en la tele. Y a esta carreta, que no es para llevar personas sino para transportar cosas, al ser más chica se le llama carro. Pero carro de verdad y todas las otras cosas toman el nombre de éste. Y esta fantasía de caramelo está hecha a la medida de Sinombre.


11- Un paseo en el carro de ensueño


Y los niños, Sinombre, son incansables. No hay quien sacie su curiosidad y ansia de saber. A veces, parecen como si quisieran o necesitaran conocerlo todo, ya. En este mismo momento. Por eso preguntan:
- ¿Y para qué sirve este carro?
Responde Caty:
- Para enganchar en él a Sinombre y, cargado de cosas o vacío, que lo lleve a donde haga falta. Se puede llenar de leña, de paja, de alfalfa, de hierba, de pasto, de tomates, de naranjas… De todo lo que queramos y necesitemos transportar de un lado a otro. Que este invierno pasado, lo hemos cargado hasta de rosas. Un día cortamos tantas rosas, todas grandes y de colores, que tuvimos que enganchar a Sinombre a su carro y cargar las flores para llevarlas a la otra parte del jardín. Y otro día lo llenamos de hojas secas. Cuando llega el otoño, a los álamos se les ponen las hojas amarillas y se caen y el suelo se alfombra de oro. Una alfombra preciosa, húmeda y olorosa que tuvimos que recoger nosotras una mañana. Llenamos el carro, de hojas secas de álamos, hasta los bordes. Enganchamos a Sinombre y, cuando iba por este jardín tirando de aquel mundo oro tan precioso, parecía que llevaba él todo el otoño metido entre los varales de su carro. ¡Si lo hubierais visto!

¿Qué a dónde llevamos aquella carga otoñal? A las tierras de la huerta. Porque las hojas secas son un buen alimento para las hortalizas. Cuando en el otoño, mi padre poda las plantas y árboles del jardín, siempre necesita el carro y, la ayuda de Sinombre, para retirar las ramas cortadas. Son esos los días más bonitos del año. Hay mucho trabajo pero muy gratificantes porque todo es bello. El otoño, Sinombre, su carro, las hojas amarillas de los álamos, el olor a humedad, la huerta, la poda de las plantas y los atardeceres de ensueño, por aquí son de las cosas más y emocionantes. Cuando llegue el otoño tendréis que venir un día. Comprobaréis que no os miento. Con tanto ajetreo y, con el borriquillo y su carro, te lo pasas divertidísimo. Luego os cuento más que ya veréis vosotros cuántas cosas hacemos y que bien no lo pasamos.
Y otro niño pregunta:
- ¿Y también este carro se puede cargar de niños?
Caty contesta:
- Claro que sí. Se puede cargar de niños para llevarlos a la piscina o de excursión. Y de mochilas y de bocadillos y con los libros del colegio y de uvas y de higos… ¡Qué bonito sería ver decenas de niños subidos en el carro por las calles de Granada camino del colegio! ¿Os lo imagináis?
Entusiasmada Albaluna exclama:
- Pues vamos a subirnos y hacemos una prueba ahora mismo. Que Sinombre nos lleve de paseo por las tierras suyas. ¿Podemos, Caty?

Y tú que estás a mi lado, mirando a tu carro porque tienes miedo que los niños te lo rompan, al oír lo que ha dicho la niña vuelves la cabeza para otro lado. Como si no quisiera enterarte de las cosas. Como si contigo no fuera esto pero en el fondo, lo mismo que yo, deseando que el sueño de Albaluna se haga realidad ahora mismo. Pero ¿qué pasa, Sinombre? ¿Temes lo que me temo yo? Que estos niños me van a pedir que te enganche al carro. Esto sí que va a ser para ellos un sueño, sueño. Y la verdad es que tal como estás ahora mismo, sucio como un carbonero que viniera de hacer carbón, no me atrevo. Por eso, vamos a esperar a ver si a Caty se le ocurre algo genial. Aunque veo a un niño que parece que ya tiene claro las cosas. Mario se ha puesto delante de ti. Como si quisiera taparte con su cuerpo para que no te vean los demás. Te está protegiendo. No quiere que los niños te enganchen al carro no sea que te hagan daño y te den palos. Os miro a los dos y miro a Caty. A ver si ella arregla esto con ese cariño con que siempre endereza las cosas. Y ella, claro que lo encarrila. A la pregunta de la niña Caty responde:
- Lo del paseo en el carro de Sinombre tenemos que dejarlo para otro día. Para engancharlo al carro hay que ponerle los aparejos o aperos que habéis visto en la cuadra. Es su equipo de trabajo. Y ya habéis notado que ese equipo está nuevo y limpio como si estuviera recién hecho. Todo lo que pertenece a este mágico animal y él mismo lo cuidamos con mucho cariño. Y si en estos momentos miráis a Sinombre veréis como está. Como lo hemos puesto nosotros, que todo hay que decirlo. ¿A que no parece un borriquillo ni de seda ni de miel? Cualquier cosa que pongamos sobre él, incluso si nos subimos en su lomo, se manchará y llenará de mermelada de moras y de barro. ¡Pobre corazón mío! Lo que está necesitando ahora mismo es una ducha. Así que lo del paseo en el carro de fantasía de este burrito lo dejamos para otro día. Volveremos y nos subiremos al carro para que Sinombre nos lleve al río, a las cascadas blancas, a las higueras de los higos dulces, a la viña a coger uvas, a la piscina a bañarnos, a la Encina Grande… En fin, a todos los sitios bonitos que todavía no conocemos. Y también podemos organizar un paseo por las calles de Granada. ¡Que anda que no sería divertido! Así que esto del carro lo dejamos para otra ocasión ¿vale?
Y todos los niños responden a coro:
- Sí, Caty, lo que tú digas.

Porque a ella los niños las respetan mucho. Desde que los niños han llegado a este rincón y te han visto con sus propios ojos y te han tocado con sus manos a Caty la respetan. Ellos han descubierto que no les ha mentido y por eso todo parece ahora como si tú la hubieras llenado de gran dignidad.
Pero Albaluna insiste:
- Es que podemos hacer una cosa ahora mismo.
- ¿Qué es?
Pregunta Caty.
- Ya que Sinombre no va a tirar de su carro ¿podemos hacerlo nosotros?
Al oír esto te doy una palmadita en la frente y te digo:
- ¡Me lo estaba temiendo! Los niños no hacen nada más que soñar y como todo por aquí para ellos es fantasía ¿a ver quién les pone fronteras a sus imaginaciones?

Caty sale otra vez al paso diciendo que sí, que no hay problema en que los niños que quieran, jueguen con el carro. Y anda que los niños tardan en ponerse mano a la obra. Tres de los mayores, en cuanto notan que Caty les deja vía libre, saltan y se agarran a los varales. Tu carro tiene dos varales porque tú eres solo un burro y para tirar de un carro es necesario que tenga dos varales. Si tuviera solo un varal se necesitarían dos burros. Ya les explicaremos esto en su momento. No saben ellos pero intuyen que si se agarran a los varales y tiran el artilugio se pone en marcha y rodará lo mismo que si lo arrastraras tú. Y ya los ves, Sinombre, uno de los niños se ha metido entre los dos varales y los otros dos se ponen a ambos lados. Levantan el carro, tiran de él y se lo empiezan a llevar para la Fuente de los Mirlos.
- ¡Que divertido!
Exclaman llenos de alegría. Y yo te digo a ti:
- ¡Mira, mira, Sinombre! Como si ya no hicieras falta para tirar del carro.
¡Lo que son estos niños! Y no les quitas los ojos de encima. Aunque en el fondo tampoco te apetece mucho mirar. Y no es que sientas envidia sino que temes que te lo rompan. Lo mismo me pasa a mí. Tu carro es tan bonito, parece tan de juguete, lo tenemos tan limpito y tan cuidado, que nos da miedo lo que puedan hacer con él. Y los niños, mira como lo arrastran y se suben y empujan y le dan meneos de un lado para otro. ¡Que nos dejan sin carro, Sinombre!

Porque los demás, en cuanto han visto que tu carro recorre la explanada de las palmeras, enseguida lo han rodeado. Los que tiran se animan y los que acompañan se ríen y animan a los que tiran. Y los más decididos se suben y los otros se animan más y cantan canciones como si ya fueran camino del Rocío. O como si se fueran de excursión o a un viaje al fin del mundo. Como si fueran exploradores rumbo al último confín de la Tierra. Y tu carro de pronto se ha convertido en la diversión más jubilosa. ¡Lo que son estas criaturas! Precioso todo lo que ellos inventan y sueñan pero ¿a que parece que se han vuelto locos? ¡Pobre carro tuyo y lo que estás sufriendo! Pero menos mal que no eres tú el que en estos momentos tira de él. Nosotros vamos en la comitiva que acompaña hacia la Fuente de los Mirlos y también nos animamos. Mueves tu rabo sin parar, giras tus orejas de un lado a otro como si quisiera controlarlo todo y me miras. No te preocupes, te digo. Un día es un día y ellos se lo están pasando bien. ¿Qué mayor alegría, hay en el mundo, que la alegría de hacer felices a los niños? Pero estamos preocupados en estos momentos y no lo decimos. Sabemos que como nos descuajaringuen el carro vamos a estar disgustados por lo menos dos semanas. Los dos le tenemos mucho cariño a este carro tuyo y aunque luego lo podamos arreglar, porque te lo arreglaré yo, quizá no quede igual. ¡Con lo bonito, limpito y bien cuidado que lo tenemos!

A ver si se cansan pronto o se distraen con otras cosas antes de que se desvencije el juguete. Porque también, los niños, cuando están ellos muy entretenidos con algo, como se les presente alguna cosa nueva, enseguida se ocupan de esto último y dejan lo que llevaban entre manos. Ojalá ocurriera algo de esto antes de que ya no tenga remedio lo que han cogido entre manos. ¿Y sabes lo que haría falta ahora? Que apareciera una de las ardillas. Seguro que los niños enseguida dejarían el carro y se dedicarían a la nueva diversión. Y No sería malo para las ardillas porque ellas, bien lo sabes, son también como niños. Correrán para animar a los chiquillos a que la persigan, porque las querrán coger, y ellas no se dejarán. ¡Bonitas son las ardillas para dejarse coger así como así! ¡Y como no tienen ellas árboles para subirse en éste, en el otro y en el otro! Vente, Sinombre, para este lado. Para el Ciprés de la Hiedra a ver si, la ardilla que sabemos, anda por ahí. A ver si está en el nido de la palmera y sale corriendo y la ven los niños. A ver si ocurre este milagro y la ardilla salva a tu carro de una muerte segura. Vente para este lado que ellos ya están llegando a la Fuente de los Mirlos y ahora se van para el rincón de los palmitos subidos. Desde ahí seguro que se vuelven para atrás y verás como pasan cerca del Ciprés de la Hiedra. Mira como gritan, corren, se caen y se levantan y siguen corriendo y ríen y tiran de tu carro y se agarran y se suben y se bajan y... ¡Madre mía, los traqueteos que le van dando! Que lo desbaratan y se les cae a trozos por este rincón. Pero no, mejor es que no mires, porque como dice el refrán: “Ojos que no ven corazón que no siente”. Menos mal que tu carro está construido con la mejor madera y clavado y pegado con el mejor pegamento. Que si no hoy podría ser su último día de vida.

A la Princesa
¿qué le diremos
cuando mañana
la encontremos
buscándonos por la tarde
entre los fresno?
No la recuerdes tanto
ni le regales besos
que la Princesa es aroma
amiga del viento.
Suéñala y que nadie sepa
que la queremos.




12- La ardilla Trepadora y el balcón de Sinombre


Mario, el niño más cariñoso del mundo, se viene con nosotros para el lado del Ciprés de la Hiedra. Y fíjate, Sinombre, qué educado es este niño. Y contigo mira qué tierno. Desde que ha llegado no se aparta de tu lado. Como si te conociera de toda la vida. Y aunque los otros niños andan como locos divirtiéndose con el carro Mario no se va con ellos. Es como si tú le importaras más. Por eso se ha quedado aquí y te acaricia, te regala matas de hierba, te pone sus manos sobre tu lomo para decirte que te vengas por aquí o por allí y en todo momento está a tu lado. Pendiente de ti por si necesitas algo. ¡Qué buenos amigos os habéis hecho en tan poco tiempo! Este niño es un ángel ¿verdad Sinombre? Parece más serio, más inteligente, más noble, más limpio de corazón, más inocente, en el sentido hermoso de esta palabra, y con más sentimientos que aquellos otros. A ti te ha cogido gran cariño desde el primer momento. Por eso, ahora que nos venimos para el lado del Ciprés de la Hiedra, Mario se viene contigo y hasta parece protegerte de los otros niños no te vayan dañar. Desde que ha llegado te está protegiendo. ¿Qué pacto ha hecho Mario contigo y tú con él? ¡Qué bien que haya niños como Mario y como los que juegan con tu carro y como Caty, Deyanira, Albaluna…! Por el jardín todo parece ahora una fiesta. Algarabía y risas y fantasías de niños que sueñan sueños hermosos. Es como si todos los árboles del jardín y todas las plantas y todos los animales que viven aquí, de pronto hubieran dejado escapar de sí sus propios espíritus y, convertidos ahora en niños, estuvieran divirtiéndose con tu carro. Jugando a inventarse juegos, saltando, corriendo, bebiéndose el aire de la mañana y el perfume de las flores del magnolio. No sé si me explico. Pero tú me entiendes ¿verdad?

Y mira, los otros niños, ahora mismo se vienen para la Pradera de las Violetas, por donde el Ciprés de la Hiedra. Por aquí estamos ya con Caty, Mario y Deyanira. Y aquí mismo van hacer una parada los que trotan con tu carro. ¿A que ahora es cuando tiene que ocurrir lo que esperamos? Mira para la palmera. Ves, tres niñas se han puesto a coger violetas, ahí mismo. Todavía quedan algunas violetas por entre las matas verdes y ellas las han descubierto. ¡Lo que les gusta a las niñas las violetas! Y juegan, también por ahí, con una mariposa blanca que surca el aire como si no pudiera o no supiera volar. A las niñas les hace mucha gracia el vuelo de las mariposas. ¿Sabes por qué? Porque todas las mariposas del mundo, cuando se elevan por el aire, parecen que se van a caer en cualquier momento. Se les ve como cansadas y, por eso hacen pensar, que tres metros más allá se van a caer para no levantar vuelo nunca más. Y como las mariposas son tan llamativas, por sus colores vaporosos y esta manera de trazar piruetas en el viento, todas las niñas del mundo se piensan que es fácil cogerlas. Y no es fácil, que te lo digo yo. Una de las cosas más difíciles del mundo es atrapar una mariposa en vuelo. Y parece lo contrario ¿verdad? Y esto es lo que las niñas se creen y por eso, en cuanto ven una mariposa volando, ya están corriendo a cazarla. ¡Que se lo creen ellas!

Y mira, de pronto una de las niñas que persigue la mariposa, ha dejado su juego y corre buscando a Caty. ¿Qué habrá pasado? Se acerca y le dice:
- Ven corriendo verás lo que hemos visto ahí. Es un animal muy bonito que sube y baja por el tronco de la palmera y tiene una cola larga y esponjosa. Ven corriendo conmigo y verás, Caty.
Y justo en estos momentos, las dos niñas que cogen violetas junto a la palmera, empiezan a dar voces.
- ¡Corred y venid veréis que gato más peludo sube por el tronco de este árbol!
Los niños que se amontonan junto a tu carro, al instante se olvidan de él, lo dejan en la pradera y corren para la palmera de la ardilla. Caty se ha ido con la niña que la reclamaba y Mario, tú y yo, nos quedamos a la sombra del Ciprés de la Hiedra. Mario quiere subirse en tu lomo y, como a ti también te gusta, le ayudo al tiempo que te digo:
- Ya ha ocurrido lo que esperábamos, Sinombre. ¡Bendita ardilla amiga nuestra!

Oigo a Caty que les dice a los niños:
- ¡Que esto no es un gato ni mucho menos! Hierbazul hay que ver las cosas que tienes tú.
- Pues entonces ¿qué es?
Pregunta intrigada Hierbazul.
- Una de las ardillas que viven en el jardín. Tiene su nido arriba, entre las ramas de la palmera, donde hay muchas espinas para que las urracas no puedan atacarle. Que las urracas son los pájaros más dañinos del mundo. Sin corazón, matan y destruyen todo lo que tienen a su alrededor. Pero las ardillas saben defenderse.
Sinombre, ¿tú te has dado cuenta el nombre tan bonito que también tiene esta niña? Como si por aquí esta mañana hasta los nombres de los niños fueran de fantasía. Hierbazul es un nombre muy bello. La niña pregunta a Caty:
- ¿Y cómo se llama esta ardilla?
- Trepadora porque siempre anda trepando por los troncos de los árboles.
Y en estos momentos Trepadora baja aprisa por el tronco de la palmera y se pone a correr por entre las matas de violetas. Y tú sabes de qué manera corren las ardillas. A saltos cortitos y suaves. Como si estuvieran jugando y cada dos o tres saltos se paran, miran, se ponen de pie sobre sus patas traseras, miran en todas las direcciones y vuelven a correr otro poco. Así es como corre esta ardilla. Que las has visto muchas veces. También muchas veces has sido engañado por ella y por las otras. Porque al verlas correr, como si no pudieran, te has creído que era fácil cogerlas y has enristrado detrás de ellas para alcanzarlas. Pero Trepadora es muy lista. Más que tú y más que los niños que la persiguen ahora. Aunque es verdad que las ardillas no saben correr bien cuando están en tierra porque lo suyo es subir y bajar por los troncos de los árboles y saltar de rama en rama. Su mundo se desarrolla en las copas de los pinos y no en el suelo. Pero las ardillas también se manejan con soltura cuando tienen que moverse por el suelo. Y mejor se manejan en el suelo cuando ellas descubren que se les acerca algún peligro. Aunque no sepan correr con elegancia no hay guapo en el mundo que sea capaz de coger una ardilla corriendo por el suelo. Pero los niños se han creído muy listos. Igual que las niñas que persiguen a las mariposas en vuelo. Al ver que Trepadora casi no corre allá que van todos detrás de ella. ¡Qué bien, Sinombre amigo! Era justo lo que necesitábamos. ¡Y mira la ardilla! Parece que quiere echarse una carrera por entre las violetas y delante de los niños para llamar la atención y lucir su cola. ¡Qué presumida es! Y los niños, míralos, todos con la boca abierta mirando y corriendo detrás. Qué poco saben, todavía estos niños, de la vida. Pero es divertido y para nosotros más. Que a lo mejor los que no sabemos de la vida, somos las personas mayores. Que puede que las mariposas, las ardillas, los niños y tú, seáis los más listos de todos.

Se han olvidado de tu carro y ahora no existe para ellos otra cosa que no sea la traviesa ardilla. Mira como corre, se para, se pone de pie sobre sus patas, mueve su cola y vuelve a correr antes de que los niños la alcance. Recuérdame luego que tenemos que darle un premio a Trepadora. Cuando se vayan los niños tenemos que traerle nueces, almendras y avellanas para que se las coma. Como premio a lo que ha hecho por nosotros y, en concreto, por tu carro. ¡Bendita ardilla que desde hoy la vamos a querer más que nunca! Un beso grande le daremos luego. Y sigue, sigue mirando verás como hasta parece que quiere exhibirse delante de ellos. Y claro, los niños, mira y escucha verás lo que dicen:
- Parece un peluche vivo.
- Y un león pequeño.
- Y un tigre bebé que busca a su madre.
- Como en los dibujos animados de las películas.
- Pero no seáis tontos que esto es una ardilla que vive en los pinos y come piñones y almendras y bellotas de las encinas de este jardín.
Les dice Caty que está muy acostumbrada a ver a Trepadora y las demás ardillas que viven por aquí.

Mario, tú y yo nos vamos para la Reguerilla de la Ardilla y en estos momentos nos tropezamos con otra niña que viene corriendo en busca de Caty. ¿Qué le sucederá a ésta? Si esto parece hoy el jardín de los niños buscando fantasías. Y como si todo lo que por aquí encuentran ellos fuera un trozo de las fantasías que buscan. ¿A dónde irá corriendo esta niña? Y lo descubrimos enseguida porque le dice a Caty:
- Por ese lado hemos visto un rincón mágico. Hay mesas de piedra y asientos de madera y como queda por encima del pinar de la cuadra de Sinombre es como un balcón desde donde se ve la ciudad y Vega de Granada, el Monasterio de la Cartuja Vieja y Sierra Nevada y mucho más. ¡Ven corriendo verás qué bonito!
Y Caty sigue a la niña viniéndose para el lado de la huerta de los tomates enanos al tiempo que aclara:
- Este es el Balcón donde Sinombre se viene muchas veces a dormir la siesta a la sombra de los pinos. Aquí es donde hace más fresco en estos días de verano porque siempre corre un airecillo agradable. Y casi siempre este airecillo viene desde la Vega de Granada y como pasa por entre los pinos del pinar de la cuadra el aire huele que alimenta. Desde este balcón, además de esos sitios que dices, se ve su cuadra, el pinar desde arriba, las puestas de sol, su carro, la Fuente de los Mirlos, la Reguerilla de la Morera y también el prado de violetas y la palmera del nido de Trepadora. Todo esto y más se ve desde el Balcón de Sinombre y por eso a él le gusta tanto.
Y la niña prosigue:
- Pero este rincón es muy bonito. Nunca he visto un lugar más bello en la ciudad de Granada. Podemos quedarnos a comer en estas mesas de piedra, frente a estas vistas y a la sombra de los pinos. Y si dices que las puestas de sol que se ven desde aquí son de fantasía ¿Por qué no las disfrutamos hoy? ¿Son las puestas de sol más bellas del mundo? ¿Más bonitas que las que se ven desde la Torre de la Vela de la Alhambra o el Mirador de San Nicolás, en el Barrio del Albaicín? Caty, voy a llamar a los niños para que venga y vean.

Y la niña se pone a llamar a los compañeros de colegio. Ellos siguen embelesados con el juego de la ardilla pero con los ojos y oídos bien abiertos por si aparecen más sueños. Algunos niños miran y quieren venirse para tu balcón pero otros no desean perderse las piruetas que regala Trepadora. En estos momentos se sube ella por el tronco de uno de los pinos y desde la primera rama da un salto y se engancha a las ramas de otros pinos. Y esto sí que es divertido para los niños. No se esperaban que la ardilla fuera la reina de los acróbatas. Ya la ves, salta de una rama a otra y cuando va por el aire, para no perder el equilibrio y caerse, con su larga cola busca la estabilidad. La cola de las ardillas es como un timón. Contrapeso perfecto para ayudarse y enderezar el rumbo en los momentos necesarios. Y esta ardilla nuestra, anda que no es artista con estas cosas. Los niños la siguen con la boca abierta y ven como salta y en menos de tres minutos se ha recorrido medio pinar. ¡Vamos, que ni se han enterado de lo que es capaz Trepadora ni cómo lo hace! Y menos se han enterado ellos porque todo les ha cogido así, tan de sorpresa, que ni siquiera les ha dado tiempo a averiguar si es de verdad lo que ven o están soñando. Ea, Sinombre, para que se enteren los niños de lo listos y sabios que son los animales. Que los humanos sabremos leer libros y sabremos escribir y echar discursos y máscosas pero las ardillas, Trepadora y todas las ardillas del mundo, son listas como el hambre y cuando quieren, se ríen de quien quiere. Y ahora que lo vuelvo a pensar y me acuerdo de tu carro te digo y me digo que qué bien lo está haciendo la ardilla primorosa. Ya de tu carro nadie se acuerda y de esto nos alegramos un montón. Recuérdame luego que les contemos a los niños unas cuantas historias de Trepadora. Se enterarán ellos de las cosas tan bonitas que hace y vive esta joya de ardilla.

Dos de los niños que ya se vienen para tu balcón, al ver a Mario encaramado en tu lomo, dicen:
- Luego nos dejas que también que nos subamos un rato.
Y Mario, desde tu lomo, mira a sus compañeros y no les dice nada. Se siente él tan agustico sobre ti que parece como si ya fuera el dueño de tu lomo y de todo tú entero. Otro de los niños le dice a Mario:
- Has escogido lo mejor. ¡Anda que no debe ser divertido ir subido en el lomo de este burro! ¡Se sentirá unas cosquillas…!
Te miro y me doy cuenta que te enorgulleces. Hasta parece que faroleas un poquito y lo puedo entender. Te gusta a ti que Mario vaya montado en tu lomo y te gusta toda la algarabía, limpia y bella, que por tus dominios se ha organizado esta mañana. Todo es tuyo y todo lo has hecho tú con tu gracia.

Desde el prado de las violetas, ya por donde la Reguerilla de la Ardilla, ahora vamos para tu balcón y caminas con una elegancia que da gusto verte. No puedes disimular que te sientes orgulloso de Mario. Se te nota a una legua. Y a él se le nota más. Los dos sois como niños entre grandes y pequeños. Por eso los demás niños, los que han estado tan ocupados con tu carro y Trepadora, al ver a Mario, se mueren de envida. Tú y él estáis llenando la mañana de un gozo diferente. Si hubiera muchos niños en el mundo como Mario y muchos burros como tú… Camino a tu lado con mis manos puestas en tu lomo para sentirte cerca y decirte por donde vamos a tirar. Algunos niños también se han puesto a tu lado y te tocan con sus manos. Como si te dijeran:
- Gracias a ti disfrutamos de este día tan bueno. ¿Cuándo es el momento de empezar los paseos?
¡Claro! Porque esto no ha hecho nada más que comenzar. Ellos y tú y todos esperamos que lo mejor vaya llegando. Pero en el fondo, aunque los dos sabemos que estos niños son sinceros, lo que están es esperando turno. En cuanto han visto a Mario subido en ti a ellos les ha entrado la envida. Sin decirlo claramente, están diciendo que en cuanto Mario se baje, les toca a ellos. ¡Lo que son los niños, Sinombre! Pero hacen bien. Me gusta.

Sin embargo lo de Mario es especial. Los otros sienten envidia pero Mario te ha metido en su corazón y tú a él y por eso estáis unidos. Como en un sueño muy personal, como en un mismo sentimiento, como en un trocito de cielo todo vuestro. Y esto no se consigue teniendo envidia ni ansiando ser el primero para darse un paseo en tu lomo. Lo de Mario y tú con él es algo que pertenece al corazón, al alma, a la belleza, al cielo. Por eso Mario ha escogido la mejor parte. Te ha escogido a ti y te ha hecho su amigo. ¿Qué pacto habéis hecho?



13- El cielo de la mañana de julio

Vamos para tu balcón, abrazados por la mañana y el aire fresco, y antes de llegar oímos a los niños preguntando a Caty:
- ¿A este lugar es donde te vienes tantas veces con Sinombre?
- En el “Balcón de Sinombre”, es donde juego con él tardes y mañanas.
- Pero tú nos has dicho que tenéis muchas cosas escritas.
- Un libro tan gordo como todos nuestros libros juntos. Así o más.
- Pero Caty ¿tú conoces a Sinombre de toda la vida?
- Un año lleva él viviendo aquí y desde el primer día es mi mejor amigo.
- ¿Y todo está escrito? ¿Y con los detalles y los juegos y…?
- Si os reunís aquí os leo algo de este mirador, de Sinombre y de mí. Como un poema pero en prosa porque se parece a un sueño ¿Queréis oírlo?
- ¡Sí, por favor, Caty! Ya estamos esperando que empieces.
Saca ella de su mochila un cuaderno y de entre sus hojas coge un papel escrito a mano. Lo abre y aclara:
- Lo que aquí se cuenta ocurrió hace unos días. Me vine al balcón a tomar el fresco en compañía de Sinombre y al vernos, su dueño, escribió lo siguiente:

“Sinombre, la niña en la mañana es tu cielo y es mi cielo y es el cielo de la mañana y por eso, este día de hoy, es tan bello, tan especial, tan dulce, tan blando gozo en el corazón… Julio se va. Pronto va a cerrar sus puertas y nos da las espaldas. Pero la mañana de este día es todavía de julio, todavía es suya. Y mira qué mañana tan fresca y hermosa. Un sábado más como tantos aunque con su beso especial. ¿Qué haces aquí tan lleno de paz, acostado en el balcón que lleva tu nombre, y con la niña sentada junto a ti?

Sinombre tiene su cabeza puesta sobre el banco de madera muy pegadito al cuerpo de la niña. Tiene sus orejas echadas para atrás y abre sus ojos de vez en cuando. Parece que quisiera dormirse pero a veces abre los ojos y mira a la niña. Está sentada ella en el mismo banco, rozando con su cuerpo la cabeza y cara de Sinombre, y con sus manos lo acaricia entre las orejas. Como si ella toda fuera corazón derretido pero en forma de beso dulce. Y parece como si él estuviera bebiendo de este beso, detenido en su paz, y en el silencio fino de la mañana pura. Y la niña acerca más su cuerpo a la cara de Sinombre y la mañana parece llenarse de un hondo mar de gozo. La niña es tan hermosa que hasta la misma luz de la mañana bebe de su belleza. Y tú ¿a que también quieres beberte a esta criatura?

Lo estoy viendo con los ojos de mi cara y lo estoy sintiendo en mi corazón. Te duermes en el gozo blando de la mañana fresca y no tienes más mundo que el cuerpecito de la niña derramado en tu cara. Su calor dulce te llena el corazón de vida y su caricia de ángel te deja como arropado en una eternidad deliciosa. Tengo envidia de ti, ahora mismo, Sinombre. Me gustaría besar a la niña en su cara como la besas tú y me gustaría sentir el calor de sus manitas como las sientes tú. La niña en la mañana es tu cielo y es mi cielo y es el cielo de la mañana y por eso, este último día del mes, es tan bello, tan especial, tan dulce, tan blando gozo en el corazón…

Sigue ahí en tu sueño y no tengas prisa. El cielo no está en ningún otro sitio sino donde tú ahora mismo sueñas. Todo lo demás, la mañana con su nueva y blanca luz, es solo un resplandor del cielo. El puro fresco que regala la mañana, es lo mismo: una simple ráfaga del aliento del cielo. Los trinos de los mirlos que cantan por entre las ramas del ciprés y el arrullo de las tórtolas son algunos de los sonidos del cielo. El rumor del agua de la Fuente de los Lirios y la paz de la mañana y el verde del pinar y el azul del cielo, todo, Sinombre, solo es un reflejo del aleteo del cielo. En la mañana y, ahora mismo, el cielo está aleteando por todas partes. Pero el cielo, en sí mismo y en su pureza más pura, lo es esta niña dulce. La que estoy viendo con mis ojos y gustando en el corazón. Sinombre, la niña que roza con su cuerpecito la piel de tu cara y el negro de tus ojos mientras te acaricia con sus manos de nata para que sientas el cielo, esta niña es el cielo. Tú lo estás gustando mientras yo te miro y ella nos besa. ¡Qué cerca tenemos hoy el cielo! ¡Y qué suerte tienes tú sentir el calor del cielo derramándose en tu cara en forma de corazón derretido! Tengo envidia de ti, Sinombre”. (J. Gómez. Memorias de Sinombre, 325)

Mario y Albaluna, sentados cada uno a un lado de Caty, la miran con cariño y le dan las gracias. Los miro yo a ellos y les noto en sus caras un brillo especial. Como si el cielo que acaba de contar Caty se le hubiera derramado por sus mejillas. También tienen un brillo especial el color de sus ojos y la delicada sonrisa que dibujan sus labios. Mario y Albaluna son muy guapos. Los dos niños más guapos que he visto en mi vida y su hermosura parece que le brota desde dentro. Como si en su interior tuvieran ellos un algo especial, una fuente manando belleza, que rebosa y los baña de esta belleza. Mario se levanta, se acerca a Caty y, dándole un cariñoso beso en la cara le dice:
- Gracias Caty. Regálame luego este poema.
Le contesta Caty:
- Te haré una copia y te lo regalaré.
- Yo también quiero otra.
Le dice Albaluna.



14- Todos los niños se quieren subir en Sinombre
por la Cuestecilla de los Granados


Al terminar de leer todos los niños aplauden a Caty. Todos están de acuerdo en que es bonito este poema en forma de sueño y sienten ahora envidia de ti y de ella. Que se quieren venir a vivir contigo. Y como el jardín se ha llenado de niños, cuando menos nos lo esperamos, aparecen trayendo y llevando novedades, noticias y descubrimientos. Los niños, Sinombre, parece que nunca han visto un Edén como el nuestro. Quizá tampoco nadie les haya hablado de cosas semejantes a éstas. Sueñan ellos siempre con lo que ven en las películas, en los libros y en los cuentos de hadas. Y siempre creen, los niños y los mayores, que las maravillas están en no sé qué mundos lejanos. Que los paisajes hermosos y las cosas fantásticas ocurren y existen en otros sitios. En mundos irreales y lejanísimos. Y sin embargo, aquí, en la cabecera de la cuna de Granada, existe este mundo fantástico poblado de seres geniales como tú y ningún niño lo conoce. Tampoco los mayores.

Los que llegan corriendo dicen a Caty:
- Por detrás de la Fuente de los Mirlos hemos visto un camino bonito que sube por una cuestecilla sembrada de granados y lirios. ¡Que precioso es eso, Caty! Y al remontar la cuestecilla se llega a una llanura que es de ensueño. ¿Y sabes lo que hemos visto en esa llanura?
Y Caty pregunta:
- ¿Qué habéis visto?
- Muchos naranjos cargados de naranjas verdes, redondas y menudas. También limoneros, laureles y rosales con flores. Y en el centro de la llanura hemos visto una fuente con flores blancas y rosas que flotan en los espejos del agua. Por debajo de las flores nadan peces de colores y de un lado a otro saltan las ranas. ¡Si supieras cuantas ranas hay y lo bien que cantan! Vente, Caty, vente corriendo y verás como no te engañamos.

Caty se va con los niños y los otros la siguen. Todos intrigados y con ganas de conocer las nuevas cosas que han oído. Al pasar cerca de nosotros Caty nos pide que nos vayamos con ellos. Y al llegar a la Fuente de los Mirlos Mario se baja de ti. Porque ha visto él la cuestecilla que hay desde la Fuente de los Mirlos para arriba y no quiere que te canses. Lo hace por tu bien pero no quiere irse de tu lado. Al verte libre todos los niños se amontonan a tu alrededor con la ilusión de subirse en tu lomo. Otra vez Caty tiene que intervenir para ordenar las cosas. Porque los niños parecen un enjambre de abejas alrededor de su reina. Ellos son las abejas y tú eres la reina, que en este caso, por ser un burro machote, eres rey. ¿Cómo se van a subir todos a la vez en ti? ¿No caen en la cuenta? Mario sí y por eso les dice:
- Es que lo vais a arringar y nos quedaremos sin él para siempre.
Mario tiene razón. Por nada del mundo yo tampoco quiero que te quiten la vida. Ya tienen mucha suerte estos niños con tenerte hoy todo entre sus manos. Que esto no se lo permitimos a cualquiera. Ni por todo el oro del mundo. Y si, además, los dejamos que se paseen en tu lomo, eso sí que es ya mucha suerte para ellos. Los dos sabemos por qué. Y como Caty sabe lo que es mejor para todos aclara:
- A Sinombre, lo primero que tenemos que hacer, es ducharlo para dejarlo limpito. Y lo segundo es que hay esperar turnos para subirse en él. Lo vamos echando en suerte y a quien le vaya tocando se va subiendo un rato y luego se baja y se sube otro y así. Todos nos vamos a dar un buen paseo o dos o tres por estos rincones sobre su lomo. Pero hay que hacerlo con orden porque sino le quitamos la vida. Y en este rincón, todos los que por aquí vivimos, Sinombre, nosotros y su dueño, lo que más practicamos siempre es el respeto con los otros. Ya os lo he dicho antes: esto de aquí nuestro no es la vida real, es como a nosotros nos gustaría que fuera la vida. Y nuestras máximas son: sinceridad y respeto.
La entienden ellos y aceptan lo que les dice. Porque los niños nunca son tontos. Sin embargo uno protesta:
- ¡Claro, Mario sí y nosotros no!
Y otro pregunta:
- Y lo emocionante ¿Cuándo empieza?
- Llegará en su momento.
Mario guarda silencio y luego, acercándose a ti, en la oreja, te dice:
- ¿Que cuando empieza lo emocionante? Cómo si tú no fueras toda la emoción del mundo. No los entiendo. Albaluna ¿tú que dices?

Y en la mañana hermosa de este día festivo, final de la primavera y principios del verano, la veredilla que sube por la Cuestecilla de los Granados se ha llenado de alegría. Remontas por ella con dos niños en tu lomo. Una niña morena con los ojos negros como los tuyos, Albaluna, y un niño de pelo rizado y ojos azules, Trebolito. Azules sus ojos como los de nuestra Princesa y, también como los ojos de Dios. Otros dos niños van agarrado a tu rabo y, a un lado y otro tuya, van más niñas y niños y cantan canciones sencillas. Mario se ha puesto delante de ti y te va llevando. Mirando para el suelo por si hay alguna piedra no vayas a tropezar. También busca matas de hierba que de vez en cuando arranca y te las da al tiempo que te dice:
- Para que tengas fuerzas y no te canses. Y ve con cuidado no vayas a tropezar. Tampoco corras mucho que esta cuesta es muy mala.
Los demás niños qué contentos están y cuanto cariño y mismos te regalan. Alborozados suben y tú gozoso porque te van entregando su alegría. Tú, todos los días, recorres la Veredilla de los Granados y por eso te la sabes de memoria. Pero para Mario es nueva y por eso te la va explicando.
- Mira, Sinombre, por este lado quedan los granados con sus flores grana, que por eso son granados. Bueno, también dicen que se les llaman granados, porque sus frutos, las granadas, tienen muchos granos. ¿Tú los has visto alguna vez? Los granos de las granadas son como los rubíes. Pequeños, del tamaño de un garbanzo, y rojos como la sangre cuando brota de las heridas en las manos. ¿Has probado alguna vez los granos rubíes de las granadas? Están riquísimos y, con azúcar o miel, para chuparse los dedos.

Y al oír esto me río pero con respeto porque no es de Mario de quien me río. Él te lo ha dicho con mucho cariño y lleno de ternura. Pero me hace gracia su inocencia. ¿A que a ti también te hace gracia? Es que no es para menos ¡Qué cosas tiene Mario! ¿Que si has probado tú alguna vez los granos de las granadas de Granada? ¿Te acuerdas el otoño pasado cuantas nos comimos sentados a la sombra de la Encina Grande? Nos los comíamos con azúcar y miel y con higos y uvas, que seguro que estos niños no lo saben. Seguro que ellos nunca se han comido un buen puñado de granos rojos de granadas mezclados con uvas moscateles o con trozos de higos bermejos. ¿Te acuerdas el año pasado? Hasta nos pusimos perdidos, yo las manos, la cara, la boca y los dientes. Y tú, el hocico, tus dientes grandotes, tus orejas y tu pelo suave. ¿Y te acuerdas cuando nos pinchamos los dos a la vez por querer coger la granada más gorda del granado grande de esta Cuestecilla de los Granados? Porque esto a lo mejor tampoco lo saben los niños: que los granados pinchan como los erizos. ¡Que tienen unas espinas que dan miedo verlas! Pero es normal que los niños no sepan nada de esto. Por eso se creen ellos que todo lo que hay por este paraíso lo estás viendo ahora por primera vez. Déjalos en esta inocencia, Sinombre. Que esta inocencia suya a nadie daña. Ni siquiera a ellos y menos a Mario. Porque míralos qué felices son. Y lo que hoy nos interesa es que sean dichosos contigo y con las sencillas cosas que aquí tenemos. Pero a lo que te ha dicho Mario algunos niños exclaman:
- ¡Pareces tonto! Como si los burros supieran lo que sabemos nosotros. ¡Que los granos de las granadas son rubíes! ¿Es que te has caído de las nubes, pamplinica?
Mario no contesta. Me duele lo que le han dicho y creo que a ti también. Caty se ha dado cuenta y también Albaluna pero tampoco dicen nada. Y los demás niños, escucha que canción más curiosa te cantan mientras suben contigo por la Cuestecilla de los Granados. Se la han inventado para ti:

Tus ojos son negros
y tu pelo es diamante,
eres caramelo,
una estrella brillante
y un trozo de cielo.
Tu rabo es azul
siempre en movimiento,
eres algodón
enredado al viento
de la fresca mañana
de caramelo.
Tus orejas son largas
como largos sombreros,
eres miel en rama
derramada en el suelo
endulzando a las hadas
de nuestros juegos.

Y como ellos, en su inocencia creen que eres nuevo hoy por aquí, mientras te van llevando por la Cuestecilla de los Granados y tú los paseas, te cortan flores de adelfas. Te las tiran y te las cuelgan en las orejas. Y, de los mismos granados que cubren la ladera, te arrancan flores frescas y ramitas de laurel del árbol que hay entre los limoneros. Los niños te adornan torpemente pero ellos creen que te engalanan con el más hermoso de los trajes. Por eso, otra niña te dice:
- ¡Guapo!
Y los demás niños, graciosamente repiten:
- ¡Guapo, guapo y guapo!
Y te cubren con sus risas y parece que quieren anunciar a los cuatro vientos lo hermoso que eres. Como si regresaran de una conquista grande por algún lugar del mundo y tú fueras el trofeo de sus triunfos. Y tanto se ha llenado de su gozo este rincón del jardín, por la Cuestecilla de los Granados, que hasta la tórtola turca se ha venido cerca. En la última rama del ciprés último, por donde la Fuente de los Nenúfares, se ha parado. Y desde ese balcón, ya colgado en el cielo, se mece y te mira y mira a los niños y no se asusta. Mueve su cabeza y lanza sus arrullos al limpio aire de la mañana. Y el cernícalo ¿lo oyes? Parece que hasta la torre del monasterio viejo de la Cartuja ha llegado la algarabía y el juego que los niños se tienen contigo y, el cernícalo que vive en esa torre, ha levantado vuelo y mira por donde va. Surcando el cielo del Edén Azul y gritando a los cuatro vientos la inquietud que le habéis metido en el cuerpo. ¡Y anda que los graznidos del cernícalo no se oyen lejos! Como vuela alto, extendidas sus alas al viento y abierta su cola como un abanico, cada vez que lanza un grito se oye en toda Granada. Menos mal que los vecinos ya están acostumbrados a los chillidos de esta rapaz que si no seguro que ya estarían asomados a los balcones de sus pisos a ver qué sucede por este rincón del mundo.

Mario te dice:
- Luego te ducharé yo y te peinaré. Aguanta un poco más que ya hemos subido lo peor. Pero no corras que se te puede parar el corazón.
Albaluna contesta:
- Y yo te ayudo a ducharlo. Que quiero ganarme el cariño de Sinombre para tenerlo como amigo cuando me venga a vivir a la cabaña. Caty ¿nos va a dejar?
Y Caty les dice que sí. Que estás muy sucio y no es culpa tuya.


15- Por donde la Fuente de los Nenúfares


Mientras los niños suben contigo por la Cuestecilla de los Granados te miro desde la Fuente de los Mirlos. Aquí me he quedado, dejándote con ellos, solo unos momentos. Quiero verlo todo desde una cierta distancia. Por la explanada de las palmeras, antes de la fuente y entre el Ciprés de la Hiedra, veo tu carro. Ahí lo han dejado de cualquier manera. Como si ya no les gustara o como si ya no sirviera. A ellos quizá no pero para nosotros… ¡Con lo que es tu carro para ti y para mí! Y para el jardinero… Que bien sabemos la de veces que le hemos echado una mano en muchas cosas. Y bien sabe el jardinero lo útil y bueno que es tu carro y la falta que hace en este jardín. Pero los niños ahí lo han dejado de cualquier manera.

Pero no te preocupes tú que luego lo volveremos a su sitio. Y limpiaremos un poco el terreno por debajo de la noguera y organizaremos tu balcón. Los asientos de madera de tu balcón, donde me siento a leer y a contemplar las tardes de Granada y la Vega cuando te acuestas a mi lado, también los han dejado desorganizados. La mesa, los asientos y los taburetes del tronco de la noguera que cortaron el año pasado, todo está patas arriba. Tu balcón ahora mismo no es lo que siempre. Tampoco te preocupes. Luego lo organizaré un poco para que las cosas estén como a nosotros nos gustan. Tu cuadra no la veo desde aquí. Me la tapa el pinar y la ladera por donde va la Senda del Pinar. ¿Cómo habrá quedado tu cuadra? Seguro que la han revolucionado pero te digo lo mismo: de arreglar tu cuadra me encargo yo en cuanto la paz reine en el mundo. Que sé muy bien cómo te gustan a ti que estén las cosas en ese recinto. Y escucha lo que te digo: no hay que culparlos de nada ni tampoco hay que enfadarse con ellos. Te contaba esto solo porque al echar una mirada, ahora que se van contigo, he visto la soledad que han dejado tras de sí. Lo que hace solo unos minutos les divertía tanto ya está olvidado de ellos. Mudo todo y como en una gran soledad. Y hasta da la sensación que esta soledad va a quedarse por aquí durante mucho tiempo. En cuanto se vayan los echaremos de menos. ¿Por qué será esto así? Nos volveremos a quedar solos y nos sentiremos tristes. Ya la verás. Que un mundo sin niños es lo más triste del mundo, Sinombre.

Te oigo ahora rebuznar, entre sus gritos, y miro para la Cuestecilla de los Granados. Ya no te veo ni los veo por ahí a ellos. Estáis ocultos al otro lado de la Cuestecilla. Ya habéis remontado y andáis por la llanura de la Fuente de los Nenúfares. ¿Te pasa algo? ¿Te han hecho alguna travesura? Tú sabes que desde la Fuente de los Mirlos a la Fuente de los Nenúfares va una trocha que corta la ladera de la Cuestecilla de los Granados. Por esta veredilla corro subiendo para ver qué os pasa. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Subo jadeando, con el corazón en un puño y pensando solo en ti y en ellos. Que lo que menos quiero yo es que hoy ocurra algún accidente por aquí. Que nunca en el mundo le ocurra nada malo a ningún niño y, a los que han venido a visitarte, menos todavía. Pero tu rebuzno de nuevo retumba por el rincón de la fuente y hasta mis oídos llega desgarrándome el alma. ¿Pero qué te pasa a ti o a los niños, Sinombre? Pregunto sin aliento porque subo a toda prisa. Te llamo antes de asomar a la llanura al tiempo que miro buscándote y buscándolos. Por entre las ramas de los romeros y las cilindras te empiezo a descubrir y lo primero que observo es que sobre tu lomo no hay ningún niño. Si hace solo unos minutos subías por la Cuestecilla de los Granados con dos trozos de cielo sobre ti. ¿No se te habrán caído los niños que traías en tu lomo? ¿No te habrás puesto a dar coces y, sin querer, le has dado una patada a uno? Aparto las ramas de los romeros, me agarro al naranjo que crece al borde mismo de la ladera y tiro de mí para acabar de remontar. Ya estoy aquí ¿Dime qué pasa? Y veo que, al descubrirme, te vienes trotando a mi lado. Al menos, ahora, ya sé que estás bien. Que a primera vista parece que a ti no te ha pasado nada. Te acercas más a mí y rozas tu cabeza contra mi pecho. Como si me saludaras después de un millón de años sin vernos. Pongo mis manos entre tus orejas y te acaricio al tiempo que te digo:
- También me alegro encontrarme contigo aunque hace solo unos minutos que dejamos de vernos. Tú y todos los niños estáis que se os sale el corazón por la boca. ¿Qué ha pasado?

Y con mi mano sobre tu cabeza caminamos hacia los niños que rodean a la Fuente de los Nenúfares. Al verme ellos contigo nos abren paso y, por el lado de arriba de la fuente, por donde aquel día te bautizamos con tanta alegría y flores, nos dejan acercarnos. En cuanto los niños se retiran para abrirnos paso empiezo a descubrir algo que ya me sospechaba. Dos niños, Mario y Albaluna, están sentados en el borde de la fuente. Justo donde derramamos el agua sobre tu cabeza el día del bautizo. ¿Te acuerdas? Que hasta ese mismo día y momento no tenías nombre. ¿Y qué nombre te íbamos a poner a ti que te cuadrara bien? La Princesa nos lo sugirió. Y como fue idea de la Princesa a todos nos gustó y a ti más. Por eso, desde aquel día y cada vez que alguien pronuncia tu nombre, la recuerdas y así parece que la tienes siempre dentro del corazón. Para que no se te olvide nunca ni en ningún momento. ¡Qué ajeno a todo esto están los niños que ahora tenemos aquí! Pero en fin, ellos no saben nada de tu vida ni de la mía y no es el momento de ponernos a explicárselo. Si se tercia luego le contaremos todo lo que ellos quieran saber y sea necesario. Que tu vida y mi vida son muy largas de contar.

Los dos niños sentados al borde de la fuente nos miran serios y como si se sintiera culpables de algo. Están chorreando. Su pelo, su ropa y todos ellos enteros están empapados como una sopa. Nos paramos antes de llegar a la fuente. ¿Para qué quiero acercarme a este niño y a esta niña ni a la fuente? ¿Qué me han hecho ellos a mí? En todo caso, si nos acercamos, es para darle un abrazo, yo y tú, un beso. Que los queremos ya como si los conociéramos de siempre. Y tú, más que ninguno de los que estamos ahora por aquí. Pero a ti, Sinombre, ¿te han hecho algo? Los veo como asustados, como si esperaran que alguno de nosotros se pusiera a regañarles. Te acaricio en la cabeza y me sigo preguntando que ¿por qué voy a regañarles yo? ¿Qué es lo que han hecho? Y aunque hubieran hecho algo, que no lo sé, pero por lo que estoy viendo parece que sí ha sucedido algo feo aquí, ¿quiénes somos para regañar a los niños? Ni tú ni yo ni nadie. Te miro y miro a los demás que me miran esperando no sé qué. Y la verdad, Sinombre, es que me siento un poco extraño. ¡Con lo contentos que estabais hace un rato y la seriedad que de pronto hay aquí! Por eso no sé ni qué hacer ni qué decir.

Miro al corro de niños que rodean a la fuente y a las dos criaturas sentadas frente a nosotros y te miro a ti. Me gustaría saber lo que ha pasado pero por otro lado, si es para culpar a alguien o acusarlo de alguna travesura o equivocación, no quiero saberlo. Que nadie me diga nada. Ni tú tampoco. Porque bien sabes que lo nuestro no es andar acusando a las personas, animales o plantas, de esto o de aquello. Sabes que todos en la vida, tenemos derecho a equivocarnos, a cometer alguna torpeza o travesura, a no hacer las cosas como está mandado y eso no es motivo para acusar a nadie ni para juzgarlo o condenarlo. Que de condenas y prohibiciones y acusaciones y otras cosas parecidas ya está el mundo más que sobrado. Así que si se trata de regañar o acusar a alguien no quiero saber nada de lo que por aquí ha sucedido. Ni tú tampoco. Por aquí esta mañana no hay más novedad que la belleza de los niños jugando contigo y sus risas y los cantos de los pajarillos y los juegos de las ardillas y el vuelo de las mariposas y todo esto y mucho más que es lo que siempre hubo por este rincón. Nosotros no somos jueces de nadie sino amigos de todos aquellos que sean amigos de la inocencia, de la belleza, de la sinceridad y del respeto. Así que ¿sabes lo que te digo? Que ahora mismo vuelva otra vez la alegría al rincón y que nadie tenga caras largas ni miedos en el corazón. Pero Mario y Albaluna están muy serios, tristes, apenados.

Sobre el borde de la fuente, a la derecha de los cuatro niños, veo tres o cuatro flores de nenúfares rotas. Muy bonitas con tonos rosas y blancos. Las flores de los nenúfares se parecen un poco a las del magnolio. A la rosa blanca del magnolio, con la que tú jugabas a primera hora de la mañana, nosotros no la hemos cortado. Ahí sigue en su rama y se mece al viento mientras nos mira ahora. Pero estas delicadas flores de nenúfares alguien las ha cortado de las matas que flotan en las aguas de la fuente y las ha puesto encima del poyete. A la izquierda de los dos pobres niños, porque compasión es lo que inspiran ellos, veo algo que me hiere en el corazón. Son cuatro o cinco ranas sin vida. Alguien las ha puesto aquí ya muertas. Y entre las flores cortadas de los nenúfares y las ranas muertas están sentados Albaluna y Mario. A las espaldas de las criaturas se remansa el agua de la fuente y también me llama la atención. El agua de la Fuente de los Nenúfares no está clara como sí la vemos todos los días. A la fuente parece que le han echado tierra y por eso el agua se ve color chocolate tirando un poco a cieno. Y los peces de colores que, desde siempre viven en esta fuente, nadan asustados y como si no encontraran donde refugiarse. Siempre se esconden entres las raíces de los nenúfares, debajo de las hojas de estas plantas y entre las flores cuando están abiertas. Pero ahora mismo los peces parecen asustados y, como el agua está sucia, los pobrecillos peces de colores no saben qué hacer. Tampoco saben qué hacer o decir los dos niños ni las cinco ranas ni las cuatro flores de nenúfares ni los demás niños que en corro rodean ni tú ni yo ni nadie. Veo a Caty que se nos acerca y dice:
- No pude hacer nada para evitarlo. Lo siento mucho.
Como no sé qué comentar porque, sobre lo que estoy viendo, no tengo nada que decir, guardo silencio. Dos profesores se adelantan y hablan para expresar más o menos lo mismo Caty. Y tú, Sinombre me miras triste y Caty nos pregunta:
- ¿Qué podemos hacer con las ranas muertas?

En estos momentos me acuerdo de tu Encina Grande, de la ardilla que aquel día enterramos cerca de donde duermes tú casi todas las noches, del mirlo que también enterramos aquel día y los dos ruiseñores. Me acuerdo de este pequeño rincón donde enterramos a todos aquellos animales y cosas que se nos mueren por aquí. Y esto es normal: donde hay seres vivos siempre sucederán las dos cosas más reales de la vida: nacerán animales y plantas y morirán animales y plantas. Esto es ley de vida. Es lo que ha ocurrido en el mundo desde el principio de los tiempos y así seguirá siendo hasta el final de los tiempos. Por eso, ante este cuadro tan serio y un poco desconcertante que de pronto se ha originado aquí, te miro y te digo:
- Venga, Sinombre, ahora mismo hay que subir a estas criaturas en tu lomo. Le tenemos que levantar el ánimo y decirle que no se preocupen por lo que ha ocurrido. Ponte mano a la obra con Caty y que estos niños se suban en tu lomo que les vamos a dar el paseo más bonito de todos. Y a los demás, a ver si se te ocurre algo para que se les quite el miedo y sigan con sus juegos. Yo, mientras tanto, voy a cortar unos juncos para hacer una pequeña cuna y la revisto con hojas de violetas y pétalos de rosas. En la cuna nos vamos a llevar a las ranas muertas y junto a tu Encina Grande les damos sepultura. Como hicimos con la ardilla y el mirlo y los ruiseñores. Y búscate a niños o niñas que quieran coger las flores de los nenúfares que hay al borde de la fuente. Junto con la cunita de juncos y las ranas sin vida nos las vamos a llevar a tu Encina Grande. Ahí sobre la tierra dejamos estas flores para que, mientras se acaban de marchitar, den un poco de belleza al rincón de los seres que ya no viven entre nosotros. Como si fuera un cementerio pero muy especial. A todos nos pasará lo mismo algún día. Así que mano a la obra y que nadie esté triste ni acuse a nadie de nada. Con lo bella que es la vida y la mañana y estos niños y tú y nuestra amiga Caty y esta Fuente de los Nenúfares y todo el rincón, nuestro Edén Azul, y el cielo claro que lo cubre y el aire limpio que corre…

Venga, que hay que llenar de rosas y, no de espinas, la vida de los niños. A todo el mundo pero especialmente a ellos. Que Dios llenó al mundo de belleza, de flores, de luz, de colores y olores para los niños. Para todos los seres vivos del Universo, pero especialmente para los niños. Para todos aquellos que son capaces de hacerse niños con los niños. Y si Dios nos ha hecho gozo y belleza y nos regala el Universo lleno de gozo y belleza, porque quiere que seamos gozo y belleza ¿por qué nosotros vamos a dejar de ser gozo y belleza? ¡Ni hablar! Así que venga: todo hay que hacerlo como si se tratara de un juego más. Porque es un juego.



16- Un juego muy singular

Qué hermoso vas tú, Sinombre,
con cuatro ángeles en tu lomo
por entre la luz de la mañana
y los pinos del asombro.
Te estoy mirando desde el alma
y no te veo con mis ojos,
te veo con el corazón
que otra vez es todo gozo.
¡Qué hermoso vas tú, Sinombre,
meciendo al cielo en tu lomo!
Y ¿sabes qué te digo? Que a los niños yo pensaba haberle enseñado el rincón de la Fuente de los Lirios. Para que vieran las tres fuentes: la grande, la de las aguas en cascadas y las algas esponjosas y las dos fuentes azules y más pequeñas que ahí corren. Que hubieran visto ellos también el viejo cedro, el rincón de las nogueras y el mirador de las pilistras. ¡Con lo bonito, fresco y oloroso que es el rincón y que ahora no puedan verlo! ¿Te acuerdas cuando hace unas tardes por ahí trotabas detrás del gato para que no se comiera a las currucas chicas? ¡Qué divertido fue aquello y cuanto me gustó verte tan valiente defendiendo a los más débiles! Y te lo digo porque el rincón de la Fuente de los Lirios a los niños les habría gustado mucho. Y si los hubiéramos llevado al de la Fuente de la Estrella, ahí si que habrían disfrutado. Ya están florecidos los árboles del Paraíso. Engalanados con mil ramos de flores encarnadas y verdes como un fresco prado de hierba. Y anda que los pinsapos no están bonitos. ¿Saben estos niños lo que es un pinsapo, Sinombre? Se lo habríamos enseñado para que hubieran aprendido y les habríamos enseñado las madroñeras centenarias. No tienen madroños ahora porque tú sabes que las madroñeras florecen y maduran sus frutos en invierno. Cuando más frío hace pero son tan bonitas las madroñeras de la Fuente de la Estrella que solo para verlas merece la pena un paseo por el rincón. Las abubillas, en estos día y por ahí, revolotean y a todas horas se les oyen y se les ve cantando y dándoles de comer a sus crías. Que a lo mejor estos niños tampoco saben lo que es una abubilla. ¡Y anda que no son preciosas! Con sus plumas de colores, sus crestas en forma de corona y su pico largo como la nariz de Pinocho. Por ahí surcan el viento y cantan, posadas entre las ramas, los abejarucos y las oropéndolas. Los pájaros de cantos aflautados y plumas del color del oro. ¡Qué cosas más bonitas se están perdiendo estos niños! Y lo del Estanque de los Patos ¿qué me dices? Y el rincón de las Mimosas, por donde crecen las mimbres y el de la Cascada de las Lilas y por donde el ciprés de las ramas en forma de cruz. Pero sobre todo, a donde a mí más me habría gustado llevar a los niños es al rincón de la Fuente de los Lirios.

Y ya sé que me estás diciendo que la Umbría de los Olivos ¿qué? Pues que ese paraíso perdido y, fantásticamente rescatado por los mochuelos, hubiera sido el postre. Al caer la tarde de este día de hoy y, después de la piscina, todos nos habríamos venido a la Umbría de los Olivos. Los viejos olivos que tienen troncos que parecen fantasmas. Llenos de agujeros, con muchas grietas, ennegrecido el corazón de estos troncos, con las ramas cuajadas de nudos y los mochuelos metidos en los agujeros de los troncos de los olivos. Estos niños son de Granada y, la Umbría de los Olivos Fantasma, queda a dos pasos de la ciudad. Pero ¿saben estos niños que existen los olivos de la Umbría de los Olivos Fantasma? Estoy seguro que no. Ni estos niños ni otras personas. Y sin embargo, ahí están los olivos que estamos diciendo. Reales como el sol que nos alumbra, clavados en la tierra entre retamas y mirando al río, solitarios y majestuosos y aun siendo tan bellos, nadie se fija en ellos. Nadie los aprecia ni nadie se para a gozar de su belleza. ¿Lo entiendes? Y cuando llega la época de la aceituna, qué alegría y a la vez qué tristeza darse una vuelta por entre este mágico olivar. Solo los mochuelos, los zorzales, los mirlos y algunas otras aves, aprovechan las aceitunas que dan estos olivos. A los niños les podríamos haber hablado de esto y hasta les habríamos cogido algunos de los mochuelos más dóciles para que los hubieran visto de cerca. Porque a lo mejor tampoco han visto en su vida un mochuelo de cerca. Y en sus manos ¿han tenido ellos alguna vez un mochuelo? ¡Qué bonitos son los mochuelos! ¿Te acuerdas de este invierno pasado? Y el nido de un mochuelo y los mochuelillo en el nido ¿los han visto ellos alguna vez? Seguro que no. Así que fíjate cuantas cosas y muchas más podrían haber visto y aprendido los niños hoy.

Pero ahora van contigo por el Pinar de los Almendros, el que llamo del “Asombro”, vereda arriba hacia la Encina Grande. Delante de ti ahora no va Mario ni Albaluna. Te guía Caty. Sobre tu lomo van cuatro niños, ellos y ellas, y no son los que has paseado antes. Son otros niños también guapos. Delante de Caty van tres niñas guapas y en sus manos llevan la cunita de juncos verdes tapada con hojas de violetas y pétalos de rosas. En la cuna color de hierba y, sobre las blancas manos de las niñas, van durmiendo las ranas que ya no cantaran en las noches estrelladas. Muy serias van estas niñas, Sinombre. ¿Por qué no ríen o cantan o sonríen y llenan la mañana de azucenas? No me gusta esto. ¿A que las ranas cantan todas las noches? Porque con el canto de las ranas el Universo se regocija. Y si todos los niños del mundo cantan, sonríen, juegan, gritan, corren… eso si que es júbilo para el Universo, para la Creación.

Las ranas cantan todas las noches. Las oigo desde mi cuarto y, a veces, te oigo a ti jugando con ellas porque no te dejan dormir. O quizá más bien porque a ti te gusta venirte a la Fuente de los Nenúfares a beber agua y a oír el concierto que todas las noches las ranas organizan. Me apuesto contigo algo a que esta noche, en cuanto dejen las chicharras de chirriar y salga la luna, las ranas vuelven otra vez a llenar de música el rincón de la Fuente de los Nenúfares. Y no le hagas caso a los que dicen que el canto de las ranas no es música sino ruidos desagradables. No les haga caso a éstos. A cada ser viviente, humanos y animales, Dios nos ha dado las cualidades que Él ha querido. Y dime tú ¿por qué el croar de las ranas no puede ser tan bello como el sonido de la flauta más dulce? Y sé que cuando esta noche salga la luna y el airecillo refresque las ranas volverán a llenar de hermosos sonidos todo este rincón del jardín. ¿Qué te apuestas conmigo? Y las ranas que llevan las niñas sobre la cuna de juncos camino del cementerio de la Encina Grande cuánto no habrán cantando a lo largo de las noches pasadas. A lo largo de la primavera y en lo que llevamos de verano. Sé yo que tú lo sabes y las estrellas que por la noche se reflejan en las aguas de la fuente. ¿Por qué, entonces, estas niñas no sonríen? Que la joya que mejor le sienta a la hermosura siempre es la sonrisa, la alegría, el gozo, la paz, la belleza del alma. ¿Pero dónde, en estos momentos, están las joyas de sus sonrisas?

Porque te decía y te digo que las tres niñas que van delante tuya las veo muy serias. Y más seria va Caty. ¡Con lo que les gusta a las ranas la alegría y el canto y saltar y zambullirse en el agua y correr unas detrás de las otras y comerse los mosquitos que en la noche vuelan y jugar con los peces y con los nenúfares! Sinombre, qué triste me parece a mí este entierro. Y ahora por aquí, fíjate, hasta huele el aire a mirto, a jazmines y a flores de espliego. Ya está florecido el espliego, la lavanda, de donde destilo la esencia con la que te perfumo cuando te ducho. Que también quería yo que los niños hubieran visto las damas de noche que hay junto al manantial de la Fuente de los Lirios. Hace unos días que han florecido y ahora, por todo ese rincón de luz y verde, huele el aire a cielo. Y al amanecer y por las mañanas, sobre estas horas, es cuando mejor huele todo el rincón. Anda, diles tú a las niñas que van delante de ti llevando a las ranas muertas, que sonrían un poco y que alegren la mañana. Y díselo a los niños que llevas sobre tu lomo y a los que van a tus lados y a Caty y a los maestros. ¿Por qué no sonríen los maestros? ¿Por qué se les ve tan serios? Y a Albaluna y a Mario ¿qué les ha pasado? Porque ellos no van ni delante de ti ni en tu lomo sino detrás. Como si fueran los culpables, los acusados, los malvados, los… Sinombre, a ver si pudiéramos animarlos un poco. Y si alguien les ha dicho que han sido malos o que están castigados o que ya se acabó la excursión por hoy tendremos que hacer lo que podamos para convencer a este alguien de que no tiene razón. Porque ¿a que no han sido malos los niños? ¿Cómo van a ser malos los de corazón tan puro? ¿Qué podemos hacer para que les quiten el castigo y que vuelvan a sonreír y a jugar todo lo que quieran? ¿Qué les ha pasado a Mario y a Albaluna?

Ya me doy cuenta que haces lo que puedes. Mientras caminas por entre los pinos del Pinar del Asombro, con los cuatro ángeles en tu lomo, sin sonrisa y empapados con el agua de la Fuente de los Nenúfares, trotas un rato, mueves tu rabo con entusiasmo, otro rato, meneas tus dos orejas en todas las direcciones y miras a los niños directamente en los ojos. Para ver si ellos se animan un poco más. Para ver si se agarran a tu rabo y te tira de él, en plan de juego, y de este modo vuelve la risa a esta mañana fresquita. Y lo de tus orejas, moviéndose sin parar de un lado para otro como si fueran dos antenas que buscan cobertura, sé que lo haces para provocarlos. Para que les entren ganas de darte unos tironcillos de orejas a ver qué haces. Y tú ¿qué vas a hacer si los niños te tiran de las orejas? Agacharás la cabeza, harás como que te molesta pero enseguida levantarás otra vez la cabeza y los mirarás de frente. Que eso es lo que quieres. Mirar a los niños de frente y a los ojos. Para que ellos no se olviden de que tus ojos son más grandes que los de cualquier niño de este mundo, más negros, más profundos, más bellos. A través de tus ojos quieres cautivarlos para que se te cuelen en el corazón. Que lo sé muy bien. Porque el corazón es lo más importante. Bien sabes que todo aquello que se cuela en el corazón siempre se convierte en belleza, en fuerza capaz de transformar a este mundo y a otro y a otro y a muchos mundos. ¿Hasta dónde pueden llegar todas aquellas cosas que se transforman en belleza dentro del corazón? Y las cosas que no son belleza, como el odio y la envidia o… ¿en qué se transforman en el corazón?

Pero ni por esas, Sinombre. Por más que lo intentas y lo quiero no es posible. Estos niños están asustados porque alguien les ha regañado. Y hasta los pueden haber amenazado con algún castigo grande. No es bueno esto y bien que lo siento. ¡Qué tristes se han quedados todos y Caty! Quizá ella en estos momentos no pueda hacer nada por sus compañeros porque es una niña. La veo caminando delante, a tu lado, con su mano puesta sobre tu cuello y hasta me parece que llora. ¡No puede ser, hombre, no puede ser que Caty llore! ¿Por qué? Quizá le preocupas tú porque piense que te está dejando mal. Que no piense ella esto nunca. Pero en fin, ya hemos llegado. Por el lado de arriba de la Encina Grande se paran todos los niños y del tronco de la encina cojo el escardillo. El que tenemos aquí para echarle una mano al jardinero, el padre de Caty, de Mary y de Lucía, cuando siembra los tulipanes, los narcisos y los jacintos. Cerca de donde está la ardilla enterrada hago un pequeño agujero en la tierra y dentro, las niñas, ponen la cuna de juncos con las ranas muertas. Les echo la tierra encima. Sobre el montoncito de tierra ponemos los nenúfares y ya está. Se acaba esto. No hay nada más que hacer ni tampoco hay que preocuparse más por lo que ha ocurrido en la Fuente de los Nenúfares. Que dentro de una semana en la fuente nadarán, no tres ranas más sino veinte o treinta. Ahora nacen ranas todas las noches y como tienen tanta comida y el agua de la fuente es tan limpia y buena en unos días se ponen tan grandes como las madres y cantan como los mejores cantores del mundo. Así que, con esta tierra que echo en la sepultura de las ranas, ponemos punto y final y a seguir con el gozo de la mañana.

Te miro a ti y miro a Caty, a los niños que me miran formando corro y miro a los maestros. Mario está agarrado a tu cuello y me mira más triste que nunca. Me parece que también quiere llorar. Albaluna se apoya sobre el tronco de la Encina Grande. Los demás niños se dicen cosas entre sí y de una de estas cosas me entero yo. Una de las niñas comenta con Caty:
- Dicen que nuestra excursión hoy por aquí y, con Sinombre, se ha terminado. Que estamos castigados y por eso quieren que nos llevéis al río. Que ahí nos quedaremos y acamparemos esta noche y que mañana ya veremos qué se hace.
Caty pregunta:
- ¿Pero quién dice eso?
Responde la niña:
- No quiero ser chivata. Lo que te he dicho es lo que he oído.
- ¿Pero volveréis mañana?
- ¡Si estamos castigados…! ¡Ojalá pudiéramos volver mañana!
- Pero y al río ¿para qué?
- Dicen que ahí nos quedaremos todo el día. Que nos podremos bañar en la cascada y en los charcos del río y que esta noche vamos a acampar junto a la corriente. Pero ¿tú fíjate que jugarreta? ¡No hay derecho!

Veo a Caty que se da media vuelta, apoya sus brazos y manos sobre tu lomo y entre las manos esconde la cabeza. Se ha puesto a llorar y esto si que no me gusta a mí. A ti tampoco. Sinombre, no permitas que Caty se ponga a llorar, sobre tu lomo, ahora y en estos momentos. ¡Muévete, haz algo, aprisa! Y al darte yo una palmadita sobre tus nalgas, en tus muslos pero en la parte del lomo y por eso se llama grupa, trotas un poco. Caty se da cuenta que no la queremos dejar llorar. Que no queremos que llore por mucho que le duela que los niños tengan que irse al río porque estén castigados. Pero como ella no es culpable pues a ser valiente y a aceptar las cosas y a superarlas. ¿Quién ha castigado a los niños y por qué? No se hable más.

Pero Caty me mira y te mira y en sus ojos veo lágrimas. Se vuelve para ti, te abraza fuerte, pone un beso en tu frente, se retira y sale corriendo. A diez metros se vuelve y mirando a los niños, a ti a mí y a los maestros, grita enfada:
- Sinombre es toda la belleza del mundo. Y él está representando a todos los burros. Cualquier día puede desaparecer como tanto otros. Y entonces quizá dejen de existir para siempre todos los burritos de la tierra. Los únicos que podemos salvar a este borriquillo y a otros somos, nosotros, los niños. Dándole cariño y luchando para que muchas personas lo conozcan y lo quieran y lo ayuden y lo besen y lo abracen. Él está solo. Lo único que tiene en este mundo y lo único que necesita para seguir vivo es el cariño que le demos nosotros. ¿Por qué lo habéis tratado de este modo? Si muere Sinombre, al día siguiente, el mundo será menos bello. ¿Por qué hacéis esto? Ya os lo dije: lo que hay en el Edén Azul y, ahora estáis viendo, oyendo y tocando, no es una copia de la vida real. Es como nos gustaría a nosotros que fuera la vida. ¡No tenéis corazón! ¿Qué le habéis hecho a Sinombre, a Mario y a Albaluna?
Y Caty da media vuelta, sigue corriendo y al poco se pierde por entre los pinos, dirección a su casa. La casa del jardinero. Le doy la mano a Albaluna y Mario y me los traigo junto a nosotros. Quieren abrazarte pero no se atreven.

Sinombre y yo-2


UN DÍA POR EL EDÉN AZUL

Índice

A media mañana
17- Los niños castigados acampan junto al río
18- El nido del mirlo
19- La muerte de Rocky, el perro amigo de la Princesa
20- A la sombra del algarrobo de la Senda de los Arrayanes
21- La ancianita de la casa blanca del Barrio del Albaicín
Al medio día
22- El calor, la ducha y la piscina
23- Preparados para la piscina
24- Maquinando una travesura
25- Juegos en la piscina
Por la tarde
26- Después de la piscina, la tarde ¡qué bonita!
27- Desfile de burros por las calles de Granada
28- La muchacha del banco en la tarde de verano
29- Sueño en una tarde de verano
30- La parra de la puerta de tu cuadra
31- Por la Senda del Pinar y la segunda carta de la Princesa
Al caer la noche
32- Cena de brevas y ciruelas al aire libre frente a Granada
33- La Estrella de las Nieves de Sierra Nevada
34- Y mañana será otro día
35- Su sincera amistad

A media mañana

17- Los niños castigados acampan junto al río


Ya es media mañana y calienta el sol. Hoy va a ser un día muy caluroso. Aunque todavía no es ni siquiera medio días las chicharras empiezan a cantar. Hoy, Sinombre, hay que ir a la piscina a darse un buen baño. Primero una buena ducha para quedarnos limpicos y después a la piscina a jugar mientras disfrutamos del agua fresca, de la sombra que los álamos extienden por el césped de la piscina, del perfume del poleo y de la mejorana y, sobre todo, del juego de los niños. ¡Ya verás, amigo del alma!

¿Pero mira tú por donde vamos ahora? Por la Senda de la Umbría de las Higueras. La senda que baja desde el Encinar de las Centenarias, que es como le llamamos nosotros a este bosque de encinas. Encinar porque son muchas y centenarias porque son muy viejas. Encina con más de doscientos años cada una. ¡Qué bonito es este bosque de encinas! Y qué pena que los niños no lo puedan conocer. Habría sido su delicia. Se hubieran subido en la encina que está curvada ladera abajo, en la de las tres cruces, en la que tiene su tronco lleno de agujeros como cuevas que es donde se refugian y anidan los autillos, mochuelos, lechuzas y otras rapaces. Estas maravillas les habría vuelto loco a los niños. ¿Y si nos hubiéramos encontrado algún nido de mochuelo y de lechuza? Y seguro que en la encina de la rama grande habrían querido hacer un columpio. O se hubieran conformado con el columpio de Caty, Mary y Lucía. El que ellas hicieron esta primavera pasada con la caja de plástico de las frutas. ¡Qué imaginación la de estas amigas nuestras! Con una simple caja de plástico, de esas que utilizan para las frutas, se pusieron aquella tarde e hicieron un columpio mágico. Le amarraron una cuerda a cada lado y luego echaron la cuerda por lo alto de la rama de la encina y, hala, a pasearse en su columpio. Sencillo pero práctico y divertido como pocas cosas. Si los niños hubieran ido esta mañana por el Encinar de las Centenarias, al ver el columpio, se habrían vuelto locos.

¡Con lo que les gustan a los niños los columpios! Y con lo que les gusta correr por los bosques para esconderse detrás de los troncos de los árboles y jugar al pilla, pilla y a los fantasmas y a Tarzán y a Mowgli, el niño de El Libro de la Selva y a los indios… ¡Qué pena que ellos no hayan podido disfrutar del bosques de las Encinas Centenarias! A ver si mañana vuelven y se lo podemos enseñar. Que jueguen, unos escondidos detrás de los troncos más gruesos, otros subiéndose a las ramas más altas, otros camuflados en la espesura más profunda… ¿Sabes, Sinombre? Estoy seguro que en cuanto conozcan el bosque de las Encinas Centenarias van a decir que ahí es donde quieren hacer su cabaña. Seguro que dirán esto. ¿Te acuerdas que nos dijeron que querían construir una cabaña? ¿Y sabes qué encina escogerían para hacerla? Seguro que la Grandota, que crece en el mismo centro del encinar. La que sobresale en lo alto del puntal y mira al río, a la Umbría de las Higueras, al Edén, a Granada. Desde lo alto de esa encina se ve toda la ciudad de Granada sin que se pierda ningún detalle y la Vega y el río Genil y la Alhambra del barrio del Albaicín. Que esa encina es como una atalaya desde donde se ve medio mundo. Mucho más que desde todos los miradores de San Miguel Alto, del Albaicín, de la Alhambra y de otros sitios. Por eso vivir en lo alto de esa encina, en una bonita cabaña de madera frente a estas panorámicas que te he dicho, sería un lujo de los grandes. Que estoy seguro: los niños se habrían hecho la cabaña entre las ramas de la Encina Grandota. ¡Y qué bien para nosotros! Siempre con su compañía y cariño en estas tardes grises de verano ¿Te imaginas lo bonito que sería…?

Pero mira, ahora bajamos por la Senda de la Umbría en busca del río que es donde van a poner su acampamento esta noche. El sitio es bonito. Junto a las aguas donde, el invierno pasado, dormimos varias veces. ¿Te acuerdas? ¿Y te acuerdas cuando aquella noche el caballo Bandolero rompió media ladera corriendo hacia la cumbre en busca de la Princesa? ¡Qué susto nos dio! Y la Princesa en lo alto de la cumbre, venga llamarlo. Pues aquí es donde van a acampar. Los vamos a llevar a la llanura de los juncos, por donde los chopos, para que pongan ahí sus tiendas. Que este es un lugar muy bello. A ti te gusta mucho y bien recuerdo los buenos baños que nos hemos dado en estos charcos del río. Baños de agua, baños de sol, baños de silencios hondísimos, baños de perfume a bosque, baños de rumor de corriente… En fin, Sinombre, que este rincón es precioso. Y por eso me alegro que, a pesar de los pesares, sigan por aquí. ¿Qué si nos quedamos con ellos? ¿Para darles compañía esta noche y jugar en la cascada, en el Charco Azul y en la Llanura de los Juncos? Se lo preguntamos cuando lleguemos. Pero creo que los deberíamos dejar solos. Por ellos y por nosotros. Sabes que tengo cosas importantes que contarte. Y ellos, quizá prefieran quedarse solos para disfrutar a su aire y libres. Parece que se van animando otra vez. Mañana nos juntaremos de nuevo y a lo mejor las cosas sí salen como es debido. De las higueras que hay por la umbría Mario busca algunas brevas y te las da. En estos momentos él no va subido en ti.

Sí, ahora, mientras bajamos por la Senda de la Umbría al río, se van animando otra vez. La alegría está volviendo de nuevo a estos ángeles. ¡Qué bien! Ya corren y ríen y juegan contigo y cogen brevas de las higueras que hay cerca de la senda y hablan de bañarse en el río y de lo bien que se lo van a pasar esta noche de acampada… Los niños nunca guardan rencor y, si en algún momento alguien los trata mal o se enfada con ellos y los castiga, al poco se olvidan y no guardan resentimientos. Lo perdonan todo porque no saben odiar sino sonreír y jugar y ser cariñosos y dulces y buenos con todo y todos. Y mira que bien que la viña ya esté verde y con sus racimos de uvas colgando en los sarmientos. Para que, ahora que vienen por aquí, disfruten con los colores de estos campos, el rumor de la corriente y el perfume de las plantas. Así esta noche van a dormir como reyes. Junto a las aguas frescas del río, arrullados por el rumor de la corriente y la música de la cascada, perfumados por las pámpanas de la viña y acompañados por el canto del cárabo, del mochuelo y de los autillos. Que se lo merecen.

¡Qué pena que Caty se haya disgustado tanto que ni siquiera ya ha querido venir al río con los niños! Se ha ido a su casa, enfadada, con sus padres y sus hermanas. Cuando volvamos lo primero que haremos es ir a verla. Para darle besos y para pasearla en tu lomo. Al volver vamos a invitarla para que se venga con nosotros a darse un baño en la piscina. Ya que no ha podido ser con todos los niños, como quería y hubiera sido bonito, nos juntamos los de siempre y nos damos un baño. ¡Que ya verás el calor que hará dentro de unas horas! Y después la invitamos a explorar la Cueva del Manantial de la piscina. Por si mañana tenemos que enseñarle esta cueva a los niños que la conozcamos antes. Ya verás como a Caty se le levanta el ánimo y lo olvida todo. Que no ha ocurrido nada pero como ella es tan sensible cree que te ha dejado mal a ti y a mí y por eso se ha disgustado tanto. ¡Qué buen corazón tiene! Pero qué pena que no se haya venido al río. ¿O ha ocurrido algo muy gordo, Sinombre? Yo nunca he visto a esta niña tan disgustada. ¿Qué ha sido lo que ha pasado?

Y por cierto, me dijeron el otro día que, en la Cueva del Manantial que da agua a la acequia que a su vez llena la piscina, vive un ogro. ¿Tú te crees esto? Dicen que es un ogro espantoso que en otros tiempos se comía a las personas. No sé, Sinombre, si esto será verdad pero la leyenda lo cuenta así. ¿Seremos capaces de averiguar, algún día, la verdad de la leyenda del ogro terrible? ¿Crees que los ogros, en estos tiempos de hoy, siguen existiendo? En cuanto encontremos un momento te voy a contar yo a ti lo que dice esta leyenda. Verás qué bonita es a la vez que terrible y desconcertante. La Leyenda del ogro de la Cueva del Manantial, que así es como se llama.

Y observa de nuevo: mira como siguen llenando de alegría la mañana. Juegan ahora contigo y no te dejan ni andar. Uno se sube, el otro se baja, un tercero se quiere subir por tu cuello, el cuarto se te agarra al rabo, dos niñas te tiran de las orejas, otros se ponen delante tuya y tropiezas con ellos y se ríen y te miran a los ojos… Es estupendo esto y no sabes lo que me alegro. Por ti, por los niños, por Caty, por los maestros, por el día, por nuestra Princesa, por… Y ahora que sale la Princesa, luego le vamos a escribir y le contamos todo. Para que una vez más compruebe, ella y Bandolero, que los llevamos en el corazón y que los queremos y no los olvidamos. Se lo vamos a contar todo, todito, todo. ¡Por cierto! Que me recuerdes que tengo que leerte sus tres cartas. Ya te dije que estas son las otras tres buenas noticias que quiero compartir contigo hoy. Aquí conmigo tengo las cartas de la Princesa. Y escucha, escucha lo que comentan entre sí:
- En cuanto lleguemos al río me voy a poner a buscar oro en su corriente.
- ¿Oro en las aguas de este río? ¡Qué cosas tienes! Parece que estuvieras soñando.
- Sí, no te rías. Como en las películas. Porque un día me dijeron mis padres que en este río, en otros tiempos, hubo muchas pepitas de oro. Que la gente buscaba oro por aquí y lo encontraba.
- Pero eso es en el otro río. En el segundo de los tres ríos de Granada. No en el río Genil, que es el primero de los tres, sino en el río Darro que es el que lleva el agua a la Alhambra y baja por el Sacromonte, la Fuente del Avellano y el Albaicín. Que según he oído la palabra “Darro” significa “río que da oro”. Pero este río no es aquel. Así que aquí no hay oro en la corriente de las aguas.
- ¿Y si fuera verdad? Yo lo soñé una vez y por eso sigo diciendo que en cuanto lleguemos a la corriente me voy a poner a buscar pepitas de oro. ¿Y si tengo la suerte y me encuentro una grande? O aunque no sea tan grande. Con solo un puñado de pepitas de oro pequeñas ya tendría bastante. ¡Anda que mis padres no se iban a poner contentos!
- Pues también yo me voy a poner a buscar pepitas de oro contigo en el agua del río. Porque como dices podríamos tener suerte y anda que eso no sería divertido.
- Pero es que en este río también me han dicho a mí que hay piedras preciosas. Cuarzos de colores y unas piedrecitas color verde que dicen son verdaderas joyas. ¿Y si me encuentro una piedra preciosa enorme? Lo de este río va a ser lo más divertido para nosotros.
- Contad conmigo que yo también quiero buscar piedras preciosas en la corriente de las aguas.

Mario y Albaluna se han quedado un poco al margen de los demás. Al oír lo de las pepitas de oro en las aguas del río Mario se acerca y me dice:
- Voy a buscar yo también oro. Porque ¿sabes lo que me gustaría?
- ¿Qué te gustaría?
- Encontrarme un tesoro para ser rico. Me compraría un burro como este tuyo, un lugar como el jardín donde vivís y sería libre como vosotros. Para hacer lo que quiera y me guste y para reírme de los niños que tanto se meten conmigo. Quiero ser libre y tener las cosas que sueño. Por eso necesito encontrarme un tesoro para ser rico, tener dinero, sentirme libre y comprarme todo lo que me apetezca.
Y Albaluna comenta:
- Y si yo me encontrara oro en este río haría como tú. Pero lo primero que iba a hacer es construirme una cabaña para venirme a vivir cerca de Sinombre. Y también iba a ser libre como tú y me compraría lo que me diera la gana y haría lo que quisiera. También yo necesito encontrarme un tesoro. Quiero ser libre y vivir la vida como me guste. Porque ya estoy harta de estar siempre fastidiada por culpa de los demás. ¿Nos dejarías que nos viniéramos a vivir contigo?

¡Qué cosas tienen los niños, Sinombre! No se les termina un sueño cuando ya están con otra fantasía. Pero mira lo bonito es soñar cosas y no parar nunca. Porque al fin y al cabo si no hay sueños ¿qué es la vida? Y lo que ahora mismo están haciendo es lo mejor. Ya verás como todos los sueños suyos un día se les conviertan en un cielo. En todos los sueños de los niños, Sinombre, eso es lo que hay, cielo. Y el río, la cascada, la corriente del río, sus pequeñas playas blancas, su charco azul y su alameda, hoy va a ser para ellos su paraíso. Recuérdame que ahora cuando los despidamos les dejemos ofrecida nuestra ayuda. Por si en algún momento del día o de la noche les ocurre algo. Por si alguna niña o niño, en sus juegos por el río, se cae y se hace daño, que sepan que aquí estamos para echar una mano en lo que haga falta. Y sobre todo tú, que sepan que enseguida te prestarás para transportarlos en tu lomo a donde sea necesario. Para sacarlos del río y llevarlos al hospital, a sus casas o a donde haga falta. Ahora cuando nos despidamos los miras a los ojos y con tus miradas se lo dices. Te volverán a mirar a los ojos con la curiosidad del primer momento y ahí leerán el mensaje. Para que se queden con la sensación de que nuestra amistad es incondicional. En todo, para todo y para siempre.

Ea, ya hemos llegado. Ya estamos en la explanada de los juncos, por el lado de arriba y pegado a la cascada, que es donde crecen los álamos. Para que tengan sombran durante el día y por la noche los árboles les dé un poco de compañía. Porque les puede gustar oír las sencillas melodías que, por la noche, el aire canta por entre las hojas de los álamos. Por entre las hojas de todos los bosques del mundo pero, entre las hojas de estos álamos y en la noche, el aire desgrana melodías deliciosas. Y oír estas armonías con el rumor de la corriente de fondo eso si que es placentero. Y mira que crecido baja hoy el río y qué transparente. Aquí se lo van a divertir. Y tanto que fíjate, al ver el río y la claridad de la corriente, se olvidan de ti, de los maestros y de mí. Venga, vamos a dejarlos. Los despedimos y que se queden en su paz y juegos. Mañana será otro día y, no sé por qué, tengo el presentimiento que será un día grandioso. Les decimos adiós y nos vamos.

Pero al ver ahora que nos retiramos y volvemos, se vienen a tu lado y te echan piropos, a su manera, pero cariñosos.
- Gracias, borriquillo de seda. Te queremos porque nos lo hemos pasado bien contigo. ¡Eres fabuloso! El mejor de todos, el más divertido. Te vas y te quedas con nosotros. Ya eres nuestro amigo.
Es lo que te dicen unas cuantas niñas. Y los dos niños que traías en tu lomo se animan y dicen:
- Me iría contigo al fin del mundo porque eres el más grande. Tu lomo de algodón es como una nube de viento, como un colchón y como una pradera de hierba en flor.
Y otro más:
- Nos vemos mañana y vete preparando que me he quedado con ganas de ir contigo trotando por las calles de Granada. Que yo sé que tienes alas de plata y de nardo.
Y todos:
- Besos a puñados, borrico bonico. Aquí nos quedamos pero nos vamos contigo a jugar tus juegos blancos. Son los más bonitos y los que más nos han gustado.
- Adiós borricote de miel y algodón, como tú no hay otro, eres el campeón.

Te despiden a su manera. Te dicen lo que sienten y como mejor saben pero te quieren. Y por eso te dan besos y abrazos y palmaditas en la frente, en tu cuello y en el lomo. Es la señal de los amigos. Ya son amigos tuyos y por eso te han metido en sus corazones y te expresan su admiración. Me alegro por ellos y me alegro por ti, Sinombre. Pero Mario y Albaluna no te dicen nada. Se han apartado del grupo y, sobre unas piedras sentados, te miran tristes. Los miro y con las manos me dicen adiós tímidamente. A los demás les decimos adiós, hasta mañana, y nos vamos alejando. Los despedimos un poco más, diciéndole que los queremos y, por la llanura de los juncos, buscamos otra vez la senda y comenzamos a regresar. Desde lejos te siguen mandando besos y abrazos y saludos y recuerdos y que vuelvas mañana y que muchas gracias y… Detrás de los últimos álamos nos perdemos, los dos solos. Ya nos hemos quedado solos y regresamos al corazón del Edén Azul. Mientras nos retiramos los seguimos oyendo y unos minutos más tarde ya no se oye nada más que el canto de las chicharras, el rumor del agua despeñándose por la cascada, el siseo de la leve brisa por entre las hojas de los álamos y el sol cayendo con toda su fuerza. El sol no se oye pero sus calurosos rayos sí queman mucho. Parece como si ya fuera pleno verano.

Me acuerdo de Mario y de Albaluna. Los dos nos miraban tristes mientras no veníamos. ¡Qué niños más buenos son ellos! Se querían venir con nosotros y yo me los traigo en el corazón. Pero ellos querían venirse con nosotros y tristes se han quedado soñando. Y nosotros ¿verdad que los necesitamos? No lo saben ellos pero estamos tan solos y echamos tanto en falta sus sonrisas y besos…


18- El nido del mirlo

¡Qué satisfechos venimos ahora, Sinombre! Porque parece que se han quedado contentos. Es lo mejor. Anda, échale un rebuzno para que te oigan y sepan que te los traes en el corazón. Y, como me conoces y siempre estás dispuesto a complacerme, te paras en la Senda de la Umbría, te vuelves para el río, estiras tu cuello y empiezas a lanzar tu rebuzno. Un potente rebuzno que retumba en todo el barranco y se funde con el rumor de la cascada por donde juegan. Y te oyen porque desde el río te devuelven sus saludos en forma de risas:
- Mañana nos veremos y que tengas un buen día. Millones de besos.
Te alegras oírlos porque me miras y mueves tu rabo. Me sigo alegrando de ello. Te doy dos palmaditas en el cuello al tiempo que te agradezco, en nombre mío y de los niños, tus detalles. Les ha gustado el rebuzno y lo han entendido. A partir de este momento ya son más buenos. Mañana estarán más animados. Pero yo no te he contado a ti, todavía, todo lo que hoy quería y deseo contarte. Creo que ahora va a ser el momento. Aun nos queda mucho día y mientras vamos subiendo, de regreso a nuestro rincón, te diré algo.

Y venimos contentos caminando, metidos en nuestras cosas de siempre, en nuestro silencio de siempre, en nuestra armonía y con nuestro trozo de vida en la mano cuando, al dejar atrás los últimos álamos, los veo. Mira, Sinombre, dos mirlos han levantado vuelo casi de nuestros pies. Se asustan de nosotros pero no quieren irse. Seguro que por aquí tienen su nido. Que no nos vean los niños ni se enteren. ¡Espera, espera y cállate! Mira lo que estoy viendo ahí. Sí, aquí a nuestra derecha y en uno de los álamos de la alameda. Mira, en el mismo tronco, en las dos ramitas que tiene a unos dos metros del suelo. ¿No lo ves? Es un nido de mirlo y tiene cuatro mirlillos todavía sin plumas. Fíjate qué bonito. Parecen que están durmiendo. Cállate y vente despacito detrás de mí que nos vamos a acercar para verlos mejor. Por aquí, ven por aquí y tápate con los troncos de los álamos para que no nos vean los mirlos padres. A los mirlillos sin plumas no les vamos a hacer daño pero como los padres no lo saben es mejor no darles un disgusto. No sea que luego ya no vuelvan a su nido y se mueran estos cuatro pajarillos tan bonitos. Por aquí, vente por este lado y con mucho cuidado para que ni nos vean ni nos oigan.

Nos acercamos un poco más, los miramos un momento, le hago un par de fotos y luego nos alejamos dejándolos tranquilos en su nido. Que tampoco nos vean los niños ni se lo digas mañana. Y ahora, no se te vaya a ocurrir olerlos. Y menos todavía se te vaya a ocurrir ponerte a rebuznar de alegría que entonces lo estropeamos todo. ¡Tú tranquilo y hazme caso! Hay que ver a donde han venido estos mirlos a hacer su nido. Al lado mismo del caminillo. Nosotros no le vamos a hacer daño porque es una lástima pero ¿y si otros al pasar ven el nido y no lo respetan? Que a los animales, a todos los animales del mundo, les gusta la compañía de los humanos pero al mismo tiempo quieren sentirse respetados. Ea, ya está. Le he sacado un par de fotos, muy bonitas, y nos vamos sin rozarlos siquiera. Para que no se asusten ellos. ¡Mira como duermen tan pacíficos y aplastaditos…! Déjalos y no los olisquees no sea que les hagas daño. ¡Son tan blandicos que parecen de merengue! Vente ahora por este lado tapándote otra vez con los troncos de los álamos y que se queden tan agustico. ¡Mira, mira como abren el pico pidiendo comida! Nos han sentido y se creerán que somos sus padres. ¡Cuánta belleza!

Pero es extraño: los pajarillos, todos y siempre, hacen sus nidos desde el comienzo hasta mediados de la primavera. Pocas veces al final de la primavera o en verano. Y estamos ya en verano y aquí tenemos este nido. ¿Sabes lo que puede haber pasado? Seguro que estos mirlos padres hicieron un primer nido al llegar la primavera. Se lo comieron o rompieron las urracas en algún momento de la puesta de los huevos o cuando ya los pajarillos habían nacido y han vuelto a intentarlo. Han hecho un nuevo nido, ya fuera de tiempo, y por eso el verano se les ha echado encima. Estas es la única explicación razonable que encuentro. Quizá en esta segunda vez tengan suerte y saquen a sus crías adelante si los calores del verano se lo dejan. Los calores y las urracas, la escasez de alimento, la presencia humana... La vida, Sinombre, ni para las aves es fácil. Y me gustaría que, para estos hermosos pajarillos, sí lo fuera. Un jardín, un bosque, un mundo sin mirlos es como una primavera sin flores. Falta algo esencial en la primavera y también el en jardín, en el bosque, en el mundo, en la vida. Los mirlos, Sinombre y tú lo sabes, alegran mucho con su presencia y sus cantos.


19- La muerte de Rocky, el perro amigo de la Princesa, primera carta

Los dejamos en su nido y lentos seguimos subiendo por la Senda de la Umbría. En cuanto lleguemos a los algarrobos, los que crecen entre el Encinar de las Centenarias y la Umbría de los Olivos, por la Senda de los Arrayanes, te voy a coger un buen puñado de algarrobas. Todavía no has probado bocado hoy y mira qué horas son ya. Y con todo lo que traemos entre manos, esta mañana por aquí, te vas a quedar sin fuerzas. Y estos algarrobos, los más viejos, todavía tienen muchas algarrobas del año pasado ¡Con lo que te gustan a ti estas golosinas! También me comeré yo algunas, para compartir las cosas como hemos hecho tantas veces, y ya estoy comido. Que a mí me gustan estos frutos tan especiales porque están buenos y alimentan mucho. Pero ahora ¿lo de las cartas de la Princesa? Sí, ya me acuerdo, aquí las tengo. Ya estamos solos.

Y lo que te venía diciendo, no era en broma, ni mucho menos. En este día de hoy y, ahora mismo, necesitaríamos ser dueños de un mundo nuevo. Lo que te quiero comentar lo tengo aquí conmigo: gritándome en el alma y doliéndome, por un lado y alegrándome por otro. ¿Te lo cuento ahora o después de la piscina? Es que no sé. Por un lado quisiera hablarte ya de este asunto pero por otro lado quisiera dejarlo para más tarde. Por ti, porque yo, ya sé lo que sé y no necesito volverlo a saber. Pero pienso en ti. Si te lo cuento ahora mismo quizá el día se te cambie por completo. Y veníamos haciendo unos planes muy bonitos para el resto del día. Pero en fin, tampoco quiero dejarte con la intriga y la inquietud y yo, aunque no lo creas, sufriendo. Porque, en lo que quiero y debo contarte, hay alegría y pena, ya te lo he dicho antes. ¿Te acuerdas que el otro día te hablaba de los perros que, por estas fechas y muchas personas, dejan abandonados en las calles? Muchas de las personas que se van de vacaciones, ahora en verano, esto es lo que hacen con sus perros y otros animales. Sus queridas mascotas. ¿Te acuerdas que te dije que tenía que contarte una historia bonita? Pues te la voy a contar pero no como al principio pensé sino de otra manera. Otra historia parecida y diferente. Esta historia tiene como protagonista un perro y aquella otra también. Aquella historia era triste y ésta lo es más. La primera historia era de un perro abandonado por sus dueños en las calles de una ciudad. Y esta segunda es de un perro que abandona a sus dueños en este mundo y se va a otro lugar muy lejano. Seguro que te estarás diciendo: “¡Cuánto misterio!”. Pues ya se acabó. Voy al grano:

Ayer recibí una carta de la Princesa. De nuestra Princesa del alma. ¿Que no te lo crees? Tampoco me lo creía yo y sin embargo mira ¿qué es esto? Si, compañero del alma, es una carta de la Princesa de tus sueños y de mis sueños. La Princesa existe, está viva y nos escribe. ¿No es para que se nos llene el corazón de alegría? Claro que sí. Y esta es la primera cara de la noticia que quería darte. Es la cara alegre. ¿Qué cual es la otra? ¿La que no es tan alegre? Pues aquí la tenemos. En su carta misma. Lo que ella nos cuenta en su carta. Y lo que nos cuenta es triste, muy triste. Habla de un perro que ha abandonado a sus dueños. ¿Ves? Lo contrario de lo que te decía: no es un perro que haya sido abandonado por sus dueños sino que el perro ha abandonado a sus dueños. Lo contrario de lo que por estos días ocurre. Este perro, llamado Rocky, ha abandonado a sus dueños y se ha ido al cielo. Fíjate qué bonito si en el fondo no fuera tan triste. Rocky es, bueno fue, el amigo y hermano de la Princesa. ¿Ves? Triste y alegre ¡Qué cosas, Dios mío! Pero te dejo que sea ella la que nos cuente la historia. Con sus palabras y sus sentimientos y sus lágrimas y sus penas y su dolor… Te leo su carta, sin más, para que te enteres de golpe, que es como las cosas duelen menos, aunque luego duelan más. Te leo su carta:

“Esta vez no esperes mucho de esta carta porque no va a transmitir otra cosa que dolor y pena. Así que mejor que no lo tengas abierta mucho tiempo, no sea que contagie. Y lo del dolor y la pena, que seguro te preguntarás, pues es porque hoy he tenido que llevar a mi perro Rocky a sacrificar, porque cuando llegué esta tarde a casa el pobre no se podía levantar. No podía ni sostenerse sentado. Tenia una mirada muy tristona como si estuviera diciendo: "Me duele mucho todo el cuerpo y ya no sé qué hacer, no me puedo ni sentar, no tengo fuerzas para nada, quédate conmigo un rato..." Y con esos ojos llenos de lágrimas que tenía el pobre animal... ya estaba en las últimas. Rápidamente me lo llevé al veterinario y me dijeron, para hacerme una idea de la situación del perro, que era como si fuera un humano, tumbado en su cama esperando a morir. Porque estaba en las últimas. No comía desde hacia 2 ó 3 días y en ese periodo de tiempo el pobre perro había adelgazado a una velocidad exagerada. De la cadera hacia abajo su delgadez era de un animal muerto, se le notaban todos los huesos. En fin, que no puedo contar nada bueno de esto. Sólo que ahora sé que está mejor, no siente dolor y espero que exista realmente un cielo para los animales y que ahí vaya él y pueda disfrutar por fin de la vida como se merece. Porque en la vida mortal solo le quedaba vivir en silencio sus últimos días, semanas o meses con dolor y desesperación. Me ha dado mucha pena tener que hacer lo que he hecho, pero era lo mejor para él. Te dejo ya que no puedo seguir hablando... para mí ha sido como perder a un hermano, porque así es como yo le quería. Bueno, pues que os lo paséis muy bien en estos días... Disfrutad de cada momento, que nunca se sabe cuando es la última vez”.

Ea, pues ya está. Esta es su carta y esto es lo que nos cuenta. ¿A que ahora es mejor no decir nada más? ¿A que es mejor guardar silencio y dejar que el corazón sienta y que los ojos lloren? ¿A que es mejor esto? Ella quería mucho a su perro Rocky y su perro se ha marchado al cielo y ahora lo echa de menos y lo llora y dice: “Espero que esté en el cielo”. Como si estuviera muy segura de que existe un cielo de verdad para su perro. ¿Qué me dices tú, Sinombre? Que tiene que existir un cielo ¿verdad? Me pongo en su lugar y pienso en ti. Tú no vas a morir nunca, yo lo sé. Serás eterno y mientras la Tierra exista los humanos te recordarán de generación en generación. Lo sé yo muy bien. No morirás nunca pero me pongo en el lugar de nuestra Princesa y pienso que un día de estos te mueres. ¿Qué me pasaría a mí? Seguro que me moriría detrás de ti. Antes de que acabaras de irte de este suelo ya iría yo contigo agarrado a tu rabo volando al cielo. O quizá llegara antes para esperarte y abrirte las puestas. Si te mueres tú la vida se acaba para mí. Tal como te lo digo. Por eso ahora mismo podemos comprender el dolor de la Princesa. Se le ha muerto su perro, amigo y hermano del alma, y es más que justo que ella sueñe en un cielo para los perros buenos como Rocky. ¿A que lo entendemos? Porque ¿te imaginas que me muero antes? ¿Qué te pasaría a ti? No me lo quieres decir pero sé que te morirías también para venirte conmigo. Al cielo, porque yo espero ir al cielo. A esa estrella que tenemos donde los dos sabemos. Nosotros no podemos vivir ya el uno sin el otro. Por eso, lo que dice la Princesa, tiene que ser verdad. Tiene que haber un cielo para todos los animales que son como Rocky, como Bandolero, como Boli, como tú, que eres mi corazón…Si yo quiero un cielo para ti ¿Por qué no la Princesa lo puede querer para su Rocky del alma?

Y otra cosa más te digo, amigo bueno: Rocky, aunque se ha ido de este suelo y decimos que está muerto, en estos momentos, ya ha entrado a la eternidad. Desde hoy lo van a recordar muchas personas a lo largo de los años y de los siglos. Será recordado eternamente junto con tu nombre, el de Bandolero, el de la Princesa y el mío. Así que tú no estés triste. Y a ella le decimos lo mismo: no estés triste, Princesa.


20- A la sombra del algarrobo de la Senda de los Arrayanes

Y ahora, Sinombre, mira cómo estamos. Ya hemos subido un poco más por la Senda de la Umbría, hemos llegado a la Senda de los Arrayanes y descansamos a la sombra de este algarrobo. Nos hemos tenido que parar para tomar algo de fuerzas. Y te he cogido muchas algarrobas. Te las he puesto sobre el pasto, al borde de la senda y te las comes con gusto mientras me miras. Estabas ya que te morías de hambre. Por mí, hubiéramos seguido subiendo pero a ti ¿qué te ha pasado? La carta de la Princesa y lo que en ella nos cuenta te ha dejado roto. Lo mismo que otras veces te he dicho, te digo ahora: lo puedo entender y creo que lo entiendo. Con lo valiente que eres y las fuerzas que tienes hay que ver como te descuajas por dentro cuando se te muere alguna ilusión, algún sueño, algún trozo del corazón. Lo siento, de verdad que lo siento. Y no te voy a pedir que aclares nada. Tus razones son tuyas y tienes derecho a ellas y yo debo respetarlas. Anda, come un poco más aunque se te hayan quitado las ganas.

Porque, ahora que te miro y te veo tan entusiasmado comiéndote las algarrobas que te he regalado, se me viene a la mente el recuerdo de aquella mañana ¿te acuerdas? Entre los algarrobos de esta Umbría del río te vi. Antes de que saliera el sol, con el fresco del nuevo día. Porque el día se levantaba regalando una temperatura muy agradable y con algunas nubes por el lado norte. Nubes de tormenta que a su vez regalaban relámpagos, pequeñas ráfagas de viento y algunas gotas de lluvia. Al amanecer de aquel primoroso día te vi yo por entre los algarrobos de la Umbría del río. Me vine a tu lado y te pregunté:
- ¿Qué buscas por aquí tan temprano?
Me miraste, parado entre los algarrobos, y seguiste en tus cosas. A veces eres muy misterioso, Sinombre. Como si en ti hubiera un sueño, un dolor, una fantasía, un deseo de amor, más grande que el Universo entero. Y así fue como te comportabas aquella mañana. Casi no me hiciste caso y seguiste en tus cosas como si estuvieras muy interesado en encontrar no sé qué tesoro importante. Ese misterio que, a veces, veo en ti. Pero con tu mirada parecía que me decías: “Tengo ganas de comerme un puñado de algarrobas. Hay muchas en las ramas de estos árboles pero yo no llego a alcanzarlas. Además, cada vez que miro por entre las ramas de estos algarrobos buscando las algarrobas que me gustaría comerme, siento como si alguien me estuviera vigilando. Como si los ojos de alguien muy grande estuviera pendiente de lo que hago”.

Te dije:
- No alcanzo a comprender qué es lo que me quieres decir. Pero te sigo y mirando y te veo tan interesado en el juego que me tienes por aquí esta mañana que me quedo contigo. Vente para este lado. Conozco un algarrobo grande, grueso y viejo, que está cargadito de algarrobas. Vente por aquí conmigo que de este árbol te voy a coger un puñado grande de estas frutas. Un puñado no, todas las algarrobas que quieras y te las voy a regalar para que te las comas. Para que esta mañana sacies tu hambre y te sientas bien.

Y te llevé por la estrecha senda de los algarrobos viejos en busca de lo que andabas buscando. Llegamos enseguida a uno de estos árboles. Al más viejo y grandioso de todos los algarrobos que crecen por aquí. Junto a su tronco y por las ramas altas veo las algarrobas colgando. Tiene muchas y se traban en las ramas hermosas y apetitosas. Son alargadas, gruesas y presentan un color muy fresco y vivo.
- Ven por aquí. Ponte bajo esta rama que me voy a subir en ti. Desde tu lomo verás como alcanzo yo a las algarrobas. Te las cojo a puñados y te las regalo con mucho gusto. Pero me tienes que decir ¿por qué esta mañana sientes tanta hambre de algarrobas? ¿Acaso has soñado con ellas? Porque en la mañana de este día tan especial a mí también me llama mucho la atención. ¿Quién puede estar por aquí vigilando los algarrobos? Te lo pregunto porque me pasa algo parecido a lo que te pasa a ti. Que tengo la sensación de que alguien mira desde el fresco de la mañana y las nubes que trae la tormenta por este lado norte. Pero te voy a coger las algarrobas, tú te las comes y, si alguien se nos presenta y nos pregunta, le voy a decir que en tu corazón hoy tienes hambre de algarrobas.


¿Te acuerdas de aquella mañana? A mi se me ha venido a la memoria al verte ahora comiéndote estas otras algarrobas que hace un momento te he regalado. Pero mira, aunque ahora mismo las chicharras no paren de chirriar y, con la monotonía de su canto parezca que el calor agobia, escucha: te propongo algo para que el día adquiera otro color. Vente conmigo para acá. Vamos ahora mismo al sembrado del poleo. Después de tu buena ración de algarrobas te vendrá muy bien un postre especial. De este poleo tan tiernecico y ya florecido te puedes comer unas matas para que te ayude a hacer la digestión. Sí, mira qué olor más refrescante nos trae el vientecillo que viene de ese lado. Del lado del Barrio de Arriba. Por donde también tengo yo hoy algo muy especial que quiero que sepas. El poleo ya está todo florecido, alto y espeso. Tan bonito y tan verde que entran ganas de abrazarlo, de olerlo todo así a la vez. Y también de revolcarse por el sembrado y dejar que su perfume empape hasta los huesos. No te pares ahí. Acércate y huele y come todo lo que quieras. Hay tanto poleo que no te lo comerías ni en un año. Voy a coger solo unas ramitas por el gusto de llevarlas en mi mano y olerlo y mirarlo. Pero a ti, ahora que caigo ¿te gusta el poleo? Esto es una planta medicinal que cura todos los dolores de barriga, los de las tripas y otras cosas así sencillas. Los dolores del corazón y del alma no los cura el poleo, Sinombre. Pero a ti ¿qué es lo que más te duele hoy? Anda, no me lo digas y come un poco de poleo y unas algarrobas más. Que te miro mientras tanto a ver si veo como engordas y como te perfumas el corazón. Agua bebemos los dos luego en la ducha. Cuando estemos duchándonos podemos beber todo lo que queramos porque tú sabes que el agua viene directamente del manantial. Es el mismo manantial que llena la Fuente de los Nenúfares, la de los Mirlos y la Reguerilla de la Ardilla. Y también la misma que corre por la cascada de tu cuadra y llena tu pilar para que bebas.

Y ahora, aunque da pena irse y dejar aquí este sembrado de poleo tan lustroso, vente par aquí. Por el césped y por la sombra de los álamos. Vamos a la piscina a darnos un buen baño. Un baño largo, relajante y profundo. A ver si el frescor del agua nos llega hasta la sangre, hasta el corazón, hasta el corazón del alma, Sinombre. A ver si la piscina nos transforma y le devuelve al día la luz que, poco a poco, se ha ido yendo. Primero vamos a la manguera de la Encina Grande a ducharnos y luego nos metemos de cabeza en la piscina. Vente por aquí que mientras llegamos te voy a contar lo del Barrio de Arriba.

Mira, mira desde este sitio qué bonita se ve Granada allá al fondo. Como si durmiera una siesta honda y larga o como si nos mirara desde aquella distancia y nos dijera: “Ni me conocéis ni me conoceréis nunca. Habláis de mí y me miráis desde la distancia pero no sé quienes sois vosotros. Solo sabéis de mí lo que desde vuestra distancia observáis”. Y es una ironía esto ¿verdad? Porque vivimos y vamos gastando los días y la vida entera en la cabecera misma de la cuna de Granada. ¿Por qué no estamos más metidos en su corazón y en nuestros corazones ella? En fin, mira qué bonita se ve Granada desde aquí aunque ni la sintamos respirar ni nos sintamos dentro.

En la Vega junto al río
se extiende Granada,
huertas verdes,
casas blancas,
agua y nieve
de Sierra Nevada.

Verdes bosques,
y la Alhambra,
el río Darro
y frente al alba
el Albaicín…

Y el viento que nos regala
un sueño con su pradera
toda de amapolas blancas.


21- La ancianita de la casa blanca del Barrio del Albaicín


Lo del Barrio de Arriba, mientras vamos llegando a la ducha, te lo voy a contar, Sinombre. No sé cómo empezar pero quiero que lo sepas: a la ancianita de la casa blanca del Barrio del Albaicín, la que tanto te quiere, se le ha muerto su marido. Vamos, su vida. ¿Te acuerdas de él? El hombre bueno que se pasaba las horas mirándote. ¿A que lo recuerdas? Siempre me decía que eres el burro más bello del mundo. Que si te hubiera conocido él cuando tenía veinte años habría sido un afortunado. Porque tú lo habrías sacado de muchos apuros. Pues este hombre tan bueno se murió el otro día y a la pobre ancianita de la casa blanca se le ha quedado el alma rota. Se le han secado los ojos de tanto llorar y se ha quedado en los huesos de no comer porque ni hambre tiene. ¡Pobre mujer con lo buena que es!

Fui la otra tarde a verla y a darle un abrazo para que supiera que sentimos mucho la muerte de su marido y me emocioné. Allí estaba ella, entre los suyos, sus hijos y sus nietos y en cuanto la vi me llené de pena. Se ve que también yo la quiero mucho sin que lo sepa. Porque ya te digo: se me cayeron las lágrimas y aunque le di un abrazo, grande y fuerte, me quedé con ganas de más. Como si en el fondo quisiera quitarle aquella pena que tenía. Sabes, Sinombre, cuando una mujer como la ancianita sufre lo que yo vi que sufría la otra tarde, da mucha pena. Es como si uno quisiera que estas personas no sufrieran más. Porque no se lo merecen. Y también porque al verla ya tan mayor uno lo que quisiera es que estas personas solo tuvieran dicha, consuelo y amor en su vida y nada de dolor.

Luego vamos a ir a estar un rato con la ancianita amiga tuya. Me preguntó por ti y me dijo que te recuerda mucho y eso me hizo creer que tiene ganas de verte. Ya sabes lo mucho que te quiere ella y por eso, solo verte, seguro que se animará algo. ¿Te acuerdas la de veces que nos ha dicho que te pareces a un burro que tenía ella cuando era niña? Casi siempre que te ve nos cuenta alguna historia de cuando era niña y su burro Ópalo. Fíjate que nombre más bello: piedra preciosa, azul cielo, rojo fuego, verde hierba… ¿Por qué le pondría este nombre tan bonito a su burro? Siempre que te ve a ti se cree que eres Ópalo. Te llama y le haces caso. Para hacerla feliz ¿verdad? Y por las historias tan bonitas que ella nos cuenta de su burro se ve que la ancianita ha sido muy buena desde niña. Y sobre todo por lo que siempre nos dice de su burro Ópalo o Piedra Preciosa:
- Es que a ese burro mío solo le faltaba hablar.
Y luego nos decía que el animal lo sabía todo, que nunca le dio una patada a nadie y que siempre fue obediente y fiel. ¡Qué bueno sería el burro de la ancianita! ¿Quién aprendería de quien, Sinombre? ¿Aprendió a ser buena la ancianita de su burro o aprendió su burro de ella? Nosotros, siempre que ella nos ha contado estas cosas, la hemos dejado hablar. La hemos escuchado con veneración. De este modo, tú lo habrás notado más de una vez, ella es feliz. Dejamos que hable, nosotros escuchamos y ella es feliz. Y he notado que quizá ninguna otra cosa podría hacerla más dichosa. Parece que, para ella, no hay en el mundo nada más importante que las cosas que vivió de niña. Y de eso podemos estar seguros: no hay nada más que oírla hablar.

- Mi abuelo fue arrendatario del cortijo. Allí nació mi padre. Era un rincón bonito el de aquel cortijo bajo el abrigo de la pared rocosa. Todo lleno de pinos, la casa, el corral, las higueras, los nogales, la era, la cascada, la oscuridad de la covacha, los enebros, las sabinas…Todo aquello parecía un belén a lo grande. Hasta la situación: en mitad de la ladera, justo donde el cortado de las rocas forman un gran escalón y mirando al oriente. Ni en sueño podría quedar más bello. Además, para llenarlo de un encanto todavía más especial, a los pies de ese belén, quedaba el Valle. Desde el cortijo, en las tierras del valle, se fue fijando mi abuelo. Y aunque allí nació mi padre, en los terrenos que fue comprando mi abuelo por el valle, poco a poco construyó el cortijo nuevo…

A los ancianos, Sinombre, lo mismo que a los niños, siempre hay que dejarlos que hablen de sus cosas. Porque así son felices. Luego vamos a ir a la casa de la ancianita. Se alegrará, ya lo verás. Para estar un rato con ella, porque se le ha muerto su vida y ahora está muy sola y, para que te vea a ti. Le dejaremos que nos cuente sus cosas. Le damos otro abrazo y le decimos que la queremos mucho. Al menos de este modo se consolará algo y, como tú le recuerdas a su Ópalo, el sueño y el amor de su infancia, se sentirá feliz añorando las cosas de su niñez.


Al medio día
22- El calor, la ducha y la piscina

Decíamos que no y fíjate, Sinombre, en dos días se ha presentado el calor y ahora ya no se puede vivir. El calor o la calor, que de las dos maneras se puede decir pero nosotros siempre decimos: “¡Qué calor hace!” Y ahora sí es verdad. ¡Qué calor está haciendo hoy! Nos vamos a dar una ducha ahora mismo, con la manguera y el agua del manantial, que nos vamos a quedar nuevos. Ya verás tú. Vente para acá que nos vamos a poner en este lado de arriba de tu pradera. Sobre el césped, en la hierba o sobre la roca caliza de la Encina Grande. ¿Qué prefieres? ¡Ya! No me digas nada que lo sé. Tú prefieres ponerte sobre la roca caliza porque así tus cascos no se te ensucian con la tierra de césped o con la hierba de la pradera. Como sabes que luego nos vamos a meter en la piscina y como sabes que el otro día, tus tres amigas las hijas del jardinero, se enfadaron contigo porque decían que ensuciabas el agua de la piscina hoy quieres ir limpito. Eso está bien. Porque ellas tenían razón: llevaste los cascos todos llenitos de barro. ¿Dónde te habías metido? Y claro, en cuanto entraste en la piscina pusiste el agua que daba pena verla. Así que haces bien cuidar que hoy no se te llenen de barro tus patas.

Para que no se ensucie el agua de la piscina y las niñas estén contentas. Que el otro día no se enfadaron sino que nos advirtieron que eso del barro en los cascos no está bien. Y claro que no está bien ¿Cómo va a estar bien? Tus amigas se toman mucho interés en tener la piscina como una joya. La pintan, la llenan de agua siempre del manantial, la limpian de hojas todos los días, se duchan antes de meterse en la piscina y después… En fin, que son muy cuidadosas y todo lo tienen muy ordenado y curioso. ¿Por qué nosotros vamos a ser unos mal educados? ¡Que no, hombre, que no! Antes de meterse en la piscina, como vamos a hacer dentro de un rato, hay que ducharse para quitarse el sudor y otras suciedades. Que esto es lo que vamos a hacer a continuación. Para irnos enseguida con las niñas que ya nos están esperando. A bañarnos con ellas y a refrescarnos y a quitarnos un poco de este calor tan grande. Pero sobre todo para jugar con ellas. Que anda que no te gusta a ti jugar en la piscina con los niños amigos tuyos. Y a ellos, anda que no les gusta darte ahogadillas, subirse en tu lomo, tirarte de las orejas o del rabo y echarse competiciones contigo. ¡Anda que no! Que me lo digan a mí que siempre que nos metemos en la piscina acabo con ganas de irme a la cama y de no querer saber ya nada de vosotros. Vamos, con ganas de no repetir más. Esto es lo que siempre digo después de una tarde contigo en la piscina y con las niñas. Pero al día siguiente, como ahora mismo, me pasa como a ti: que ya estoy deseando de meterme en el agua otra vez.

Así que venga, vete preparando y te pones en lo alto de la roca caliza. Que voy por la manguera, la cuelgo en la rama de la Encina Grande, abro la llave del agua y en dos segundos ya estoy ahí contigo disfrutando bajo la ducha. Voy por la manguera que mira como se ríen las niñas en la piscina. ¡Anda que no se lo están pasando bien! Si solo con oírlas ya entran ganas de salir corriendo y tirarse de cabeza al agua. ¡Mira, mira cómo se ríen y se tiran agua! Vamos corriendo que nos estamos perdiendo lo mejor, Sinombre, vamos corriendo. Tú a la roca y yo a por la manguera. Pero espera un momento. Antes de que se me olvide quiero decirte algo. Aquí entre nosotros y de amigo a amigo. Y no es que tenga nada que reprocharte pero te lo digo para que lo tengas en cuenta. Cuando ahora nos vayamos con las niñas a la piscina no se te vaya a ocurrir a ti hacerte pipí dentro del agua. Y no te enfades porque te diga estas cosas. Sé que es algo que tú nunca has hecho. Pero te lo comento para que lo tengas en cuenta. Que no te hagas ni pipí ni otras cosas en el agua de la piscina. Aunque veas que otros niños o personas mayores sí lo hacen. Hay niños y mayores que son así. Que si yo te contara a ti hasta se te iba a poner la cara roja de vergüenza. Que los humanos, con la excusa de este calor, ahora se meten en las piscinas y en las playas y anda que no hacen cosas ahí dentro. Mejor ni decirlo. Así que, aunque seas un burro o porque eres un burro, ya sabes: siempre antes de entrar a la piscina, duchado. Nunca te hagas pipí en el agua de la piscina y a respetar a todo el mundo. Ahí se mete uno para refrescarse, para nadar, para estar con los amigos, para jugar… para todo lo que sea menos para lo que ya te he dicho ¿vale? Que aunque seas un burro tú a comportarte como Dios manda: con dignidad y educación que es como debe ser. Que nunca nadie tenga que decir nada de nosotros.

Y voy, voy corriendo a coger la manguera que el día se nos pasa y mira qué risas tienen las niñas en la piscina. Se lo están pasando genial. ¡Vamos nosotros ahora! Ya tengo aquí la manguera. La sujeto en la rama de la Encina Grande y la pongo mirando a la roca. Vete un poco más allá que abro la llave del agua para hacer una prueba. A ver si cae en el sitio que tiene que caer. ¡Venga, agua va! ¡Uy, qué fresquita sale hoy! Como el agua de la Fuente del Avellano. Pero no corras que esto es la primera impresión. Espera, que dejo la manguera bien puesta y con la llave abierta, y me voy contigo bajo el chorro cristalino. Y si me ves que salgo corriendo me sujetas para que no me escape porque a mí también me da miedo meterme bajo este chorro de agua tan grande y frío. Que apetece pero da miedo. ¡Hay que ver! Con el calor que hace y en cuanto nos caen dos gotas de agua encima ya estamos asustados y haciendo aspavientos. ¡No tenemos remedio! Pero no se te vaya a ocurrir a ti ponerte a rebuznar que como nos oigan las niñas se vienen corriendo aquí y entonces es cuando liamos el lío padre. Que dejan ellas la piscina y se vienen aquí en dos saltos porque se divierten más. Tú no rebuznes que yo también me voy a poner un poco más formal. Y si el agua está fresquita mejor. Así se nos quita el calor de verdad. Venga, darte la vuelta que te voy a dar una refriega por el lomo y luego por entre las orejas y la barriga. Que te quedes limpico de verdad. ¡Que hay que ver como te has puesto! Los niños y tú y las moras y el agua de la Fuente de los Nenúfares. Te echo unas gotas de champú y con el cepillo de raíces te restriego suave para sacarle brillo a tu pelo. Que tu pelo vuelve otra vez a tener el brillo y la suavidad de siempre.



23- Preparados para la piscina


Ea, ya estamos listos para irnos a la piscina a darnos un baño y a jugar con las niñas. Mira qué limpicos nos hemos quedado y mira qué olor a sano echamos ahora. Para que nadie diga que eso de que un burro se bañe en una piscina no es normal. ¿Por qué no puede ser normal, Sinombre? ¿Me lo sabes explicar? Si a ti te gusta el agua y sabes nadar como el primero y además te gusta el juego y eres divertido ¿Por qué no te puedes bañar en una piscina? Además, nosotros tenemos aquí nuestra piscina propia. Nadie nos va a cobrar entrada ni nos va a poner normas ni horarios ni nada. A nadie vamos a molestar ni al revés. ¡Y anda que el agua de nuestra piscina no está limpica y fresquita! Sin cloro ni nada porque es agua del manantial de los álamos. Y como la tenemos a la sombra de los álamos centenarios en nuestra piscina solo hay frescura, tranquilidad, perfume a limpio y juegos de niños. El tono verde de la hierba, del jardín y del bosque y la risa de las niñas con sus amigos es lo que hace que nuestra piscina tenga un encanto especial. Y ahora con este calor, un rincón con la tranquilidad y frescura como el nuestro, es lo mejor del mundo. Así que vente para acá que voy a ir guiándote para que no pises donde te manches mucho. Ven por aquí y no metas mucho ruido. Vamos a ir sigilosos para sorprender a las niñas. ¿Te has dado cuenta que hoy tienen ellas ahí a dos amiguitos nuevos? He visto a Sergio, el niño de los cuatro años, y a su hermana mayor, Ely. ¡Uy “La Ely”! Vete preparando que la rubita te quita la vida esta tarde. Corre y grita y juega y no para un momento. No se cansa nunca. Parece como si ella fuera todo juego, nervios y sonrisas. Prepara el cuerpo que ya verás el meneo que te van a dar. Pero ven por aquí. Les vamos a entrar por detrás y cuando estén descuidadas nos acercamos, les damos un pequeño empujón y las echamos al agua. ¡Verás qué divertido! Pero prepárate después. Que en cuanto reaccionen y salgan del agua será la guerra. Querrán vengarse y ya verás. Con lo que les gusta a ellas el juego, en cuanto las provoquemos, verás como se ponen. Mejor es que nos trague la tierra antes que caer en sus travesuras. Pero venga, hay que ser valientes. Si la vida no se llena de alegría, de fantasía, de sueños y juegos ¿qué es la vida?

¡Vaya, hombre! Mira, ahora se ha puesto a cantar otra vez el pájaro del Pino de las Tres Horquillas. Como si hubiera estado esperando a que viniéramos a la piscina para llamar la atención. ¿Lo oyes? Y este pájaro me tiene intrigado. ¿Sabes por qué? Desde hace unos días, estos días que llevamos de calor, cuando paso cerca del Pino de las Tres Horquillas siempre lo oigo cantar. Y me tiene intrigado por esto precisamente y porque no logro identificar qué clase de ave es. Su forma de cantar, su canto, me remite a algún pájaro que conozco pero no estoy seguro. Por un lado sus trinos se parecen a los de un ruiseñor. Pero oigo cadencias y modulaciones que nunca antes he percibido en el canto de los ruiseñores. El canto de los ruiseñores es característico y tiene un matiz inconfundible. Este pájaro, el que ahora mismo canta en el Pino de las Tres Horquillas, no es un ruiseñor aunque su canto se parece. ¡Escúchalo verás! Por esto estoy tan intrigado. Si no es un ruiseñor ¿qué otro pájaro puede ser? He pensado en una curruca pero también lo descarto. Las currucas no cantan de este modo ni mucho menos. Y un gorrión tampoco es. Los gorriones, con estar todo el día entre los humanos, ni siquiera han aprendido a cantar bonito ni a andar como Dios manda. Los gorriones son unos pataletos que hasta para moverse por el suelo lo hacen siempre saltando. ¿Te has dado cuenta de eso? Y se pasan el día lanzando trinos que más bien son algarabías, llamándose entre ellos o avisándose de algo pero sin que tengan cantos graciosos. Así que, en el caso de este pájaro del Pino de las Tres Horquillas, los gorriones también quedan descartados. ¿Y qué otro pájaro nos queda que viva por aquí y que pueda cantar entre las ramas de los pinos cuando más calor hace? Nos quedan los jilgueros, los carboneros, los chamarices, los mirlos, las palomas y las tórtolas turcas. Porque las aves rapaces es muy raro que canten en plena luz del día. Y los otros pájaros que te he nombrado ninguno tiene un canto tan fino como el que oímos ahora. Una oropéndola o una abubilla tampoco es. Así que te pregunto otra vez: ¿qué pájaro es el que llevo oyendo cantar varios días en el Pino de las Tres Horquillas? Tampoco lo sabes tú, claro. ¿Pero lo oyes o no? Cuando luego salgamos de la piscina nos vamos a venir por aquí y nos vamos a poner a la sombra del pino a ver si tenemos la suerte de verlo. A ver se adivinamos qué pájaros es éste que canta tan fino cuando más calor hace.

Así que déjalo que continúe él ahí con sus canturreos y seguimos con lo que tenemos entre manos. Luego al caer la tarde a ver si lo averiguamos. Que también tengo que hablarte de algunas cosas muy curiosas. Algo que ocurre ahora por aquí, por este jardín nuestro, todas las tardes y que a lo mejor ni siquiera te has dado cuenta tú. Tiene relación con algunos de los pájaros que ya te he nombrado antes. Los gorriones, los vencejos, los murciélagos y las ranas. Fíjate que cuarteto más original. Es otra cosa curiosa que vengo observando en los últimos días y que de igual modo me tiene intrigado. Pero ya te digo, de esto, hablamos luego. Ahora toca la piscina. Que se nos acaba el día y no nos metemos en el agua. Pero no, ya estamos aquí. A dos pasos de la piscina y ya las estamos viendo. Las tres niñas, tus amiguitas con sus amigos, y míralos qué graciosos y qué bien se lo están pasando. Todavía no nos han visto. Tápate aquí con estos mirtos y nos aproximamos por el lado de los álamos.

A ver si se sientan ahí al borde de la piscina. Que nos acercamos así de pronto y les damos un empujón verás qué susto se van a llevar y verás que reacción van a tener. Ocúltate un poco más entre estos arrayanes. ¡Mira la morenilla qué bien nada! Caty que es la que tiene los ojos negros como tú y también mira así profundamente y llena de serenidad. Qué guapa y buena es ¿verdad Sinombre? Ya se le ha pasado el disgusto. ¡Menos mal! Parece la menos alegre pero luego es la que tiene las ocurrencias más originales. Y la que tiene mejor corazón y la inocencia de un ángel. Que esta Caty hay que ver lo inteligente que es. No he visto, en mi vida, una niña más lince y trabajadora. Y cariñosa ¡anda que no regala cariño! Que a ti te quiere a rabiar. Espera un poco a ver si se sale del agua y se sienta en el borde como tantas veces. A ella le gusta mucho sentarse en el borde de la piscina, meter los pies en el agua y ponerse a jugar dando pataditas. ¡Qué juguetona es! Espera que cuando esté en ese juego es el momento de acercarnos por detrás y las echamos al agua. Tú empuja a Caty y yo a Mary y a Lucía. Una con cada mano y, como tú no tienes más que un hocico, con él empujas a Caty pero con cuidado. No le vayas a hacer daño. Solo un empujón suave para que caiga a la piscina y nos riamos un poco.



24- Maquinando una travesura


No te muevas mucho ni metas ruido porque como nos descubran ya se nos estropea el plan que estamos ideando. Mira, Caty se ha parado junto a la escalerilla grande. Se agarra a los hierros y se sale del agua. ¡Qué guapa es así con su bañador azul y sobre el fondo del verde césped y del jardín! ¡Quieto, no te muevas que viene hacia nosotros! Como le dé por buscar la sombra de este álamo para acostarse en su toalla sobre el césped se fastidia el plan. Pero no, se acerca a las otras niñas. Le dice algo. ¡Espera, espera a ver si oigo de qué hablan! Sí, creo que le piden que se siente con ellas al borde de la piscina a tomar el sol. ¡Hay qué bien! Nos van a salir las cosas que ni a pedir de boca. Mira, ves, las tres se vienen para este lado por el borde de la piscina. ¡Quieto, quieto, no te muevas que nos descubren! ¡Qué emoción tengo! Tú ya sabes lo que te he dicho: en cuanto estén sentadas nos ponemos de acuerdo y te prepara para empujar a Caty. Es que a ella le gusta mucho que le hagas travesuras. Y luego también es algo más contenida a la hora de jugar contigo. Que Mary y Lucía te comen vivo. Aunque de todos modos te lo advierto: esto será la guerra a partir del momento en que entremos en acción.

Y ya está: las tres se han sentado en el sitio y del modo que necesitamos. Ha llegado el momento en que no podemos echarnos para atrás. Así que prepárate y te doy las últimas instrucciones para luego después. En cuanto las empujemos nos venimos corriendo por este lado de la piscina. Por el fresno grande que es donde la piscina tiene su rampa para meterse en el agua poco a poco como si fuera una playa de verdad. Por aquí nos metemos rápido. Hasta que nos cubra y luego nos ponemos a nadar. Así escapamos de sus primeras reacciones y no les damos la oportunidad de que nos tiren al agua como nosotros a ellas. Aunque no sé. Creo que no está bien. Tendríamos que dejar que ellas también nos empujen y nos echen a la piscina. Que lo mismo que nosotros vamos a sentir el gusto de empujarlas y tirarlas al agua que ellas también puedan tener esta satisfacción. Porque no es bonito que le hagamos una travesura y luego no les demos la ocasión y que repitan lo mismo con nosotros. ¿A que no es bonito esto? Por eso estoy pensando que, aunque en un primer momento nos metamos en el agua, enseguida salimos. Para ponernos a tiro y darles la oportunidad y que se tomen la revancha.

Como sea tenemos que buscar la manera de ponernos en situación y que ellas puedan tener el gusto de empujarnos y echarnos al agua. Y lo mejor para esto es salirnos en cuanto se calmen las cosas y nos venimos andando por el borde de la piscina como distraídos. Como quien no oye llover. Como si no les tuviéramos miedo. Dejamos que se nos acerquen y ya verás como nos dan el empujón y pataplum, al agua pato. Si hacemos esto ellas se sentirán bien porque nos devolverán la travesura. Luego seguimos con el juego según se vayan presentando las cosas y así, en el fondo, todos quedamos igualados. Travesura por travesura y ninguno menos que el otro. Porque ellas no son un juguete sino personas humanas con dignidad y corazón y es como debemos tratarlas. Para que se sientan importantes y felices y no menos que nosotros. Que esto no es bonito ni bueno. Hay que buscar pasarlo bien, sin ganar ni perder, para que los otros siempre queden con su dignidad y orgullo. Y, con estas amigas nuestras, con el corazón tan bueno que tienen ¿cómo vamos a ser malos? Esto ni hablar, Sinombre.

Así que ya lo tenemos todo a punto. Preparados por dentro y por fuera y ellas a dos pasos nuestros tranquilas tomando el sol. ¡Míralas qué bonitas! Si parecen un sueño por la belleza que reflejan y lo angelicales que son. ¿No se te llena a ti el corazón de ternura? Te lo noto en los ojos y no me diga que no. Te noto que te está pasando como a mí. Que las ves tan delicadas, aquí en sus juegos y en el rincón verde, que hasta te estás reblandeciendo por dentro. Que te echas para atrás y dudas si llevar a cabo o no el plan que hemos pensado. ¿Verdad que da pena hacerles una travesura como la que hemos maquinado? Te preguntas lo mismo que yo y eso lo estoy leyendo ahora mismo en tus ojos. Y lo que te preguntas es: “¿Y si le hacemos algún daño? ¿Y si caen al agua de mala manera y se dañan sin querer?” Sería terrible, Sinombre. No quiero ni pensarlo. Porque creo que tienes razón: puede que al empujarlas ellas hagan algo para defenderse y algunos de estos movimientos terminen en un accidente. Sin que nadie lo queramos pero las cosas pueden ser así. Y claro, si ocurre algo de esto, fíjate como nos íbamos a quedar unos y otros. Enfadados no pero nos sentiríamos culpables y ya se estropearía el día, la tarde y hasta el verano entero.



25- Juegos en la piscina

A ver, déjame tú, amigo bueno, que mire tus ojos. Porque alguna vez ya te lo he dicho: tus ojos son para mí el mejor diccionario del mundo. En ellos puedo encontrar y leer todo aquello que nunca nadie podrá leer en ninguno de los libros escrito por los humanos. Tus ojos son las ventanas de tu alma y corazón y por estas ventanas miro y veo los paisajes más bellos jamás soñados. ¡Qué universos más hondos, limpios y hermosos, veo a través de las ventanas de tus ojos! ¡Por eso tus ojos, Sinombre, Dios mío, cuánto son tus ojos! Mira para acá y déjame ver. ¡Qué ojos más serafines tienes! Negros como dos escarabajos de cristal, profundo como un cielo estrellado y limpios como los lagos que conozco en las montañas que amo. Y ahora mismo en tus ojos veo y leo lo que ya me esperaba. No quieres que les hagamos a las niñas las travesuras que hemos dicho. Lo leo en tus ojos y no tengo dudas. Lo que habíamos planeado hay que olvidarlo. Porque como yo, también tú, ves y descubres la preciosidad que son estas criaturas. Pues no se hable más. Desde ahora mismo queda olvidado esto de empujar a las niñas y echarlas al agua. Olvidamos el plan planeado y ponemos en marcha lo que estoy leyendo en tus ojos. Que nos acerquemos a ellas ofreciéndoles amistad, cariño, respeto… Que ellas vean que somos buenos amigos y que estamos aquí para darnos un baño en su compañía y pasarnos un rato agradable. Si surge el juego y quieren jugar y nosotros también pues nos ponemos a ello. Pero siempre desde el limpio respeto. Porque tú tienes razón: son tan maravillosas y tienen un corazón tan puro que lo único que merecen es lo que venimos diciendo: ternura. Si las niñas, Sinombre, todas las niñas del mundo, son mariposas. Como azucenas. Gracias por recordármelo.

Así que vente para acá. Abandonamos el escondite que tenemos a sus espaldas y nos presentamos a ellas saludando con educación y pidiendo permiso. Que esto siempre es necesario y con los niños más. Las vamos a invitar a que se bañen y si no les apetece, porque llevan mucho rato en el agua, nos bañamos solos. Que también nos lo pasaremos bien como otras veces. Venga, salimos del escondite los dos a la vez. Y mira, en cuanto han sentido el ruido de nuestros pasos han mirado y ya nos han visto. ¡Fíjate como se alegran! Nos acercamos y saludamos. ¡Qué contentas se han puesto! Como si se alegraran que estemos aquí. Y a nuestro saludo Caty es la primera en abrirnos sus brazos:
- ¡Qué bien que hayáis venido! Ya nos habéis llenado la tarde de dicha.
Ni siquiera le vamos a preguntar por lo que ocurrió hace un rato. Tú, como si nada hubiera acontecido. Ella, como todo el mundo, tendría y tendrá sus razones y, si ya lo ha olivado, ¿para qué remover otra vez las cosas? Les pregunto:
- ¿Podemos darnos un baño aunque estéis vosotras? Sinombre tiene mucho calor. Acabamos de ducharnos para estar limpicos y venimos dispuestos a echar un rato de juego si os apetece. Mirad, veis como no mentimos. Nuestras caras, manos y pies huelen a limpio y brillan como soles. Que no somos mentirosos.
Y Caty responde enseguida:
- Primero os pido perdón y luego os contaré. Os lo tengo que contar para que os enteréis. Y ya veréis… Y ahora, claro que podéis bañaros todo lo que tengáis ganas. Y lo de jugar, ven para acá ahora mismo, borriquillo corazón mío, que nos vamos al agua como los peces. Mira, yo me voy a tirar de cabeza desde aquí y tú me persigues a ver si me alcanzas. El que llegue primero al otro lado de la piscina ese gana. Y el que gane, a la vuelta, tiene que remolcar al otro. Si gano me agarro a tu rabo y me traes al remolque desde aquel lado a éste. ¿Qué te parece mi idea? Genial ¿verdad? Pues venga, prepárate que nos vamos al agua ahora mismito.

Caty se pone en acción seguida de sus dos hermanas. Todas se han llenado de gozo al verte pero la que más, ha sido Caty y Mary. Se acerca Mary a ti y te susurra:
- Y cuando vuelvas de tu primera vuelta por la piscina ya sabes lo que te espera. Sobre tu lomo esta tarde nos vas a pasear a todos. Y más a la chiquitaja Ely. ¡Mira qué niña más guapa es Ely y su hermano Sergio! ¡Pobretica Ely! hace unos días que ha pasado el sarampión y ahora solo tiene ganas de piscina, de aire fresco y de juego. Y de Sergio ¿qué me dices? ¡Fíjate qué guapo y lo contento que se ha puesto en cuanto te ha visto! El primer paseo en tu lomo y tú nadando va a ser con Sergio. Para animarlo y que vea que eres un burro bueno. Venga, vamos al agua.

Caty se tira de cabeza y tú corres para el lado del Fresno Grande que es por donde la piscina tiene rampa para entrar poco a poco. Por aquí te metes a toda prisa mientras te miro y animo. Me quedo junto a Sergio y con Ely y te miro entusiasmado. ¡Te has puesto tan contento! Y qué gracia tienes corriendo por la piscina aguas adentro persiguiendo a Caty. Pero ella te gana en la primera vuelta. Te coge delantera porque se ha tirado desde el borde de la piscina y tú has tenido que ir al principio de la rampa. Así que Caty juega con ventajas pero como es un juego, entre vosotros, no me meto yo. Te miro y me doy cuenta que te tomas mucho interés en alcanzarla. Trotas aguas adentro y en cuanto el agua te llega a la barriga te pones a nadar. ¡Con qué elegancia nadas tú! Me acuerdo en estos momentos de la Princesa y de Bandolero y con toda el alma quisiera que estuvieran para que gozaran de tu belleza. Nadas a toda prisa porque le quieres ganar a la niña de ojos negros. Desde el borde de la piscina te animamos y yo más que nadie. Pero Caty llega antes al otro lado. ¡Cuánto lo siento! Y sin embargo lo aceptas y también Caty que te espera agarrada a los hierros de la escalerilla. Te da un cariñoso tironcillo de orejas al llegar a su lado y te dice:
- Te he ganado pero no te apenes. Es que te cogí ventaja al salir. Ahora vuélvete que lo prometido es deuda. Como premio me tienes que llevar al remolque. Me agarro a tu rabo, tú nadas y yo me dejo arrastrar.
¡Lo lista que es Caty! No debo ni quiero decir nada pero creo que ella lo que pretendía era agarrarse a tu rabo y que le dieras un paseo por la piscina. Lo ha conseguido y con belleza.

Por eso ahora ya no quiere competir contigo sino jugar a que la salves. Y te prestas al juego porque ella es tu amor. ¡Qué divertido es nadar salvando a la niña más hermosa del mundo! A tu corazón, a tu alma, a tu cielo. ¡Qué suerte tienes y cuanto te envidio! Como aquella mañana ahora también quisiera darle un beso. Pero Caty es tu cielo. ¡Qué orgulloso te sientes! Te sigo mirando y no quepo en mí de lo feliz que soy. Te aplaudimos al llegar y en estos momentos todos los niños se echan al agua. Como si te estuvieran esperando para atracarte y que no te escapes. ¡La que se lía en unos minutos! Todos quieren jugar contigo. Todas las niñas quieren agarrarse a tu rabo, subirse en tu lomo, tirarte de las orejas, echarte agua por la cara… Para todas estas niñas y Sergio eres ahora mismo su juguete más bello, la felicidad suprema. Y para Caty, su héroe. Cuando juegan las niñas contigo, cuando te empapan de su ternura, cuando te dan a comer su corazón, cuando se deshacen en miel frente tus ojos, cuando son tus ángeles y te emborrachan de cielo, qué feliz eres, Sinombre. ¡Quién pudiera besar a las niñas como las besas tú!

La tarde se ha llenado de asombro
por la sombra de la tarde
que se enreda entre los chopos
¿Notas tú si le falta algo
a la tarde blanca y oro?
La tarde tiene nuestro nombre
en su corazón hermoso
y un beso revolotea
entre la hierba, en lo hondo.


Por la tarde
26- Después de la piscina, la tarde ¡qué bonita!


Lo de la piscina esta tarde, compañero del alma, casi nos quita la vida. ¡Hay que ver qué divertido pero cuanto jaleo y qué machacados nos hemos quedado! Tú lo estás más, eso se nota. Pero ha merecido la pena ¿verdad? No has parado de jugar con las niñas y con Sergio. ¡Eres un niño grande! Sergio por un lado venga tirarte de las orejas y tú, como si nada. Como si te gustara que te tiren de las orejas y más cuando lo hace un niño tan gracioso como Sergio. Mary subiéndose en tu lomo y tu nada que nada de un lado a otro de la piscina y sin cansarte de pasearla. Una veces ella sola, otras veces con Sergio y otras veces los dos juntos. Tendrás el lomo hecho papillas. Fue una idea acertada que tomaras fuerzas nuevas con las algarrobas y el poleo que si no ya me hubiera dicho a mí. ¡Pero anda que no te he visto feliz! Y Lucía venga darte ahogadillas y venga reírse cada vez que sacabas la cabeza del agua y el agua te chorreaba por la frente, los ojos y las orejas. Pero cuando más se ha reído ha sido cuando te oía y veía resoplar por la nariz para echar fuera el agua que por ahí se te colaba. Que resoplas con una fuerza que asustas a cualquiera. Si fueras un dragón y echaras fuego por tus narices, a cada resoplido tuyo, todos tendríamos que salir echando chispas de tu lado para no quemarnos. Que las llamas alcanzarían veinte metros o más. Pero con Lucía, mientras ella se partía de risa viéndote chorreando, tú sacudías la cabeza para librarte del agua y las gotas nos salpicaban a todos. ¡Hay que ver qué fuerzas tienes! Cuando sacudes tu cabeza, después de las ahogadillas que te da Lucía, parece que está cayendo una tormenta del cielo. Las gotas de agua salpican para todos lados y caen en tanta cantidad que hasta la piscina parece ahogarse en un diluvio. Y tus ojos ¡cómo brillan al sacar la cabeza del agua! Menos mal que el agua de esta piscina no tiene cloro. Viene del manantial y se renueva sin parar. Que si no tus ojos esta tarde se habrían puesto rojos o amarillos de tantos lavados. Y lo digo porque también tú, por tu cuenta, te has dado algunas ahogadillas. Para disfrutar y que ellas siguieran animadas contigo. Que todo hay que decirlo. Te voy a preguntar luego unas cosas. Pero luego.

Porque ahora sigo con lo de la piscina esta tarde. Que Caty tampoco te ha dejado respirar. Venga desafiarte para ver quien nada mejor y luego agarrarse a tu rabo para que la remolques. A veces te has juntado con tres encima tuya. Y yo, que no he dejado de mirarte en toda la tarde, hasta he sentido miedo. Temía que las niñas acabaran con tu vida para siempre. Que te podías haber hecho daño con tantos niños en tu lomo. Miraba al cielo, te miraba a ti, miraba a los niños y luego miraba otra vez al cielo y exclamaba:
- ¡Ay Dios mío! Que me quedo sin mi burro. Que estos niños, esta tarde, acaban con mi corazón.
Pero menos mal que tú no eres un burro de cristal sino de carne y hueso y con mucha fuerza. Un burro entero como Dios manda. Pero sobre tu lomo he visto a la Ely, la más pequeña y pesa poco, también iba Sergio y Mary, agarrando a los dos pequeños para que no se cayeran. Y tú tan pancho nadando de un lado a otro, llevándolos sobre tu lomo y dando paseos por donde no cubre el agua. Los niños en tu lomo venga reírse y morirse de gusto mientras las dos niñas, Lucía y Caty, una delante y la otra al lado tuya para sujetar a los pequeños, también riéndose y dándote palmaditas en las nalgas para que nadaras. Y, obediente y dócil, tú sin rechistar en ningún momento. Aguantando las bromas y las risas y los juegos que a los niños se les ha ocurrido. ¡Hay que ver lo que aguantas y lo pacífico que eres con los niños! Y me alegro de esto mucho. Que es lo que siempre te he dicho: que a los niños hay que quererlos mucho, mucho, mucho. Que ellos son ángeles y tú eres para ellos como su corazón, su fantasía, su mundo de sueños. Por eso te repito que me alegro que esta tarde hayas hecho ta feliz a los niños. De verdad que sí. Contigo esta tarde en la piscina, las niñas y Sergio, han sido los más dichosos del mundo. Los has divertido como a ellos les gusta y ni siquiera has rebuznado ni has dado coces. Para no asustarlos ni hacerles daño. ¡Qué bien te has portado con ellos en la piscina! Así que miro al cielo y repito:
- ¡Ay Dios mío! Gracias porque todavía mi corazón, sigue con vida. Y que sea por mucho tiempo, Señor.

Y ahora nos hemos venido a la sombra de los álamos a descansar un poco. ¡Menos mal! ¡Que vaya diíta el de hoy! Ahora, ayudar a una niña a subirse en tu lomo, al rato, bajarla de tu lomo, después ir a por la pelota, echarle la pelota a Sergio, ayudar también a que no se caiga de tu lomo, nadar contigo, hacer del arbitro en tus competiciones con unas y otras, que vente por aquí, que vete por allí, para allá, para acá… Que entre unos y otros me habéis mareado y tengo la cabeza que ni sé dónde la tengo. Y lo que quiero decirte es que no he parado en toda la tarde. Todos acudís a mí para que resuelva esto, aquello y lo que no está escrito. Vuestros problemas, vuestros gustos, vuestros sueños, vuestros juegos. ¡Qué jaleo, Sinombre! Lo de la piscina tiene más tela de lo que a primera vista parece. Porque a las niñas no hay quien las agote y cuando están contigo se vuelven locas. Parece como si no hubieran visto a un burro en su vida. Y esto de jugar y nadar con un burro de verdad en una piscina en serio que es divertido para ellas. Y lo entiendo: porque un burro como tú ¿Qué niños en el mundo lo tiene a su lado?

Y ahora ya, te lo repito, menos mal que podemos descansar a la sombra de los álamos y sobre este césped verde y fresquito. Vente a mi lado y deja a las niñas por un rato. Que se acuesten ellas en sus toallas, también en el césped y al sol, y que se pongan morenas. Quieren ponerse morenas como todos en verano. Déjalas ahí un rato con sus cosas y luego las llamamos. Que también los niños necesitan respirar. Necesitan tener su intimidad, su silencio, su mundo. Nosotros nos quedamos aquí, más cerquita de este sembrado de poleo en flor y por donde viene el agua que llena la piscina. ¡Mira que fresquito y que olor más agradable! ¡Esto sí que es gloria bendita después del trote del baño! ¿Te has dado cuenta del plantío de poleo que hay este año por aquí? Y como ya está florecido y tiene tanta salud mira qué verde tan brillante y qué olor más delicioso para una tarde como esta. Después de lo de la piscina ningún otro regalo podría ser más relajante. Estar aquí, a la sombra de los álamos, recién salidos del agua, con el olor del poleo y del césped regado, esto sí que es el cielo, Sinombre. ¿A que sí? Pero más cielo es cuando el airecillo nos trae el aroma de la hierbabuena, de los jazmines y de la hierbaluisa que tenemos cerquita. La hierbabuena también este año crece muy saludable y espesa. Por el lado de abajo del poleo y extendida como formando un prado primoroso. ¿A ti te gusta la hierbabuena? Creo que no. Ni tampoco la hierbaluisa ni los jazmines. Te gusta como a mí, que el aire se preñe de su esencia a estas horas de la tarde, y respirarlo a la sombra de los álamos. Esto sí te agrada pero comerte las plantas ya no te gusta tanto. Las amapolas y el trébol sí que son tu locura. Si la hierbabuena y el poleo hubieran sido amapolas o tréboles ya te lo habrías comido todo. ¡Que esto lo sé bien! Pero ¿a que agrada mucho que el aire huela a jazmín? Y conforme va cayendo la tarde y, cuando dentro de un rato llegue la noche, verás qué olor echa el jardín. Huele a jazmines, a hierbabuena, a poleo, a manzanilla, a mejorana y a hierba luisa. ¡Casi na, como diría quien me sé! Y eso que las damas de noche todavía no han florecido mucho. Dentro de unos días ya verás, por las tardes y por las noches, a lo que huele el aire de este jardín.

Que en fin, Sinombre, que es una gloria este paraíso y más en estos momentos. Porque mira las niñas, qué bonitas ellas. Ahí tumbadas al sol, en sus toallas, sobre el césped y, la sombra de los álamos, jugando con ellas. ¡Qué bonito! ¿A que parecen que están soñando con los ángeles? ¡Qué criaturas más hermosas son estas amigas nuestras! Y como se está tan agustico aquí, después del gran baño en la piscina y tanto juego, pues ahora esto es como flotar en las nubes en un cielo mágico. ¿Verdad? Déjalas tranquilas que nos vamos a dedicar a observar algo muy curioso. Te voy a contar lo que te decía antes. Y luego te cuento algunas historias sencillas que también te van a gustar mucho. Pero antes de empezar déjame que me recueste en tu barriga. Cuando estoy a tu lado, recostarme sobre tu barriga, es lo que más me gusta. Quizá por lo blandica que es, por lo suave que son tus pelos o porque me siento más cerca de ti. Así, ahora es cuando de verdad me encuentro en la gloria, gloria. Sigue acostado sobre el fresco césped y a la sombra divina de estos esbeltos álamos. Que así, tal como me he quedado, te lo voy a narrar.

Empiezo: mira para donde miro yo y verás. ¿Te das cuenta el ajetreo que me tienen los gorriones y los vencejos? ¿Sabes por qué los gorriones se lanzan al aire, hacen un requiebro y rápidos vuelven a las ramas del fresno y a los álamos? Es que están cazando mosquitos. Se están merendando a todos los mosquitos que a estas horas levantan vuelo. Mira, mira que divertido. Uno, otro, otro… No paran un segundo. Parece como si todos los gorriones se hubieran venido ahora mismo aquí para hacernos una exhibición. ¿Y sabes por qué se han venido a este rincón del jardín? Porque es donde crece la hierbabuena y el poleo. Como donde se crían estas plantas hay mucha humedad los mosquitos viven entre las hojas y la humedad y al caer la tarde se van al aire a darse una vuelta. Los gorriones y los vencejos lo saben y mira que bien se lo montan. Se meriendan a todos los que levantan vuelo. Y como hay tantos mosquitos en un ratillo ya están apañados para dormir con el buche lleno. Porque los gorriones y los vencejos tienen buche y tú y yo tenemos barriga, que no es lo mismo. Los vencejos vuelan más alto y no paran de trazar círculos. Mira verás también que bonito es observarlos sin prisa. ¡Cuántos hay por hoy aquí! ¡Madre mía! ¿Serías capaz de contarlos? Y ya verás. En cuanto oscurezca un poco los gorriones se marchan y se aparecen los murciélagos. Para que los mosquitos no tengan la vida fácil. Porque los murciélagos le dan otro buen tute. Hasta las tantas de la noche están ellos dale que te pego detrás de estos insectos. Y cuando ya se retiran los murciélagos entran en acción las ranas. Las que viven en la Fuente de los Nenúfares, en la Fuente de los Mirlos, en la Fuente de los Lirios y las que se apañan con el agua de la Reguerilla de la Ardilla. ¿A que esto es muy divertido? En este jardín la actividad y la vida no para nunca. Y desde que vives aquí no te puedes hacer una idea la vida que esto tiene. Y cuando pase el tiempo… bueno, no te lo digo. Vamos a dejar que pase el tiempo y ya lo verás.



27- Desfile de burros por las calles de Granada


Me está entrando sueño de lo agustico que estoy aquí contigo, con este calor y después del baño. Si me quedo dormido y sueño con la Princesa luego te lo cuento ¿vale? Pero mientras tanto y, como me siento feliz a tu lado, voy a relatarte lo que me dijeron el otro día. ¡Cuántas cosas tengo que decirte yo a ti! ¡Ni te lo imaginas! Pero lo que me pasó el otro día te va a gustar, ya lo verás. Porque es divertido pero al mismo tiempo tiene su enjundia. Voy con esta sencilla historia que me interesa que conozcas. ¿Sabes qué me dijeron hace unas tardes unos de Granada capital? Me dijeron que quieren hacer un desfile de burros por las calles de la ciudad. Sí, has oído bien. Me lo expusieron la otra tarde y tampoco me lo creía del todo. Pensé que estaban de bromas. Pero luego descubrí que iban en serio y muy enserio. Y al rato me di cuenta que me hablaban de esto porque en el fondo quieren que participes en el desfile. Y de nuevo te digo que has oído bien. Lo que te estoy contando es una verdad como un templo. Quieren que tú participes en este desfile y que, además, vayas el primero por las calles de Granada. Como si fueras el representante de los burros del mundo. Bueno, más que el representante de todos los burros, lo que me dijeron es que “como eres el más bello”, el de pelo más brillante, esponjoso y limpio, que tienes que ir el primero en el desfile. Para que todo el mundo se fije en ti y se recree en la belleza que reflejas. Porque si ven a un burro lustroso, cuidado, regordete y con el pelo brillante como un diamante, ya todas las personas pensarían que los demás burros del mundo son iguales. ¡Qué ironía! Luego si acaso me das tu opinión porque es mejor que ahora siga.

La otra tarde me preguntaron muchas cosas de ti porque, ya te lo he dicho, están interesados. Y les conté solo algo. ¿Quieres saber lo que me dijeron y lo que les dije yo? Si no todo, así resumido, te lo voy a referir para que estés al corriente de la historia. En primer lugar les dije que esto del desfile de burros por las calles de Granada es la primera vez en la vida que se hace. Y que por eso hay que cuidar las cosas y no que salgan de cualquier manera. Que me parece interesante la idea del desfile pero, porque quieren que participes en él, esto tiene que ser serio y con la dignidad que es debido. Que vosotros y, tú en concreto, no sois juguetes ni animales sin corazón. Sino todo lo contrario. Y luego les pregunté por la finalidad del desfile. Me dijeron que era para darles, a los turistas que en estos días vienen por Granada, un aliciente más. Y esto no me gustó. Por lo mismo de antes, porque pienso que vosotros tenéis vuestra dignidad y sois bellos y por eso no veo bien que os utilicen como payasetes para atraer y divertir a los turistas. Les dije que mejor sería que aprovecharan el desfile para dar a conocer vuestra nobleza y tu gallardía. Y que esto fuera para los niños y no para los turistas. Algo con dignidad y no lo contrario.

Que si lo enfocaban así que no nos importaría, ni a ti ni a mí, participar en el desfile. Pero eso: para los niños de Granada, que son los más guapos de la tierra. Y también para todos los niños del mundo. Para que ellos os echen piropos cuando vayáis por las calles y que os tiren de las orejas cariñosamente. ¡Con lo que les gusta a los niños tirarles de las orejas a los borriquillos! Se piensan ellos que vuestras orejas son de algodón y que están en vuestras cabezas cogidas con un alfiler y por eso creen que se os van a caer de un momento a otro. Y como no quieren que vuestras orejas se os caigan, porque las ven bonitas, las tocan y tiran de ellas para asegurarse de que están firmen y de que son de carne y hueso. ¡Qué cosas las de los niños, Sinombre! Pero esto es lo bonito en un desfile de burros y no lo otro. Y que los niños se puedan subir en vosotros para dar paseos y sentir lo emocionante que es tocar vuestros lomos y la suavidad de vuestros pelos. Que ya sabes que los niños saben de estas cosas. Y ellos son capaces de sentirlo en sus corazones y por eso quieren daros besos y abrazos y caramelos y lo mejor de todo. Que a los turistas hay que conocerlos. Se deshacen en sacar fotos y millones de cosas que no tienen importancia. Y esto ni te gusta a ti ni a mí porque pensamos que no está bien. Que no es lo correcto ni lo mejor. Hay que ir a la belleza de las cosas y dejarse de tanto espectáculo y frivolidad y de anuncios y fotos y trajes lujosos y escaparates para la galería y todo eso. Que a ver si alguna vez se hacen las cosas con cabeza y corazón. Y sobre todo esto: corazón.

Y también les dije a ellos que en el desfile, tú y los otros burros, tendrías que ir sin vestir. Ya sabes: tal como te trajo tu madre al mundo. Como vas siempre tú: sin jáquima, sin aparejo, sin adornos en la cara o en los ojos… Que todo eso es una tontería. Te quita a ti y a los demás burros la dignidad y os convierte en lo que decía antes: en fantoches de feria. Y por ahí no entramos nosotros. ¿Verdad? Que donde se ponga un burro como tú, con tu pelo limpico, con tus orejas largas y sin ningún adorno, con tus ojos negros brillantes, con tu rabo ondeando al viento para darle fuerte a las moscas, con tu trote o andares serenos… Que donde se ponga un burro así que se quite todo lo demás. Así que se lo dejé muy claro: si ellos quieren que participes en el desfile ya saben lo que tienen que hacer. Pero ellos, a estas exigencias mías, me dijeron que pensaban en los burros aguadores que en otros tiempos recorrían las calles de Granada. ¡Pobres burros aguadores que ni tenían fuerzas, porque estaban famélicos, ni tenían dignidad ni recibían cariño ni nada! Se pasaban el día calle arriba y calle abajo por Granada cargados con sus cántaros de agua y muriéndose tristes. Nadie les daba un beso ni un abrazo ni un tirón de orejas en plan cariñoso y ni les decían palabras bonitas. Nunca supieron ellos lo que la dulzura de un caramelo ni el sabor de una zanahoria. Todo era trabajo y humillaciones y, en cuanto se descuidaban, palos al canto.. ¡Pobres burros aguadores por las calles y caminos de Granada! Iban muriéndose a chorros y en la miseria y reventados de trabajar y ni una manzana les regalaban y fíjate ahora: casi nadie los recuerda. La historia, los humanos, los han dejado en el olvido. O en todo caso, a lo más que han llegado, es a ser postales viejas para que las compren los turistas. Este es su grotesco recuerdo en la historia después de tanto como ellos han aportado a las personas, a la sociedad, a la Humanidad entera. ¡Pobres burros aguadores! ¡Que no sabes, Sinombre, que no sabes! Y hay cosas que duelen porque no están bien por más que no quieran hablar de ellas y, presentarlas ahora, como artísticas y divertidas.

Y, de esto del desfile, te voy a dar yo a ti mi opinión: claro que me gustaría que fueras a este desfile pero tendrían que dejarme que lo organizara a mi gusto. Si quieren que vayas a un desfile de burros por las calles de Granada tiene que ser como yo diga. Que tú no vas a desfilar de cualquier manera. Irías como ya te he dicho antes: sin adornos ni aparejo ni nada. Bien lavadito, bien peinadito, perfumado con la esencia del espliego para que tu pelo brille y sea esponjoso y reluzca al sol cuando vayas por las calles. Y que también reluzcan al sol tus ojos negros de cristal finísimo y que todo tú seas un primor. Lo más tierno que nunca se ha paseado por esta ciudad Granadina. Y otra condición que ya te he dicho antes: que los turistas no te saquen fotos porque tú no eres ni monumento ni obra de arte. Aunque sí eres todo eso pero en otro sentido a como lo ven los que miran con ojos de turistas trotamundos. Tú eres alma y corazón y sentimientos y belleza interior y poesías y fuentes de aguas puras y prados de hierba fresca y amor y ternura para los niños y todo esto y más. Que sí. Que todos los niños del Granada te toquen y te den los besos y abrazos que quieran para que ellos sean felices y tú. Porque, ya lo hemos dicho: los niños sí son dulzura y por eso tienen derecho a ser tratados con respeto. ¿A que estas cosas deben ser así? Yo creo que sí y si no que se olviden de nosotros, Sinombre, que se olviden porque no existimos. Que lo que hay es lo que hay y se lo he dejado dicho muy clarito.


28- La muchacha del banco en la tarde de verano

Por las calles de Granada, Sinombre, lo que vi yo hace unas tardes, fue otra realidad diferente. Me voy a quedar dormido de un momento a otro porque me está entrando modorra. Pero sigo y te cuento y luego me echo una siesta. Sigo: ¿Te acuerdas de la ventolera que se levantó la otra tarde? ¿Cuando se ponía el sol? Parecía que iba a llover pero lo que sucedió fue que hizo más calor. Se cambió el aire del poniente y empezó a traer calor de los desiertos que existen por ese lado del mundo. Los desiertos de África. Allí si que no se podrá vivir. ¡Pobres los que vivan en aquellos rincones del mundo! ¡Y cuantas gracias tenemos que dar al cielo por regalarnos lo que hay en este rincón del Planeta! Porque si aquí ya no se puede vivir, a pesar de lo lejos que estamos de aquellos desiertos y la vegetación que tenemos, no quiero ni pensar cómo serán las cosas en aquellos sitios. ¡Pobre personas en aquellos mundos! Y a nosotros aquí sobrándonos agua, aire puro, bosques verdes, cumbres nevadas, primaveras verdes, pajarillos y perfume de jazmín y más delicias. ¡Qué gran paraíso es esta ciudad de Granada y qué dicha vivir en este paraíso! Pero a lo que iba: ¿Viste de qué color se puso el cielo la otra tarde? Oscuro y naranja claro. Dicen que eso es por el polvo en suspensión que el aire arrastra desde las regiones lejanas que te decía antes. Hasta los vencejos se asustaron y se batieron en retirada. Porque el viento se los llevaba y por la calima que hacía.

Y como te iba diciendo, que venía yo de darme una vuelta por algunas de las calles de Granada. Real de Cartuja, calle Elvira y la Carrera del Darro. Tan cerca de nosotros estos lugares y tan llenos de encanto pero qué tristes por lo que ahora te contaré. Hacía tanto calor que no se veía ni a una persona por las calles. Y las pocas que vi mejor es que no hubieran estado ahí. Sinombre, me entró una tristeza…

Bajaba por la calle Real de Cartuja y, no sé por qué, iba mirando con interés. Como si buscara a alguien. Tengo la impresión que por algún sitio de esta calle vive alguien que conozco o me gustaría conocer. Y es una impresión sin fundamento pero desde hace un tiempo vivo con esta sensación. Por eso, esta tarde, iba mirando a un lado y otro y al llegar a la iglesia de san Idelfonso vi a una apersona que me llamó la atención. Es una muchacha joven que no conozco de nada pero al verla sentí compasión. También tristeza. En ese momento se levantó del banco de cemento, bebió agua en la fuente que corre cerca y se vino a su furgoneta. Un coche blanco, con sus cortinas en las ventanillas y sucio. Es una de estas furgonetas de hippies con pegatinas. Pensé que la muchacha, con un perro y una niña casi de su misma estatura, era esto: una de los muchos jóvenes que andan por el mundo sin rumbo ni casa. Mal vestidos ellos siempre, sin trabajo, mal comidos y sin ciudad ni casa ni nada. ¡Y me dio una pena! Se le veía delgada, haraposa, con el pelo revuelto y sucio y fumaba con ansia. No sé por qué tengo la intuición que de algo o por algo conozco a esta muchacha. La miré y no le dije nada. Ni siquiera se dio cuenta que la miraba con un interés especial. ¿Por qué sentí pena? Vi que volvió al banco y ahí se sentó. A la sombra de unos árboles y a esperar ¿qué? Imaginé que no esperaba nada. No espera ella nada ni hace nada. Solo estar en este banco, cerca de la fuente para beber cuando tenga sed y, nada más en toda la tarde, en toda la noche, al día siguiente y al otro y al otro… Y recalco esto porque la he visto ya varias veces en el mismo sitio y con la misma soledad. ¿Será soledad lo que tiene ella? En este rincón, desde el invierno, la veo casi siempre que paso por ahí.

Y te repito, Sinombre, sentí mucha pena. Con el calor que hace en estos días y la pobre muchacha ahí siempre. De día, de noche, por la mañana, por la tarde… Sin casa donde vivir, sin cama donde dormir, sin comida que comer… ¿Qué come ella? Las dos y su perro. ¿De qué se alimentan? Cuando, al verla, me hacía esta pregunta me entraron ganas de meterme en una tienda y comprarle comida. ¡Que sé yo! Frutas, bebidas, refrescos para que se quiten un poco el calor, leche, pan… ¿Desde cuando no han comido una comida como Dios manda? Por ejemplo: un helado para aliviar el calor. Si les hubiera comprado un helado ¿se lo habrían comido con gusto? Y si las hubiera invitado a comerse unos buenos platos de cocido o gazpacho ¿les habría gustado a ellas? Y si luego les hubiera regalado una casa con sus sillas, sus habitaciones, televisión y cuarto de baño para que se puedan duchar ¿les habría hecho felices? Pero ya te digo, sentí mucha pena y no hice nada. Lo de esta muchacha y su hija no me parece una vida digna de persona. Viven privadas de mucho, de casi de todo. Aunque en el fondo creo que ellas quieren vivir así. Ansían ser libres y no depender de nadie ni nada. Y para conseguir esta libertad de cuantas cosas tienen que privarse.

Así que ya te digo: tengo una pena dentro que me muero pero por otro lado ¿qué puedo hacer yo? Ni las conozco ni sé cómo se llaman ni ellas me conocen a mí. Por eso no me animé a comprarle algo. A lo mejor no les hubiera gustado. Pero volveré otro día a ver si me las encuentro de nuevo. Aunque solo sea para verlas desde lejos y compadecerme por lo mal que lo están pasando en la vida. Aunque no sepan ellas que existimos nosotros. Que alguien en este mundo les dé un poco de cariño aunque sea de esta manera. Porque ¿ves? Nosotros ahora mismo estamos junto a una buena piscina donde podemos bañarnos si tenemos calor. Nos podemos meter en el agua y nos podemos sentar a la sombra de los álamos sobre el césped al fresco de la tarde. ¿Pero ellas? Ahora mismo estarán allí sentadas en el banco de cemento esperando que la tarde y el calor se vaya y no esperan otra cosa más. Porque luego seguirán sentadas en el banco y ahí dormirán esta noche. No tienen nada más ni aspiran a ninguna otra realidad. ¡Qué pena, mi buen amigo, qué pena! ¿No se te conmueve el corazón? Por eso te decía que si en la cueva que vamos a explorar encontramos un camino nuevo que lleve a otro mundo deberíamos irnos por él.

Pero ahora ya me siento agotado: la modorra me vence, el sueño me rinde y el corazón me duele. Me duele el dolor del corazón, Sinombre. Déjame que eche una siestecilla a ver si me despierto otro. Deja ahí a las niñas en sus cosas y vete tú a comer hierba por la acequia. Las niñas son el cielo y desde aquí lo estamos sintiendo. Su perfume nos perfuma. Y con su perfume, tu presencia y la tarde, sobre este césped y, a la sombra de los álamos, me voy a recostar y si no me despierto en mucho rato me llamas ¿vale? Antes de que caiga la tarde quiero hablarte de la Princesa y de más cosas. Pero luego que ahora ya me caigo de sueño. Necesito dormir una buena siesta.


29- Sueño en una tarde de verano


¡Uy! Espera que me despierte. ¡Qué siesta más buena acabo de echarme, chiquillo! No puedo ni abrir los ojos de tanto sueño como tengo. Pero ahora ¡qué sensación más agradable! ¿Por dónde andas, Sinombre? Estoy intentando mirar mientras abro los ojos y no te veo. ¡Ah! Ya consigo verte. Te descubro ahí pero todavía borroso. ¡Espera! Me restriego los ojos para que se me aclare la vista ¿Tú no te has dormido? Porque yo, según veo, me he quedado como un tronco. Claro, con el baño que nos dimos en la piscina, la sombra tan buena de los álamos, el fresco airecillo del jardín y el bochorno de la tarde, entra una soñarrera que hasta el más guapo sucumbe. La típica siesta de verano que tanto gusta y tan bien sienta. ¡Y mira, la siestecilla me ha venido de maravillas! Parece que ahora ya me siento otro, como nuevo. Pero por otro lado lo lamento. Te pido disculpas porque te dije que íbamos a explorar la cueva del manantial, de donde viene el agua a esta piscina, y no he cumplido mi palabra. Lo siento pero ya has visto: las cosas se han torcido un poco y ha pasado como tantas veces: “Que el hombre propone y Dios dispones”.

Sigue ahí comiendo hierba fresca en la acequia de los álamos. Has hecho bien. Si no tenías sueño, ponerte a comer hierba, es lo tuyo. Ahora, desde la sombra espesa de los álamos y recostado en el césped, te sigo mirando y te cuento el sueño que he tenido. Porque mientras dormía he soñado algo muy bonito. He vuelto a soñar otra vez con el cielo. Te lo voy a detallar aunque te digo lo de siempre: los sueños ya sabes que son como son y por eso tienen la lógica que ellos quieren y se presentan como les parece. Que los sueños no tienen lógica o si la tienen es otra distinta a la que conocemos los humanos. Te cuento este sueño mío verás qué curioso. Porque lo recuerdo con todo detalle. Como si acabara de vivirlo. La sensación me palpita con toda su fuerza todavía en el alma. Y es todo muy alegre, muy transparente y muy bonito. Como el cielo, Sinombre.

Te he visto yo a ti en un paisaje etéreo. He visto una pradera de tierra llana con mucha hierba y tú ahí comiendo. Envuelto en mucha paz. Y a tu alrededor montañas con bosques, ríos y cascadas. Porque en este paisaje lo que más abunda es el agua. ¡Cuánta agua clara y fresca he visto! Cayendo arroyos por todos sitios, con cascadas preciosas, grandes charcos y muchos manantiales. Y tú, comiendo en la pradera, rodeado de agua y mirándome de vez en cuando. No te digo nada. Te miro y miro al agua y en el espíritu gusto una sensación muy dulce. Siento y, hasta lo veo en una clara imagen, que los dos somos la fuente del manantial que brota al lado de arriba de tu pradera. Un manantial copioso y grande que emerge entre pinares, bajo una roca y en la ladera. Y desde ahí, después de formar una poza transparente, el agua cae abierta en abanico. Y el agua, toda su fragancia, toda su transparencia y toda su frescura, somos nosotros. Un enorme manantial todo pureza y riega la tierra dulcemente. Nosotros, Sinombre, somos esto o más bien me parece sentir que tenemos en el manantial nuestra existencia primera. Que el comienzo de nuestra naturaleza y ser está en la transparencia que brilla en el manantial. Así que somos un manantial de agua pura. ¿Qué te parece? Somos transparencia, Sinombre.

Pero en mi sueño sigues comiendo plácido en tu pradera etérea y yo, después de acariciarte, salgo al encuentro de una muchacha que baja por la senda del manantial. La saludo, al encontrarme con ella, y la conduzco por el mejor terreno para que pueda cruzar los arroyos y los montes. Parece que está perdida, algo enferma y no conoce el terreno. La voy llevando por la mejor senda y cuando terminamos de cruzar el arroyo grande me paro frente a una roca. La roca es color miel y nieve y con mis manos escarbo en ella. Y enseguida aparecen muchos trozos de diamantes de colores con formas de fresas. Parecen transparentes y sus colores son azul purísimo, rojo clarito, violeta agua, rosa seda y agua clarísima. ¡Qué colores más bonitos, brillantes y delicados! Como si fueran trozos del espíritu o gotas de lluvia teñidas con los colores que te he dicho. Cojo varios puñados de estas joyas, porque también se parecen a diamantes finísimos, y se los doy a la muchacha diciéndole:
- Ahora te tomas cada día dos perlas de estas y ya verás como te pones buena pronto y eres feliz. Seguirás siendo libre y al amanecer tendrás el cielo. Y, además, todos los sueños que llevas en el alma y corazón, se te harán realidad.

Ella me da las gracias, saca una bolsa de tela, la llena de diamantes de colores y se los guarda. También yo me guardo un puñado de piedras preciosas. Las más transparentes y de colores más delicados. Luego seguimos subiendo por la ladera y, en algún momento, hasta tengo que darle mi mano para ayudarle a remontar los tramos más difíciles. No tiene fuerzas. Algo más arriba la espera su hermana y una amiga y aquí las despido a las tres. Y en estos momentos, caigo en la cuenta que, a la muchacha que acabo de ayudar, la conozco de algo. No recuerdo bien de qué pero la conozco. Me vuelvo, regreso y me siento muy feliz. El más feliz de todos los humanos. Y más dichoso me siento cuando al mirar te sigo viendo en tu pradera etérea. Como si estuvieras entre las nubes y el cielo y ahí comiendo plácidamente. Rodeado de caudalosos arroyos de aguas claras y perfumado con olores de bosques frondosos. Por el lado de arriba de tu pradera brota el manantial y de esa agua purísima sigo sintiendo que nacemos los dos. Por eso todo es transparencia total que deja un dulce beso en el espíritu y un gozo profundísimo. Algo, Sinombre, que no se puede comparar con nada de este mundo ni con la materia donde ahora vivimos. Ni te doy ninguna explicación más ni le doy más vueltas a este sueño mío. Así es lo que he soñado y, lo que sí te digo es que ahora, ya despierto otra vez y aquí contigo, me siento muy bien. Con una paz en el alma y una sensación de bienestar que parece que acabo de venir del cielo. ¿Habré estado yo en el cielo, Sinombre? Pero claro, como te veo mirando así de esa manera, pienso que a lo mejor te estás preguntando que dónde tengo los diamantes que cogí. Aquel puñado de piedras precisas que, en mi sueño, me guardé en el bolsillo. ¿Qué dónde los tengo? No te preocupes que dentro de un rato te los enseño. Ahora, deja que me acabe de despertar mientras te sigo viendo tan hermoso, comiendo hierba junto a la acequia. Miraré a ver si tengo aquí conmigo los diamantes divinos que cogí en la roca del arroyo. ¡Hay que ver como son las cosas! He soñado con un trozo del cielo, vengo ahora mismo del cielo y, al despertar de mi sueño, te veo a ti y tengo la sensación de estar metido dentro del cielo. ¿Serán las niñas que duermen en la sombra de los álamos? ¿Eres tú? ¿Será la tarde? Sinombre, el cielo está en el corazón y por eso lo sueño. No sé si me entiendes.


30- La parra de la puerta de tu cuadra


Te estoy mirando y me preocupo. Comes hierba tierna al borde de la acequia. Sigo recostado sobre el fresco del césped a la sombra de los álamos. Terminando, después de la siesta y el sueño, de tomar contacto con la realidad de las cosas que nos rodean. Te estoy mirando y, como veo lo que tú no ves, estoy preocupado. A dos metros justo de donde comes crecen unas matas de hinojo. En sus tallos secos, un poco abajo y algo escondido entre el pasto, las avispas han construido su nido. Un pequeño panal alargado que lo veo repleto de avispas. Y como estoy viendo lo que tú no y, como temo lo que puede pasar, te pido que te vengas para el lado de arriba. Por donde la sombra de los álamos sobre el césped y parte de la acequia. Por este lado tienes más comida. Sí, vente para este lado, un poco más cerca de mí y más lejos del avispero. Que como roces el nido de avispas, sin darte cuenta, ya verás lo que se puede liar en la tranquila tarde de verano. Y no tengo ganas ni de que te piquen las avispas ni de tener que salir huyendo de este lugar tan bonito y lleno paz. Vente para este lado y déjalas ahí tranquilas que si no las molestamos tampoco se enfadarán. En este lado y, en la sombra que aprovecho yo, estás mejor. Más cerca de mí para que pueda verte bien comer y engordar. Porque ¿sabes de lo que me estás recordando ahora? Y mira, viene a cuanto en estos momentos. Me estoy acordando de las avispas que el año pasado se comieron las uvas de la parra que hay en la puerta de tus cuadras. ¿Te acuerdas? Y, además, te picaron y todo, las muy condenadas. Y mira qué casualidad que ayer estuve por allí precisamente viendo las uvas de la parra de la puerta de tu cuadra. Las nuevas de este años porque las del año pasado ni las viste tú ni yo ni nadie porque se las merendaron las avispas.

Ayer por la mañana estuve un ratito sentado en la puerta de tu cuadra. Leyendo algunas cosas de “Platero y yo” mientras pasaba el tiempo y me distraía en tan recogido rincón. ¡Qué bien se está ahí, a la sombra de la parra, en la puerta de tu cuadra! Hace tiempo que no voy por ese rincón tan especial tuyo y el ratico que ayer me pasé allí me dejó muy relajado. Porque la parra que cubre toda la entrada de tu cuadra qué grande se ha puesto este año. Ahora es cuando está más hermosa que en otro momento. Sus hojas anchas están llenas de salud. Verdes y frescas como un mes de abril. Da gusto pasar la vista por la parra de la puerta de tu cuadra. Desde que vives por el rincón, tanto la parra como otras plantas, parecen haber resucitado. Tienen otra vida y otro color. Y lo que te digo es verdad pero en la parra es más. ¿Te acuerdas del año pasado? Casi no echó hojas. Se quedó raquítica y los pocos racimos de uvas que dio, antes de madurar, se las comieron las avispas. Que me acuerdo bien. Me daba vueltas por el lugar casi todos los días. Y siempre me encontraba los racimos de uvas plagados de avispas. ¿No te acuerdas cuando te picó aquella en la oreja? ¡Corrías como un rayo!

Al verte como ibas me reía y aunque me dolía tu dolor y lloraba por dentro, no podía contener la risa. Es que era gracioso verte como corrías pensando que cuanto más te alejaras de la parra era mejor para ti. Ya te había picado y su veneno iba contigo. Por más que te hubieras ido al fin del mundo el dolor lo tenías dentro y por eso no se te calmaba. Pero a ti te dolía y corrías. ¡Condenadas avispas! ¿Viste como me enfadé? Salí detrás de aquellas avispas echándoles fuchi, fuchi y me las cargué en dos segundos. No me gustó lo que hicieron contigo después de que les habíamos dejado que se comieran las uvas y tú, pacíficamente, les dejabas que se bebieran el agua del pilar de la cuadra. Todos los días y a todas horas. Nosotros no las molestábamos a pesar de que ellas no nos dejaban vivir. Por eso me enfadé tanto cuando vi lo que hicieron contigo. Que eso no estuvo bien aunque las avispas no tengan inteligencia. Da igual. Creo que cuando, cualquier ser viviente respeta a los otros, tiene derecho a ser respetado de la misma forma. Y para eso no hace falta inteligencia. Que la misma naturaleza está plagada de comportamientos respetuosos.

Tu dolor lo calmé con el ungüento de la planta milagrosa. De una hoja del aloe, la planta milagrosa que lo cura todo, corté un trozo y te la restregué en la picadura de la avispa. Te unté bien y enseguida se te fue el dolor y ni siquiera tuviste inflamación. ¡Me entró también a mí un consuelo! ¡Hay que ver los milagros que hacen estas plantas! Y las tenemos sembradas junto a la cascada que, desde la Fuente de los Lirios, cae y pasa por la puerta de tu cuadra. Te curé yo y continué con las avispas.

¿Te acuerdas que me las cargué casi a todas en un abrir y cerrar de ojos? les declaré la guerra en serio. ¡Qué paz quedó aquel día por allí y al siguiente! Pero duró poco la tranquilidad. Casi no sirvió de nada la guerra que les había declarado a raíz de lo que te hicieron. A los tres días ya había más avispas liadas con las uvas de la parra. Y como me sentía culpable de lo que había hecho los días anteriores las perdoné y las dejé quietecitas. Me prometí que siempre que ellas te dejaran en paz yo no les haría daño. Me sentía culpable aunque no podía olvidar lo que te habían hecho. Y las nuevas avispas se comieron por completo las pocas uvas que quedaban. Aunque les tapé los racimos, los que todavía tenían algunas uvas medio qué, con bolsas de plástico transparente, buscaron ellas la manera de meterse por las rendijas de los plásticos y se comieron las uvas. Solo quedaron pellejos. La piel seca de las uvas. Que hasta daba pena ver la parra con aquellos racimos colgando solo con los trozos secos de la piel de las uvas. Los pellejos. Lo demás, la dulce pulpa, el zumo y la azúcar de las uvas, se las comieron las avispas. Ni una nos dejaron para que las probáramos.

¿Y sabes que quería decirte? Que tu parra este año tiene más uvas que el año pasado. Y están ya gordas y lustrosas. Da gusto verlas tan resplandecientes y gordas. Dice el refrán que “Por Santiago pinta la uva y por la Virgen de agosto ya está madura”. Y la Virgen de agosto es el día quince de ese mes. Pero las uvas de tu parra maduran después. El rincón de tu cuadra es fresquito y, como la parra también está un poco a la sombra, las uvas maduran casi al final de agosto. Para cuando volvamos de las vacaciones, que de esto tengo que hablarte cualquier día. No te lo había dicho pero quince días nos vamos a ir este año al mismo sitio que voy yo todos los veranos. A unas sierras muy grandes, con muchos ríos y arroyos con agua y praderas repletas de hierba y pasto. Y este verano te vienes conmigo a Segura de la Sierra y a Cazorla. Ya hablaremos de ello porque nos queda nada y menos. Y te iba a preguntar: ¿tendremos suerte este año con las uvas de tu parra? No sé qué hacer pero cuando ayer por la mañana vi lo lustrosos que están los racimos en la parra tuya me he dicho que este verano no se las comen las avispas. No dejo de darle vueltas al tema en la mente a ver si encuentro una solución sencilla. Porque no quiero cargarme a las avispas como el año pasado pero ellas este año no se comen las uvas. Que me he empeñado en que tenemos que salvar la cosecha entera. Para comérnoslas, cuando estén maduras, sentados al fresco en la puerta de la cuadra y frente a Granada. Para vivir nosotros esta experiencia y comprobar a qué sabe, Granada en la tarde, vista desde el pinar de tu cuadra, mientras saboreamos las uvas. Como si fuera un sueño.


31- Por la Senda del Pinar y la segunda carta de la Princesa


Y ahora, Sinombre, mientras sigues comiendo hierba cerca de mí, voy a leerte otra de las cartas de la Princesa. La tengo aquí. ¿La ves? Pero antes viene a cuento que te cuente algo que va a prepararnos para lo que no cuenta en su carta. Ya sabes lo que te decía: que como me gusta tanto el rincón de tu cuadra y la soledad de esos paisajes la otra tarde me di un paseo por la Senda del Pinar, que es la que recorrían los niños cuando llegaban esta mañana. Sí, la senda que lleva a tu cuadra y atraviesa el pinar de un extremo a otro. A mí me gusta cogerla desde el Pino Gordo y llegar hasta el final, al otro lado de tu cuadra, cerca ya de la residencia de las estudiantes extranjeras. Por donde tienen sus madrigueras los conejos. Por ahí muere la Senda del Pinar. Pegado a las escaleras que suben a las facultades y entre las chumberas. Ya hay pocos estudiantes en la residencia de las estudiantes extranjeras. Así que los universitarios se han ido o se van yendo a sus casas. Por eso y, desde hace unos días, ya estás viendo que pocas personas se ven por el Campus Universitario. En verano todos los estudiantes se marchan y como dice la canción: “Triste y sola se queda la universidad”.

Pues lo que te iba a decir: que por el Pino Gordo tomé la Senda del Pinar y, sin prisa, la fui recorriendo de un extremo a otro. ¿Y qué te crees que vi? Las ardillas no paran de cortar piñas y tirarlas al suelo. Por el suelo y sobre la senda vi las piñas cortadas por las ardillas. Muchas se las han comido, otras están empezadas pero no mondadas del todo y otras, se ve que se les han olvidado y, ahí están secándose al sol del verano. Las ardillas saben lo que se hacen y con las piñas del pinar tienen ellas buen tajo, buena mesa y buena tarea. Por la ladera, entre los pinos, los almeces, las encinas y los acebuches, se ve el pasto tendido. No hace mucho todo esa ladera del pinar estaba verde como un mar de esmeraldas. Pero le ordenaron al jardinero que cortara la hierba antes de que se secara y ahora solo hay pasto crujiente tendido al sol de la tarde. Por tu cuadra ¿qué te digo de tu cuadra? Que ese rincón cada día me parece más bonito y se me cuela un poco más en el corazón. Esta es la verdad y es por ti.

Pero al otro lado de la cuadra, por la Senda del Pinar ¿sabes lo que encontré? Iba yo andando y al mirar para el suelo vi un nido. Pequeño así como una de las piñas que se comen las ardillas, pero precioso. Un nido tejido de pasto y revestido por dentro con trozos de lana y seda. ¡Vete a saber a dónde han ido los pajarillos a por la lana y a por la seda! Pero de este material lo han revestido y, como es un nido tan chico en los únicos pájaros que he pensado ha sido en las currucas, en los carboneros y en los mosquiteros. Otro pájaro no cabe en este nido. Me ha gustado mucho y por eso me lo traje conmigo. Lo tengo guardado y si quieres te lo enseño otro día. Lo quiero poner en tu cuadra de adorno. Éste y otro que tengo también de mirlo. ¡Son tan bonitos! Los pájaros son artistas haciendo nidos.

En esto iba yo pensando y también en ti y en la Princesa cuando sobre la senda vi plumas. Miré despacio ¿Y sabes lo que hallé? Un mirlo muerto. Me acordé enseguida de Rocky, el perro amigo de la Princesa, que ha muerto hace unos días. El mirlo que yo me encontré lo han matado las urracas. Estos bichejos que tan mal te caen por los recuerdos tan desagradables que tienes de ellos. Y bien sabes que yo también las aborrezco. Al mirlo que te digo lo mataron ellas ayer o antesdeayer y ahí lo han dejado. En la misma senda para que lo vea todo el que por la senda pase. Ni siquiera se lo han comido del todo. Le han sacado las tripas, tal como te digo, y así lo han dejado. ¿Qué daño les habría hecho el pajarillo a las feas urracas? A estas urracas negras un día les tengo yo que dar un buen escarmiento. Desde que han aparecido por aquí no hay paz entre las otras aves. Tampoco en ti y a mí me tienen disgustado. Cogí el mirlo en mis manos, le di la vuelta, lo dejé otra vez en el suelo y parecía que estaba durmiendo. Como si estuviera vivo pero durmiendo. Me dio mucha pena y lo sentí por los mirlos padres. Porque el mirlo que en la Senda del Pinar he visto matado por las urracas es una cría. Y me acordé otra vez de ti y de la Princesa. Por lo de Rocky y por la nueva carta que nos ha escrito y en la que nos habla, no de muerte, sino de vida. Mira lo que dice:

”Y después por la tarde llegué y me llevé una sorpresa. En el acuario había un pez enanísimo y pensé que era como una rana pequeñita que había nacido a saber de qué. Pero luego, mirando bien el acuario me di cuenta de que había muchos mas como ese y que uno de los peces estaba pariendo un montón de ellos. Así que tengo al menos 30 peces chiquitísimos en el acuario, separados del resto de los peces mediante un criadero de esos de acuario porque si no, los demás se los comen, incluyendo a la madre. Desde luego, que vaya una naturaleza cruel en ese sentido. Tengo los hijos y luego me los como si se me cruzan por el camino. Y están muy bien. Desde ayer por la tarde que nacieron no se ha muerto ninguno. Les estoy alimentando con un producto especial, un liquido parecido a leche que se les suministra a través de un cuentagotas. Cuando se me acabe y ellos hayan crecido un poco, tendré que cambiarles el alimento y cuando sean lo suficientemente grandes como para estar con los demás peces, pues los soltaré. Aunque si sobreviven todos no sé que voy a hacer con tantos pececitos, me van a invadir el acuario. Jajajajaja”.

Así, que mira qué bien y qué bonito lo de sus pececitos de ensueño. ¡Hay que ver qué cosas tiene la naturaleza! Porque treinta pececitos son muchos ¿verdad? En cuanto crezcan un poco no le van a caber en la pecera. Tendrá que ir pensando en regalar peces a sus amigos o vendérselos a quien sea. ¿A que nos alegramos de esta noticia alegre? Y más por haber ocurrido justo en los días que la ausencia de Rocky ha dejado en ella tanto disgusto. Pero mira qué sabia es la naturaleza. Por un lado termina la vida y por otro lado empieza para que la vida no se extinga nunca. Qué maravilla, Sinombre.


Al caer la tarde
32- Cena de brevas y ciruelas al aire libre frente a Granada


Las niñas ya se han ido, Sinombre. Hace rato que se dieron ellas el último baño en la piscina y luego nos dijeron adiós. Como te vieron a ti ahí tan pacífico y entretenido con la hierba de la acequia no quisieron molestarte. Pero yo las vi irse y desde lejos me dijeron adiós con sus manos. Que volverán mañana por aquí, y que nos esperan, es lo que me decían cuando se alejaban. Caty, nuestra Niña Buena del Edén, está muy dolorida. Mucho, Sinombre. Tiene un dolor grande dentro y aunque la ves tan contenta sufre. Me ha dicho que te cuide mucho, que no te deje solo y que te dé todo el cariño que pueda. Otra vez ha pedido que la perdonemos y que nos contará las cosas. Todo para que nos enteremos bien. ¡Qué cielo son las niñas! Si no fuera por ellas ¿quién tendría felicidad en este suelo? A las niñas y, sobre todo a Caty, un día, tendremos que hacerles un altar en nuestros corazones. Para que siempre estén vivas y puras en lo mejor de nosotros. Porque los mejores amigos que tenemos en esta tierra y, los que nos han regalado los más dulces momentos, han sido y son ellas. Gozamos nosotros cada día del cielo porque ellas nos lo regalan cada día. ¡Si no fuera por las niñas, Sinombre…! Si no fuera por Caty, el cielo del Edén…

Así que ya ves: solos nos hemos quedado. Yo, unos ratos recostado sobre tu barriga y, otros viéndote comer junto a la acequia, gozando del fresco que la tarde regala y con la visión de la ciudad de Granada al fondo, me puedo quedar una vida entera aquí contigo. Me siento bien y por eso ni tengo prisa ni quiero ir a ningún otro sitio ni tengo nada que hacer. Quería contarte algo más y estaba temiendo que se me olvidara. Esta noche me voy a quedar por aquí a dormir contigo. Al raso y frente a las estrellas. ¿Cuánto tiempo hace que no dormimos sobre la hierba? Desde este invierno pasado ¿verdad? Y esta noche me apetece. Y también porque las cosas se han ido presentando que ni pintadas. Vamos, que se han dado y dan las circunstancias precisas para echar una noche juntos y compartir el silencio y el fresco como otras veces.

Tú sigue por ahí comiendo hierba, si tienes sed, bebe en la clara agua de la acequia. Que, antes de que oscurezca, voy a preparar algo de cenar. Para ti y para mí. Que aunque tengas tanta hierba y agua, comer algo un poco más rico en vitaminas y minerales, te vendrá bien. Tienes necesidad de ello y por eso tengo mucho interés en que tomes un bocado algo especial. Antes de que oscurezca. Que ya ves qué bonita se va poniendo la tarde según cae. Me gusta a mí la tarde porque, además de relajar, se aprenden cosas y se divierte uno mucho. Por eso esta tarde, tan bonita y exclusiva, la quiero aprovechar junto a ti. Bajo los álamos de la acequia y pegado a la piscina para que el agua nos hagas más emocionante el momento. Con Granada de fondo, según se pone el sol, con el fresco de las tardes de Granada en verano y con el rumor del agua de Granada arrullándonos. Ni a caso hecho podríamos tenerlo más bonito.

Ea, Sinombre, que voy por nuestra cena. No te muevas de aquí que aunque tarde un poco, verás como vuelvo. Quiero estar contigo aquí para ver la puesta de sol de este día. Las puestas de sol de Granada, “las más bellas del mundo” y desde este lugar, hoy va a ser espacialmente bonita. Voy corriendo que quiero volver pronto. Ya están maduras las brevas y también las ciruelas. De las higueras que tenemos cerca, las que crecen por el lado de arriba de la piscina, pegadas al poleo, a la mejorana y al espliego, voy a coger muchas brevas. Las más gordas y maduras. Y también de los ciruelos voy a coger todas las ciruelas que pueda. Por lo menos tres kilos de ciruelas y otros tres de brevas. Pero antes tendré que hacer una pequeña cesta para echar esta fruta y que no se me estropee. Por eso te decía que si tardo un rato no te preocupes. Voy a cortar unas ramitas de mimbre de aquel árbol pequeño y, con juncos y unas hojas de higuera, la tapizo por dentro. Bueno, tendré que hacer dos cesticas. Una para las ciruelas y otra para las brevas. Así, tal como las vaya cogiendo del árbol las voy poniendo, bien puestas y con cuidado, en las cestas y ya verás como no se me despachurran. En cuanto vuelva las metemos en el agua fresca de la acequia y mientras va oscureciendo y, nos entretenemos con el vuelo de los gorriones, los vencejos y los murciélagos, verás como se refrescan. Y luego, cuando digamos y tengamos hambre, cuando todavía no sea de noche por completo, nos las comemos. Yo te daré a ti un par de puñados de ciruelas porque sé que te gustan mucho. Y yo me comeré algunas brevas porque también me gustan mucho. Las ciruelas y brevas que nos sobren, que sobrarán porque voy a traer muchas, las dejamos para el desayuno de mañana. Las ponemos al relente y por la mañana tempranito ya verás que ricas están. Y si vienen las niñas compartimos el desayuno con ellas. Para expresarle, una vez más y con el nuevo día, nuestro respeto. Aunque no te extrañe que las niñas traigan un desayuno especial. Como han hecho tantas veces ¿lo recuerdas? Y en el desayuno, el nuestro, vamos a hacer las cosas al revés: tú te comes las brevas que quieras y yo hago lo mismo pero con las ciruelas. Para no repetir la misma fruta y para que la barriga no se nos ponga malita. Porque si las mezclamos nos puede entrar diarrea y eso no lo quiero yo. Ni para ti ni para mí. ¿Sabes por qué? Porque tanto las ciruelas como las brevas son laxantes y en cuanto se comen muchas así seguido pueden hacer daño. Y las niñas, que coman lo que más les guste a ellas y, desde luego, les vamos a dar las mejores brevas y ciruelas. Que las vamos a ir poniendo en una cestita aparte especial para ellas.

Del huerto también me puedo traer tomates. Los mejores que vea. Ya han madurado algunos y como son tomates regados con el agua clara de la acequia y abonados con estiércol de oveja y cabra ya sabes qué saborcillo más gustoso tienen. Nada comparable con los tomates de las tiendas. Y unos tomatitos de estos en el desayuno ¡Uy qué bien sientan! Las sandías y los melones nos los comeremos más adelante. Cuando volvamos de las vacaciones. Que no se me olvida a mí lo mucho que te gustan las sandías. En cuanto estén maduras ya verás que buenas sandías nos vamos a comer sentados a la sombra de los álamos y junto a la acequia del agua clara. Y ni que decir hay que las niñas están invitadas.

Me voy a buscar la cena y te vienes conmigo. No has querido quedarte solo. Te has venido conmigo a las higueras y mientras cojo la fruta te entretienes bajo los olivos al borde de la acequia. Te miro a ti, busco las brevas por entre las ramas y miro a la tarde. Cae ya la tarde. ¿Estás viendo tú, Sinombre como yo, qué puesta de sol tan bonita? Si el amanecer de este día ha sido hermosamente extraño ¿qué me dices de esta tarde? Otra vez se tiñe el cielo de oro fuego y sobre Granada y la Vega, al fondo, arde vivo. Como en llamas transparentes que brotaran del mismo viento. Pero no queman ni arden. Solo tiñen de rojo y grana como si quisiera arropar, con su fino velo, a Granada. ¡Cómo brilla el color de la tarde sobre la Vega y los tejados de las casas! ¿Quién ha pintado el cielo de la tarde con estos tan vivos colores y la ha llenado de tanto misterio y luz? Sinombre, mírala despacio y gózala en el corazón como hago yo. ¿A que en ninguna otra parte del mundo hay una puesta de sol más bella? Tarde color grana y, sobre el Vega, dormida Granada.


33- La Estrella de las Nieves de Sierra Nevada


La noche, Sinombre, ya nos ha arropado sin que nos demos cuenta. Se nos ha colado desde el lado norte y mira ahora como brillan las estrellas y las luces de la ciudad allá en lo hondo. Y como ya las ciruelas y las brevas están fresquitas, en el agua de la acequia, ha llegado la hora de cenar. Y mientras nos comemos este platico de tan rica fruta, aquí los dos solitos frente a las estrellas, con la ciudad de Granada derramada a nuestros pies, todo hermosa y misteriosa, te cuento lo de la Estrella de las Nieves. Es otra estrella distinta a la nuestra. No brilla en el cielo pero sí en las cumbres de Sierra Nevada. ¿Has visto tú alguna vez la estrella que te digo? Sí, una planta pequeñita que en forma de flor, se cría en las altas cumbres del Parque Nacional de Sierra Nevada y que se le conoce con este nombre tan sugestivo. Yo creo que no la has visto nunca. Porque esta preciosa planta solo se cría en las montañas que te estoy diciendo. En ninguna otra parte del mundo y, además, tienes unas características muy curiosas. No la has visto nunca ¿verdad? Pues para que sepas algo de esta flor te voy a describir algunas cosas. Me la encontré hace unas tardes y no sabes la alegría que me dio. Porque hace unos días subí a las cumbres de Sierra Nevada. ¡Qué espectáculo de belleza hay por allí en estos días!

Ya se están derritiendo las nieves de las alturas, queda poca nieve, y ahora corren ríos, manan fuentes y se despeñan cascadas por todos sitios. ¡Qué bonito está todo eso! Como una fantasía clara y fresca. A ver si un día de estos, antes de que llegue el verano más en serio, puedo llevarte para que goces un poco de aquellas bellezas. Y no creas, que el otro día quise llevarte pero es que fue todo muy rápido. Como un sueño y quizá por eso se me clavó con tanta fuerza todo lo que por allí he visto. Como dice el refrán: “Lo breve y bueno dos veces bueno”. Y así ha sido. Fue una ruta sencilla y corta, de unas tres horas, pero intensa y colmada de lo que a mí me gusta. Comencé la ruta justo en el Albergue Universitario. Fíjate tú: por todos sitios nos toca, se nos mete dentro y nos rebosa “Universidad”. ¡Para que luego digan! A más de dos mil quinientos metros de altura construyeron este albergue. Sigue desde allí una carretera que sube hasta las cumbres del Veleta, el segundo pico más alto de Sierra Nevada, pero yo me vine para el lado de la izquierda. Por una sendilla que empieza a cortar la ladera y cómodamente lleva al barranco de San Juan. Un poco al norte en las laderas del Veleta. Se forma en estas laderas una gran hoya, depresión del terreno formando un barranco o llanura, y aquí es donde nace el río San Juan. Que por eso propiamente a este rincón de alta montaña se le conoce con el nombre de “Hoya de San Juan”. Este río sí lo conoces porque es el que desemboca en el río Genil justo por donde da comienzo la Vereda de la Estrella. ¿Te acuerda de la excursión del invierno pasado?

Pues sin mochila ni nada me puse a recorrer la sendilla y lo primero que me sorprendió fue un manantial brotando justo en el centro de la senda. Por entre las rocas brota el agua y sale desde abajo. Como si hirviera pero no hierve porque el agua es pura nieve de tan fresquita. Y es normal que esté fría porque es agua de las nieves que se derriten en las laderas y cumbres más altas. Pero en preciosas burbujas, en este manantial, resurge el agua de las entrañas de la tierra y con tanta fuerza y cantidad que sin querer uno se tiene que parar y mirar despacio, tocar con las manos, lavarse, beber y después esto se queda uno con ganas de más. De permanecerse allí toda la tarde y de traerse luego el manantial para ponerlo en los lugares por donde vivimos. Por ejemplo: en el centro de tus praderas. ¡Sería precioso y todo un lujo! Si lo vieras tú te convencería que todo es más de lo que te estoy diciendo ahora. Pero aun así, esto es lo primero que me encontré en esta sencilla ruta por las altas cumbres. Ya que bebí un trago del agua de este manantial seguí por la sendilla y solo unos metros más adelante me encontré con una gran sábana de nieve. Todavía hay muchas de estas sábanas extendidas por todas las laderas. Son muy bonitas y destacan con fuerza entre el gris de las rocas y el verde de la hierba. Según vas recorriendo el terreno es fantástico verlas abiertas en los declives y crestas de las cumbres. Parecen nubes que se hubieran caído del cielo y durmieran la siesta frente al sol de la tarde y rodeadas de amplias praderas de hierba, rocas y plantas florecidas. Por el lado de abajo de estas fantásticas sábanas, se van derritiendo poquito a poco, corren los arroyuelos, brotan los manantiales y se remansan las brillantes praderas. Es muy bello todo esto, Sinombre, muy bello.

Pues como esta gran sábana de inmaculada nieve, que se funde al sol de la tarde, se derrama de arriba abajo y corta la senda, no tuve más remedio que pisar nieve. Menos mal que llevaba mis botas de montañero. Pero me gustó. Me puse y siguiendo el trazado de la senda fui haciendo escaloncillos en la nieve y en unos minutos ya tenía toda la sábana atravesada. Seguí senda adelante y enseguida volqué para la hoya del barrando de San Juan. Y al asomar, qué cosa más bonita es lo que se presentó ante mí. Por primera vez voy yo por esos rincones. Que por eso te decía que prefiero conocer un poco el terreno antes de llevarte por ahí. Y no sé si fue porque es la primera vez que vengo por estos lugares o si es simplemente porque por la belleza de los paisajes, pero el caso fue que me quedé sin aliento. Al asomar al barranco y ver lo que vi me asombré. Desde la parte de la cumbre del Veleta el terreno cae ondulándose hacia la hoya y antes mis ojos se presentaba sembrado de las grandiosas sábanas blancas que ya te he dicho. Rodales de nieve que se han ido quedando por aquí y por allá tendidos al sol y sobre la ladera. Son los sitios donde la nieve en invierno alcanzó mayor grosor y por eso ahora tarda más tiempo es derretirse. Pero lo que parece es que un artista muy grande y sabio se entretiene en crear la más fabulosa obra del arte del Universo. Una gigantesca obra de arte con la más fina de las bellezas, que reluce al sol de la tarde o de la mañana y que cambia continuamente. Asombrado ante tan precioso espectáculo me paré sobre una roca grande y ahí estuve un buen rato observando, contemplando y gozando.

Desde la cumbre más elevada caen las laderas con sus manchas de nieve inmaculada y por los barrancos se despeñan los arroyos con sus relucientes cascadas. Y en mitad de la ladera el terreno se allana un poco. Por ahí se forman las praderas alfombradas con bellos tapices de hierba fresca y lustrosa. Por entre estas amplias praderas surcan los arroyuelos y se remansan los charcos que brillan al sol de la tarde. Algo más abajo ya se van juntando los arroyuelos que descuelgan por las laderas y al final, en el mismo centro de la extensa hoya, se forma el río. El que te decía antes y que se llama río San Juan. Pero un río de verdad. ¡Qué cantidad de agua! Despeñándose alegre entre encajes de blancas espumas y un fabuloso concierto de sonidos. Sonidos de rumor de agua con todas las intensidades y timbres.

Ya que me pareció suficiente abandoné mi balcón sobre las rocas y empecé a bajar por la ladera hacia lo hondo de la hoya. Sin senda ni nada. Me emborraché de la belleza que veían mis ojos y allá que me fui a su encuentro ladera abajo para entrarle por el sitio más bonito. Desde lo hondo, por donde ya el río tiene entidad y se juntan mil arroyuelos, cascadas, fuentes y sábanas de nieve. Que no te puedes hacer una idea de lo fantástico que es todo eso. Ni yo mismo me lo creía a pesar de ir cortando las curvas de nivel, los arroyuelos, las manchas de nieve, las praderas según descendía hacia la hoya. Un arroyuelo por aquí con su cascada cayendo por las rocas. Otro arroyuelo por allí surcando la hierba. Otro más por allá trazando curvas y formando charcos… Agua limpia brotando por debajo de las rocas, florecillas de todos los colores, hierba tupida como en esta pradera tuya o mucho más y todo esto con el rumor del río saltando en lo hondo y con el perfume a puro y el color azul, azul del cielo coronando. Me paré por lo menos cien veces antes de llegar al río para hacerle fotos a las cascadas, a las florecillas, a los arroyuelos, a los pajarillos, a las sábanas de nieve, a las laderas cayendo… y cuando llegué al río me paré frente a la corriente y el túnel que ha labrado la corriente. Que esto si que es de fantasía, Sinombre. En el mismo cauce del río, en invierno, la nieve se ha acumulado más que en otros sitios. Y como el río es río y tiene que abrirse paso se mete por debajo de la gruesa capa de nieve y abre un fantástico túnel. Tres metros por lo menos hay de nieve por encima de las aguas del río. Corre escondido bajo esta nieve unos veinte o treinta metros y luego sale a la luz del día. Por una boca de nieve tallada primorosamente y que gotea lentamente derretida por el sol. ¡Qué capricho más original! Ya te digo, ni el artista más artista es capaz de crear una obra tan raramente bella.

Frente a los túneles níveos, las claras aguas del río y la confluencia de los arroyuelos, me fui quedando sin prisa. Mirando por aquí, embelesado por allí, haciendo fotos sin parar, sentándome sobre la hierba, recreándome en las florecillas, disfrutando del rumor de la corriente y las cascadas y de pronto, ¿qué te imaginas? Porque fue de pronto y sin que lo buscara. Pues de pronto la Estrella de las Nieves. Entre la fresca y brillante hierbecilla la vi plateada y reluciente. Con sus delicadas florecillas meciéndose al suave vientecillo, casi al borde de la nieve y salpicada por las goticas de la cristalina corriente del río. Que el agua de este río y por aquí, no es agua, sino pura nieve recién fundida y por eso es hielo y viento. Y la florecilla de las nieves ahí brotada ella, recogida entre las briznas de la hierba, abierta al sol de la tarde, rozada por el fresco de la nieve y las aguas del río y hermosa. Color plata limpia y toda llena de juventud. Me emocioné mucho al verla porque es la primera vez en mi vida que me encuentro con la Estrella de las Nieves en estas cumbres y por eso me senté sobre la hierba y frente a ella me quedé un rato largo mirándola y gozándola. Le hice muchas fotos y como empecé a ver más por allí cerca ya no sabía con cuál quedarme. Todas eran bonitas y todas me gustaban para hacerle fotos, para mirarlas, para recrearme en ellas y para darle gracias al artista de tan primorosa joya.

Pero tenía que seguir porque la tarde se me acababa y ahora estaba en el barranco, por donde la hoya tiene su máxima hondura y por eso más arroyos, nieve, hierba, cascadas, asombros y de todo. Pero después del encuentro con la Estrella de las Nieves quería cruzar al otro lado del río. Para irme por donde las praderas más grandes y por donde soñaba encontrarme otras florecillas silvestres. Porque la otra tarde también buscaba otras joyas botánicas. Tenía mucho Interés en encontrarme, además de con la Estrellas de las Nieves, con la flor de la Genciana, con la de la Tiraña de Sierra Nevada y con la Violeta, también endémica de estas cumbres. Cuatro singulares joyas que solo viven en las altas montañas de estas sierra y que florecen por estas fechas. Todas por encima de los dos mil quinientos metros y todas con muy pocos días de vida. Son flores de ciclos cortos por el clima tan extremo.

Así que me acerqué al río, hermosísimo hilo de nieve en forma de agua que se despeña entre mil filigranas, y busqué un punto por donde cruzarlo. Porque en esta zona el río llevaba mucho agua. Pero en una estrechura, entre rocas y alfombras de hierba, lo crucé. Y por la ladera, una pendiente muy suave porque todo es hierba recién brotada, empecé a subir sin prisa. Siempre que recorro las sendas de las montañas, Sinombre, procuro no tener prisa. Como cuando estoy contigo y vamos de paseo. Me interesa gozar a fondo los matices que las montañas regalan solo a las personas que las saben mirar desde el corazón. Y con esta actitud empecé a subir por la suave laderilla alfombrada de hierba y surcada por mil hilos de aguas purísimas. Como si todo lo hubieran puesto allí unos minutos antes solo para que al pasar yo me recreara y lo disfrutara a fondo. Así es como lo sentía y así es como lo gocé. Y caminaba pensando en ti, que lo sepas y pensando en la Princesa, cuando ante mis ojos aparece lo que más deseaba: la preciosa y pequñita flor de la Genciana, Gentiana alpina. Una planta con tallo muy corto o no desarrollado. Las hojas forman una roseta en la base. La corola tiene forma tubular y acampanada en el ápice. Sus pétalos son de color azul intenso. Pero azul intenso de verdad, de verdad. Crecen, estas plantas, en los borreguiles nevadenses al comienzo del verano, en las zonas húmedas pero no encharcadas y forman un tapiz azulado cerca de las Estrellas de las Nieves.

Y así fue exactamente como me la encontré. Creando pequeños grupitos de flores brillantes y resaltando entre la verde hierba y la blanca nieve de las laderas. Allí mismo crecen también varias maticas de la Estrella de las Nieves. Pero ahora me interesé más por la Genciana. ¡Qué cosa más bonita! En cuanto la vi me paré frente a ella, que ya te digo era un pequeño grupito, y me puse a sacarle fotos. Desde un lado, desde otro, desde arriba, desde abajo, frente al sol, cara a la nieve… Vamos, como si me hubiera vuelto loco. Y desde luego que no era para menos porque es una flor preciosa de verdad y yo tenía muchas ganas de conocerla. También es la primera vez en mi vida que me encuentro con la Genciana de Sierra Nevada.

Ya que me quedé satisfecho, sin quedarme colmado plenamente, seguí con la sencilla ruta de la mágica tarde por entre arroyuelos, nieve, praderas y joyas botánicas y al coronar la llanura por donde surcan otros mil arroyuelos en su centro me encontré con una robusta roca gris. Una especie de monolito natural que parece puesto allí a conciencia. Como el guardián de la belleza que por allí existe o como el gigante que lo domina y lo controla todo. Algo significa aquello, Sinombre, que no sé decirte. Pero es bonito, asombra, llena el corazón de paz y de universos lejanos… Algo es aquello y muy grande o al menos así lo sentía en mi corazón. Fue el momento en que más te eché de menos. Me fui acercando a la roca, pisando agua fresquita y florecillas y antes de llegar a la belleza, otra sorpresa más. Que la tarde se me llenaba de sorpresas, de emociones, de bellezas, de latidos hondo, de gozo, de paz, de tristeza… ¡Qué tarde más grandiosa y qué rincones para la tarde! Ahora tenía ante mí a la preciosa y curiosa florecilla de la Tiraña de Sierra Nevada y que científicamente se le conoce con el nombre de Pingüicola nevadensis.

Te explico un poco esta flor para que la reconozca cuando algún día te lleve por los paraísos: es una planta pequeña, endemismo de Sierra Nevada, crece en los borreguiles, tierras húmedas, junto a los arroyuelos, por encima de 2.500 metros y es carnívora. Y no es que se coma a los elefantes. Solo atrapa insectos en sus hojas pegajosas y lo hace de forma pasiva, como atrapa moscas. Porque esto es una manera suya de conseguir nutrientes en un medio donde escasean. Las flores son de color púrpura rosado y florece en julio, aunque depende de la temporada, ya que aprovecha la desaparición de las nieves para llevar a cabo su corto ciclo durante un breve espacio de tiempo. Esto es, muy resumido, el misterio y belleza de esta otra florecilla de las altas cumbres de Sierra Nevada. Así que otra vez me llené de ilusión, de entusiasmo, de felicidad y de nostalgia, porque todo hay que decirlo. Te recordaba y la recordaba y me tenía que conformar con gozar en soledad tan finísima belleza. Y una vez y otra me decía: “Todo esto no es posible ni debe ser para mí solo. Es un regalo tan fabuloso que debería compartir con muchos. Con un millón, con diez millones, con todos los seres vivos de la Creación. No hay derecho ni es bueno que esto lo tenga solo yo y en una tarde como esta”. Pero estaba solo, Sinombre, estaba solo y esto me entristecía. Y no te lo digo para que ahora te apenes sino para que sepas lo que mi corazón sentía. Mi dolor y mi gozo, mi pena y mi sueño, mi soledad y asombro, mi amor y otra vez mi dolor. Y siempre el corazón agarrado a un sueño que levanta y hunde, Sinombre.

Después de sacar muchas fotos, para traerme conmigo una pincelada de aquella belleza, seguí y ahora me vine para la cascada del río, bastante más arriba de los túneles de nieve. La cascada del río San Juan en este primer barranco, me saltaba por el lado de la derecha y por encima. Como un surtidor que cayera desde el mismo azul del cielo o brotara desde las entrañas de los fabulosos bloques de nieve reluciendo al sol. Y la cascada, según me entretenía y caminaba por la pradera persiguiendo a las florecillas, se me derramaba en el centro del alma, Sinombre. Que verla allí, frente a mí según iba atravesando la pradera, cayendo tan abierta y tan deslumbrante, animaba mucho. Según me volvía para el río iba viendo la cascada y hasta mis oídos llegaba el rumor del agua rompiéndose al caer al charco y saltando por las rocas río abajo.

Miraba a la tarde, miraba al barranco por donde se descolgaban todos los arroyuelos buscando al río principal, miraba la hierba tapizando el terreno y miraba… ya no sé a cuantas cosas iba yo atendiendo para no perderme nada. Y mira por donde, como si algún ser bueno se le hubiera ocurrido el detalle de hacerme otro regalo, mis ojos volvieron a descubrir un nuevo sembrado de belleza. Junto a un arroyuelo no más grande que una pata de estas tuyas, pero de aguas cristalina, entre unas piedras, se me apareció un pequeño tapiz de violetas. Las más bonitas violetas que he visto en mi vida. Enseguida supe que eran las singulares violetas de Sierra Nevada. Las que son únicas en el mundo entre tantas otras y por eso tan preciosas ellas. Se crían otras violetas en las sierras del Parque Nacional pero éstas que te digo son las únicas endémicas. Que no se dan nada más que aquí. Es una especie cespitosa de raíz simple con muchos tallos con hojas alternas y flores irregulares color violeta, rosado o blanco. Vestidas con estos tonos es como me las regalaba la tarde. Y te digo algunas peculiaridades de esta planta. Como por ejemplo que la raíz de esta flor se ha adaptado para enterrarse hasta el terreno fijo, ya que vive en pedregales sueltos o cascajales y si se desplazan las rocas los tallos pueden partirse pero la raíz resiste y brotará de nuevo. Habita a partir de 2.500 y es la única, de las cuatro especies de violetas, que se crían a estas alturas. Esta pequeña florecilla ha sido catalogada como especie rara. En lugares donde es más presencia humana escasea. Estas son algunas de las singularidades de las violetas que tenía ante mis ojos. Que en realidad no es que fueran varios tipos de violetas. Solo una, la conocida como Viola crassiuscula Bory, familia de las Violáceas.

Me puse de rodillas frente a ellas y otra vez a sacar fotos. Por un lado, por otro, entre la hierba, con las piedras de fondo, sobre el agua del arroyuelo… Una manera sencilla de disfrutar de las cosas sencillas que la tarde me regalaba. Te recordé de nuevo. ¡Si hubieras estado, qué bonito todo! Y era todo bonito pero ya te he dicho que os echaba de menos. Así que otra vez me tuve que conformar con mi soledad frente a la fina belleza. Y seguí mi recorrido hacia la cascada. Por debajo de ella y casi bañado por ella me entretuve otro rato y cuando ya creía que tenía las suficientes fotos remonté por el río. Por la parte de arriba de la cascada volví a cruzar las aguas ahora para el lado de la tarde y busqué la senda. La misma senda que unas horas antes había cogido por donde el Albergue Universitario. Regresé por el caminillo, muy levantado sobre el barranco que acababa de recorrer y por eso, gozando de una preciosa panorámica de todo el conjunto de la Hoya de San Juan. Como despedida. ¿Que si me seguía pareciendo bonito ahora que ya me venía? Fantástico, Sinombre, fantástico y ahora que ya me venía aun mucho más. Sentía yo ahora que por aquel tan singular paraíso se me había quedado un trozo del alma. Otro más y otra vez. Tal como te lo digo. Y te digo más: si hubieras estado conmigo la otra tarde, seguro que hubiéramos corrido el uno detrás del otro, como dos niños chicos. Como dos niños o como dos locos hubiéramos jugado a tirarnos nieve, a echarnos agua, a revolcarnos por aquella hierba, a escondernos en las rocas… Y no te extrañe, que hasta nos hubiéramos metido bajo la cascada de aquella tan limpia y fría agua. ¡Con lo que nos gusta meternos bajo las cascadas! Si tú hubieras estado conmigo no te digo la que hubiéramos liado por allí, disfrutando con tanta libertad y cosas bonitas. Y si hubieran estado ellos, la Princesa y Bandolero, seguro que ya hubiera sido el desmadre padre.

Y termino ya, que con solo recodarte ahora lo que por allí viví me están entrando ganas de irme otra vez para allá en cuanto pueda. Pero mientras tanto y, rematando con lo que empecé, te digo que el nombre científico de la Estrella de las Nieves es Plantago nivalis Boiss, corresponde a la familia de las Plantagináceas y es un endemismo Nevadense. Habita exclusivamente en las altas cumbres de este Parque Nacional. Crece en suelos pedregosos y húmedos y florece al principio del verano. Es una hierba perenne en forma de roseta de hojas con figura de estrella de la que salen los escapos que portan las flores dispuestas en espigas durante su breve periodo de floración. Por eso es difícil verla florecida. Las hojas están cubiertas con abundantes pelos blanquecinos que le confieren, a la roseta, un aspecto plateado. Esta flor es el auténtico símbolo de Sierra Nevada por ser exclusiva de estas cumbres. Junto a la flor del edelweis se dice que es la flor del amor eterno. Los enamorados las regalan para demostrar que su amor no se secará nunca como las hojas de la Estrella de las Nieves. Presenta algunas adaptaciones climáticas muy curiosas como que sus hojas retienen el agua y el recubrimiento de pelos la protege de las bajas temperaturas y evitan la evaporación. Además estos pelos blanquecinos también la defienden de la gran radiación solar que recibe. En las altas cumbres la radiación es mayor que a nivel del mar porque el grosor de la atmósfera es menor. Crecen muy pegadas al suelo para resguardarse de los fuertes vientos que azotan en las altas cumbres.


34- Y mañana será otro día

Y ya, Sinombre, la noche está avanzada. Ahora no tengo sueño pero habrá que dormir un poco por si mañana vienen los niños. Los que duermen esta noche junto al río o las que son nuestro cielo: las niñas que hace unas horas jugaban contigo en la piscina. Que cada vez que las recordamos hay que ver cómo se nos llena el corazón de amor. Mañana tendremos que madrugar para desayunar algo, ducharnos y prepararnos antes de que lleguen ellos. Tenemos muchas cosas que hacer y que decirles. Y lo primero que les diremos es que nosotros también esta noche hemos dormido al aire libre igual que ellos. Para que sepan que aquí nos hemos quedado a esperarles. El día de mañana va a ser fabuloso. ¡Ya lo verás! Pero escucha ahora como cantan los grillos, las ranas de la Fuente de los Nenúfares y los autillos. A los niños del río no se les oye desde aquí. ¿Estarán ya dentro de sus tiendas durmiendo? ¿Soñando con los angelitos? ¿Tú lo crees? Y las niñas que esta tarde jugaban con nosotros en la piscina, el amor de nuestros corazones, ¿con quién soñarán ahora misma? ¡Con lo hermosas que son ellas! Y nuestra Princesa ¿Dormirá ya a estas horas? ¿Soñará esta noche con nosotros? Aquí tengo su tercera carta. Te la leo a la luz de la linterna y luego nos dormimos. Juntos los dos igual que otras veces y frente al cielo. Mirando a la estrella que tiene nuestro nombre. Te leo la carta de la Princesa y luego nos dormimos ¿vale? Así dice su carta:

“Ayer me lo pasé muy bien. Aunque por la mañana me di un buen susto, porque intenté galopar con Bandolero (que aun se lo están enseñando pero ya obedece a la primera con el entrenador) y empezó a pegar botes, a pararse en seco y a levantarse de manos. Pero claro, creo que fue mi culpa porque lo monté con la montura vaquera y para aprender a galopar no es la montura adecuada, más que nada porque los estribos son grandes, de hierro y terminado en cuatro picos con los que yo le daba por todo el cuerpo sin querer y sin apenas saberlo. Así que imagino que la actitud del caballo sería una forma de quejarse, de que con tanto golpe no le dejaba hacer lo que realmente me pedía. Así que lo tendré que volver a probar otro día con la inglesa. Y después por la tarde no lo monté, estuvo prácticamente una hora u hora y media suelto en dos picaderos. En uno él solo donde estaba loco de contento. Se ponía a correr a lo que más daban sus patas, brincaba, pegaba coces en el aire, relinchaba de alegría, jugaba él solo, etc...Y después lo pasé a otro picadero, donde normalmente lo monto y ahí estuvimos jugando al pilla, pilla. Cada vez que se me acercaba por la espalda me giraba rápido y corría detrás de él. Parecía que le entretenía el juego porque cada vez que me daba la vuelta me perseguía. Y así estuvimos 20 minutillos en los que acabé muerta. La verdad es que jugar con un animal tan grande cansa mucho porque tienes que correr un montón y casi nunca lo pillas. Y más en un picadero donde hay mucha tierra como en la playa y al ser profundilla no se puede correr bien.

Ya se acerca el fin de mes. Y tengo ganas en parte porque me voy al pueblo con mi caballico. Mi padre ha estado esta semana pasada ahí haciendo las obras para la cuadra y dice que se ha quedado muy bien. Ahora le están haciendo la puerta de la cuadra y ya es prácticamente lo único que faltaba por hacer. No sé si mi padre se llevará al caballo una semana antes del 1 de Agosto, para acostumbrarlo a aquel lugar, para llevarlo al campo a comer y que se acostumbre un poco a aquella zona. Verá mas coches que donde está ahora, coches y motos y tiene que acostumbrarse. También verá más gente todos los días porque su cuadra está pegada a la carretera general. Una carretera que solo une nuestro pueblo con el contiguo. Así que muchos no pasan. Pero más que nada lo digo por los críos que van con las scooter (motillos vespa) siempre vacilando, haciendo ruido, etc...Y también a los cohetes porque son las fiestas cuando vayamos.

Pero seguro que se lo pasa genial, porque va a tener más tranquilidad, va a estar rodeado de campo no de invernaderos, ramblas secas y tractores. El olor del lugar será solo campo que seguro que le gusta más que el olor a invernadero. Verá un lugar nuevo, andará por caminos de sierra que serán más fáciles para él que los de rambla que tienen demasiadas piedras y muchas veces muy gordas. Serán para él como unas vacaciones, que aunque las vea en blanco y negro y algunas tonalidades en color (pero pocas), serán de mucho agrado para él o eso intentaremos. Además, su cuadra estará limpia todos los días y tendrá una cama muy mullidita de paja, cosa que no ha tenido en su vida en la cuadra en la que está desde los 2 años (ahora tiene 6 recién cumplidos). En fin, cuando llegue el momento de irse y de volver, que él mismo te lo cuente. Seguro que no te defrauda porque te dirá más o menos lo que nosotros pensamos. Que se lo pasará genial y que le ha gustado mucho estar ahí. Además, hay mucha gente con ganas de conocer al caballo”.

Y ya está, Sinombre. Si mañana vienen los niños recuérdame que son cuatro las cosas que tenemos que hacer: los llevaremos a la cueva donde nace el manantial que surte de agua a nuestra piscina. Para descubrirla y ver qué se esconde dentro. Me han dicho a mí que ahí, desde tiempos lejanísimos, vive un ogro de barba negra, gordo y con grandes orejas. ¿A ti te asustan los ogros? A los niños les hablaremos de nuestra Princesa y de Bandolero para que sepan que tenemos los mejores amigos del mundo. Les contaremos nuestro secreto y les hablaremos de la Cueva del Tesoro para que también sepan ellos que tenemos un tesoro. Que esto no lo sabe nadie más en este mundo que nuestra Princesa. Y ella, ni siquiera sabe dónde está el tesoro nuestro ni lo que esconden dentro. Y por último, les hablaremos de la estrella que en el cielo tiene nuestro nombre. Para que los niños sepan que un día nos iremos a vivir a ese lugar del Universo. Con nuestro tesoro, nuestra Princesa y Bandolero y nuestro sueño. Porque también tenemos un sueño. Y les diremos a los niños que, desde aquella estrella nuestra en el cielo, seguiremos viendo todas las noches el paraíso donde ahora vivimos. Nuestro particular Edén Azul. Para comprobar si los niños de Granada o, de otras partes del mundo, se acuerdan de nosotros. Recuérdame, Sinombre, que mañana a los niños les tenemos que hablar de todo esto.

Voy a darte las buenas noches y que mañana sea otro día. Te recito una nana y te quedas dormido. Luego me duermo yo. Si no me despierto mañana tú no te preocupes. Ya sabes lo que tienes que hacer: mirar al cielo y me verás en la estrella que tiene nuestro nombre. Me asomaré por alguna ventana de aquellas y te llamaré para que subas corriendo. Y allí ya, impaciente, te estaré esperando para abrirte las puertas cuando llegues. Y si mañana no te despiertas tú seguro que tampoco me despertaré yo. Porque ya estaré contigo en esa estrella que nos pertenece y tiene nuestro nombre escrito en su barriga. ¿No lo ves, Sinombre, como brilla? ¿Todavía sigues creyendo que allí es donde vive la Princesa?

Mira Granada qué bonita se ve al fondo. Encendida de colores, como recostada en una cuna de rosas y esperándonos. Y Granada ni siquiera sabe quienes somos a pesar de lo hondo que la llevamos en el alma. Si mañana vuelven los niños y ya no estamos aquí ¿qué pensarán y qué harán y a dónde irán? ¿Crees tú que los niños vendrán mañana para alegrarnos con sus alegrías? ¿Quién mañana, al amanecer, vendrá a despertarnos con un beso? ¿Te imaginas lo bonito que sería…? Y las niñas, nuestro cielo en esta tierra, ¿vendrán tempranito a regalarnos su dulzura? Cuando se iban esta tarde, la Niña del Edén, me decía:
- Perdonadme, por favor, y ya os contaré. Os lo tengo que contar para que os enteréis. Veréis vosotros como mi enfado tiene una razón muy honda.
Buenas noches, Sinombre, mañana será otro día. Te recito una nana y te quedas dormido.

Nana para dormir en paz y soñar con la Princesa
Los niños junto al río
mientras duermen quizá sueñan,
nosotros estamos soñando
a dormir sobre la hierba
y la noche pasa despacio
vestida toda de estrellas,
duérmete tú, Sinombre,
que puede que esta noche venga
la Princesa de tus sueños
a regalarte azucenas.

La noche pasa despacio
y entre la brisa se enreda
con el baile de los álamos,
duerme sobre la Vega
los sueños de ríos blancos
que nos corren por las venas,
duérmete tú, Sinombre,
que te arrullan las acequias
y un beso viene volando
vestido de azul Princesa.

Hay música en el silencio
de la noche honda y serena,
mil ángeles hay en el cielo
que los niños del río sueñan,
por el olivar de enfrente
un hada en sus manos lleva
tu corazón y el alma mía,
duérmete tú, Sinombre,
seguro que la Princesa
está soñando contigo
y te da besos de seda.


35- Su sincera amistad


El borriquillo Sinombre me lo regaló un pastor que vive al norte de Granada, en el cortijo del Chorrillo, en el Parque Natural de la Sierra de Huétor Santillán. Paseaba por allí una tarde y al verme el pastor me dijo:
- Te dará compañía, aliviará tu soledad y soportarás algo mejor los últimos años de tu vida. Llévatelo, te lo regalo.
Y tenía razón. De no haber sido por Sinombre ya hace tiempo que me hubiera ido de este mundo. No tengo a nadie en este suelo, hace muchos años que vivo solo y no tengo más amigos que su sincera amistad. Yo lo cuido, nos damos compañía mutuamente y me hace soñar. Y a veces pienso que los sueños se convierten en realidad. Que los niños vienen a verle, que juegan con él y que yo juego y sonrío con los niños. A veces sueño esto y así me olvido de la soledad y vivo un día más, un mes más, un año más... Sinombre es como un cielo inmenso, como un niño grande, como un bello sueño. Es un sueño. Y todo lo que atrás ha quedado escrito es un sueño.


Nota del autor:

El trabajo aquí presentado es solo una pequeña parte de libro "Sinombre y yo"